El mundo sufre terribles conflictos bélicos. Tanto el ataque contra Ucrania como aquel contra Irán son guerras muy internacionalizadas. En el primer caso, decenas de países apoyan la resistencia de Kiev, y otros como Corea del Norte o Irán respaldan al agresor; en el segundo, hay varios países involucrados directamente, y otros de forma indirecta. Ello, sin embargo, no significa que nos hallemos en una guerra mundial, ni tampoco que estemos cerca de ella. Lo que sí en cambio afrontamos es algo que se va pareciendo a una guerra comercial mundial de intensidad mediana.Estados Unidos es el principal actor de este escenario conflictivo. Esta semana se propaga desde Washington otra andanada de aranceles de entre el 10% y el 12,5% dirigida contra unos 90 países, prácticamente la mitad del mundo. Para poder sostener su legalidad ante los tribunales estadounidenses, la medida se apoya en motivaciones que representan un contorsionismo con rasgos patéticos. En el caso de la UE, por ejemplo, se alega como excusa para imponer los aranceles la falta de adecuada implementación del bloqueo de importaciones de países donde hay trabajo forzoso. La guerra arancelaria es el alma misma del proyecto trumpista, y el líder trata de librarla de cualquier manera.El gran coprotagonista es China. Su acción no tiene los rasgos de agresividad explícita de los aranceles de EE UU. Pero el gigante asiático lleva años llevando a cabo una política industrial dopada con grandes subsidios y apoyos internos de otra índole. Pekín supo aprovechar muy bien zonas de sombra de su ingreso en la OMC. También supo leer perfectamente el devenir del mundo, apostar por segmentos como baterías, paneles eléctricos, materias primas estratégicas que le han dado una posición de gran fortaleza. Su capacidad, su acierto, sus subsidios, su defensa del mercado interno y su tamaño han creado una máquina manufacturera estranguladora, que destruye la competencia en muchos otros lugares, entre ellos Europa.La UE es el tercer gran actor en este escenario. Aunque su historial no está exento de políticas proteccionistas -véase la PAC- y también existen en su seno mecanismos de subsidios y ayudas de estado, en estas circunstancias conflictivas no se la puede considerar como sujeto ofensivo. Hacia Occidente, trata de contener la embestida estadounidense. Hacia Oriente, busca reconfigurar las relaciones con China. En el resto del mundo, intenta estrechar nuevos lazos que le permitan contar con nuevos respiraderos. A la vez, perfila proteccionismos que le permitan alcanzar una autonomía estratégica.La batalla es fundamental. En 2025, el comercio de bienes y servicios alcanzó la astronómica cifra de 35 billones de dólares, lo que significa casi un tercio del PIB mundial. El crecimiento fue de un 8% con respecto al año anterior, pese a todas las contiendas. Pero, atención, los aranceles subieron un 6,7% en el sector agrícola y un 4,7% en el manufacturero. La dimensión geoeconómica de la tensión se entrelaza con cálculos geopolíticos, y la convulsión abarca prácticamente todo el atlas.La UE, es notorio, dispone de herramientas para defenderse, y para incidir donde lo considere necesario. Las tiene en virtud del tamaño de su mercado, de competencias unificadas en el seno de la Comisión y de mecanismos como el anti-coerción. Debería usarlas con más vigor.Ante EE UU, la defensa ha sido tímida. Muchos socios temían represalias en otros sectores, como el de la seguridad, y por ello han presionado a la Comisión para evitar una confrontación abierta. China, con una respuesta durísima, ha conseguido aplacar la agresividad de Washington. Los europeos no pueden llegar hasta ese punto, por sus dependencias, pero se puede y se debe mostrar músculo. El apaciguamiento solo invita más abuso.La imposición de la multa anti-trust a Google esta semana es una buena señal de que no nos achantamos ante las amenazas de la Casa Blanca. Trump, como no, advirtió ayer que esto nos costará más aranceles. No hay que recular. Nuestro mercado, nuestras reglas. Quien quiera estar en él, las respeta. Y quién las marca son los representantes del pueblo europeo. Nadie más tiene nada que decir. Adelante con firmeza, pues, que es el lenguaje que Trump entiende.Ante China, también. Porque, también, no entiende otro lenguaje. Desconfíen de lecturas ingenuas: la industria china es una boa constrictor alimentada con esteroides. Hay que defenderse, todos a una, cosa que no ha sucedido hasta ahora, en gran medida por los titubeos de Alemania, con tantos intereses subyacentes mal ponderados. Pero su industria se atrofia a pasos agigantados. En junio, finalmente, Merz emitió mensajes que parecen señalar una mayor disposición a la dureza. Es el momento de apretar porque, como señala un interesante trabajo del centro de estudio MERICS, la UE dispone de más herramientas de lo que comúnmente se piensa. Pero, a la vez, a medida en que el tiempo pase, estas se reducirán, porque China desarrolla un gran esfuerzo para reducir dependencias exteriores.MERICS calcula que China depende de la UE por algo más de un centenar de productos. La UE depende de China por alrededor de 400. La asimetría es dolorosa, y va empeorando. Pero cuando se afina y se miran productos estratégicos, la cifra es mucho más igualada: 14 a 19. La posición de EE UU ante China en este segmento es más débil: 3 a 27.Naturalmente, otros factores influyen. EE UU, por ejemplo, cuenta con el dólar y con tecnologías punteras. Pero la UE no debe subestimar sus activos, entre ellos la necesidad china de garantizar a sus productos salida en un mercado grande y próspero como el de la UE en un momento en el que, pese al armisticio con Trump, su salida hacia EE UU es cuando menos incierta. La UE también debería utilizar sus armas comerciales ante los abusos de Israel, por ejemplo con un bloqueo a la importación de productos procedentes de territorios ilegalmente ocupados.Como en todo lo que concierne la UE, es importante cerrar filas. Pero, a diferencia de lo que ocurre con la política exterior, en la comercial el bloque puede actuar en la mayor parte de los casos sin que haga falta la unanimidad, con mayorías cualificadas. Mientras construimos nuevas capacidades que nos den autonomía, aprovechemos a fondo lo que tenemos. La política comercial y el mercado común son, hoy, el mejor bastón a nuestra disposición en un mundo de depredadores desatados. Enseñémoslo bien; usémoslo cuando es imprescindible.