En su reciente entrevista en televisión española, José Luis Rodríguez Zapatero evocó a Jorge Luis Borges para mostrar su resiliencia frente al proceso judicial que afronta. “Todo lo que nos ocurre”, dijo, parafraseando al escritor argentino, “hasta las humillaciones, desdichas, contratiempos, son materia prima que sirve para dar forma a nuestra tarea.

La cita me sorprendió y me devolvió a un artículo que escribí hace casi cinco años a propósito de un pequeño libro que el dirigente leonés dedicó al autor de El Aleph. Aquel artículo dejaba entrever una abierta simpatía por el Zapatero expresidente. Por el que apoyó a los gobiernos de coalición del PSOE con Unidas Podemos, primero, y con Sumar, luego. Por el que defendió a gobiernos progresistas de América Latina, desafiantes con los Estados Unidos, Y por supuesto, al lector apasionado de Borges, un autor al que también admiro desde muy joven.

Que mi simpatía se ciña sobre todo al Zapatero expresidente no es algo gratuito. Para muchos de mi generación el Zapatero presidente tuvo más claroscuros. Los de un líder progresista que abrió debates democratizadores cruciales, sobre todo cuando necesitaba a Izquierda Unida y a la Esquerra Republicana de Joan Tardà. Pero también los de un dirigente que no terminó de ir a fondo con muchos de ellos. El que introdujo el debate sobre el republicanismo filosófico, pero sin atreverse a cuestionar la monarquía. El que se mostró abierto a un cierto federalismo plurinacional, pero acabó reculando y dejando solo a Pasqual Maragall cuando se debatió el Estatut de Catalunya. El que propició conquistas importantes en materia de derechos, pero tras el crack financiero de 2008, consintió recortes y se avino a reformar la Constitución para priorizar el pago de la deuda a los grandes acreedores`por encima de otros derechos ciudadanos.