Carlos tiene 37 años y desde niño le han encantado los deportes de riesgo, sobre todo los que son sobre ruedas. Cuando su retinosis pigmentaria avanzó y su pérdida de visión fue más notable, dejó ese tipo de actividad física y se buscó otra afición: tocar la guitarra. Hasta que un día, hace dos años, mirando Instagram, se topó con Dan Mancina, una persona con su misma enfermedad y que practica skateboarding. "Aquello me hizo pensar que yo también podía hacerlo, pues vi que se podía montar en monopatín y usar el bastón, así que me compré una tabla y empecé a practicar".Desde entonces, entrena acompañado de un profesor que le ayuda a reconocer el espacio, localizar los obstáculos y adaptar los movimientos. Antes de comenzar a patinar, Carlos recorre a pie la pista con su bastón para memorizar la ubicación de rampas y módulos y poder moverse con mayor seguridad. "Con la ayuda de mi profesor, que me ha acompañado en todo el proceso de aprendizaje, reconozco los espacios, me describe los trucos, y, en ocasiones, voy cogido de su mano para hacer ciertas cosas", explica. Encontrar el profesor adecuado no fue fácil. "Primero empecé con un chico que me dio clases durante un tiempo, pero no me fue bien con él. Investigando por las redes sociales di con mi profesor actual. No tiene ninguna formación en tratar con personas con discapacidad visual, pero ha ido aprendiendo y nos hemos compenetrado muy bien. Además, dar clases conmigo le ha enseñado muchas cosas, así que se puede decir que ambos estamos aprendiendo", cuenta.Cuando Carlos no va con su profesor, va con un amigo, pero siempre va con alguien que le ayuda y le describe el entorno. Después, se da una vuelta andando y pasando el bastón por todas las rampas y módulos para tenerlos controlados. "Luego ya me doy un pequeño paseo montado en el monopatín y finalmente encaro las secciones de la pista donde voy a lanzar los trucos. No hago grandes series, sino que visualizo la zona, tiro un truco y paro". No ve las miradas, pero las sienteTras descubrir este deporte, Carlos se ha dado cuenta de que muchas veces la principal barrera no es la discapacidad, sino el desconocimiento, pues además de los propios miedos que él tenía al principio, a menudo se topa con una incomprensión que da lugar a momentos incómodos, sobre todo cuando entra por primera vez en un skatepark. "Siempre que voy a un sitio nuevo me pongo un poco tenso. Vienes cogido del brazo de un amigo, sacas el monopatín y el bastón y la gente se queda mirándote. Yo no los veo, pero siento sus miradas. Empiezo a mi rollo y a patinar con mis amigos y, al cabo de un rato, la gente viene, te pregunta, habla contigo y esa persona empieza a comprender. Es algo inusual, pero cuando pasa un tiempo las personas empiezan a normalizar que una persona con baja visión también puede practicar este deporte". Como cualquier skater, Carlos también se cae. Y admite que las caídas pueden resultar más complicadas cuando no siempre es posible anticipar un obstáculo o un desequilibrio. "Una vez, con mi primer profesor, me desvié y se me clavó el monopatín en una barandilla y salí disparado hacia delante. No sabía lo que había pasado hasta que no tenía la cara en el cemento. Otra vez, estaba subiendo y bajando por un plano inclinado como si fuese una ola y estuviese haciendo surf, pero, a pesar de que estaba en una pista de skate, una mujer estaba dándose un paseo sin mirar a su alrededor y bueno, ya podéis imaginar lo que pasó: choque de trenes", recuerda. Sin embargo, a pesar de todas las veces que se ha dado de bruces contra el cemento, seguirá practicando este deporte. Sobre todo, porque le apasiona, pero también porque es su manera de demostrar que las personas con baja visión pueden hacer muchas más cosas de las que la sociedad y ellos mismos creen, por eso anima a otras personas con discapacidad visual a no descartar actividades que, en un primer momento, pueden parecer inaccesibles. "La clave es hacerlo con las adaptaciones necesarias, con ayuda cuando haga falta y con sentido común. No se trata de ser el mejor, sino de disfrutar", insiste. "Además, ahora tengo un grupo de amigos sin discapacidad visual con los cuales recorro todos los skateparks de la Comunidad de Madrid. Soy uno más de grupo, normalizo mi baja visión y eso nos permite disfrutar de sesiones increíbles. El skateboarding me ha enseñado que si me lo propongo, entreno duro y con ayuda de los demás puedo hacer todo aquello que me gusta". Además, para los que piensan que es demasiado arriesgado, tiene la respuesta perfecta: "Las personas con baja visión corremos riesgos desde que salimos de casa. Un coche que se salta un paso de cebra, un bolardo en un sitio inexplicable o una señal que no ha detectado tu bastón. Al menos, un deporte como el skateboard es algo que he elegido yo. Además, cada uno pone sus límites. La clave es hacerlo porque te gusta y porque te hace sentir bien".
Carlos, un avezado patinador con baja visión y bastón: "Corro riesgo solo con salir de casa. Este al menos lo elijo yo"
Carlos tiene retinosis pigmentaria, una enfermedad que provoca la degeneración progresiva de la retina.










