La Unión Europea se enfrenta a cuatro graves conflictos. Está perdiendo en todos ellos.
El primero es militar: la agresión de Rusia contra Ucrania. El segundo es comercial: la ofensiva arancelaria de Trump. El tercero es económico-productivo: la maniobra de China para dopar con respaldo público su capacidad manufacturera, echándonos de facto de su mercado e inundando el nuestro. El cuarto es moral. Es la devastación israelí en Gaza, a la cual, como bloque, asistimos inertes. No es un asalto dirigido contra nosotros, pero, igualmente, en él perdemos algo tan grande como nuestra honorabilidad.
En el frente ucranio, no sufrimos una derrota rotunda y definitiva. Pero cabe observar que la intensidad de los bombardeos rusos está en alza, golpeando física y anímicamente cada vez más la población del país invadido. Las tropas del Kremlin ganan, poco a poco, terreno. Las sanciones no han impedido a la industria de defensa rusa reconfigurarse alcanzando niveles de producción formidables; las ayudas a Kiev no bastan para contener el empuje de la ofensiva. La sumisión ante Donald Trump —sea en materia de gasto militar en la OTAN, sea en relaciones comerciales— es la prueba de nuestra total ineptitud para sostener solos ese frente. Necesitamos a EE UU, y el temor a que nos abandone explica las genuflexiones en buena medida.






