0:000:00El audio de esta noticia está generado mediante Inteligencia ArtificialHe de reconocer que no me siento especialmente concernido por el bronco debate sobre José Luis Rodríguez Zapatero. Ni me entusiasmó cuando gobernaba ni me ha decepcionado después. Para decepcionarse hace falta haberse ilusionado antes, y siempre he sospechado que hay quien pone todo su empeño en ilusionarse sólo para disfrutar más tarde de la desilusión. Es una forma bastante española de vivir la política: primero la fe, después la apostasía.Le reconozco decisiones que me parecieron acertadas, como la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo. Del mismo modo, me pareció un acierto que Aznar acabara con el servicio militar obligatorio. Incluso los gobiernos que uno detesta hacen alguna cosa bien y negarlo es una forma bastante infantil de entender el mundo. En cualquier caso, nunca vi razones suficientes para convertir a ninguno de ambos en objeto de veneración. La política produce demasiados creyentes para los pocos milagros que acostumbra a ofrecer.Lo que siempre me intrigó del expresidente fue su declarada pasión por este escritorLo que siempre me intrigó de Zapatero fue su declarada pasión por Borges. Según ha contado, llegó incluso a utilizarlo para terminar de seducir a quien sería su esposa. No discutiré la estrategia. Cada cual escoge sus armas. Lo extraordinario no es eso, sino el Borges que, entre todos los Borges imaginables, decidió convertir en compañero de viaje. Porque existen muchos Borges. El de las bibliotecas infinitas y los libros imposibles; el de los cuchilleros del arrabal; el de Historia universal de la infamia, donde la mentira posee una dignidad estética que rara vez alcanza la verdad; el de Tlön, donde una ficción cuidadosamente organizada acaba expulsando a la realidad; el de los viejos guerreros sajones y las milongas de Palermo. Pero el Borges de Zapatero parece otro. Es un Borges paulocoelhiano. Un autor de frases memorables que empalma máximas morales. Un precursor involuntario de las cuentas de Instagram que ilustran una fotografía del amanecer con una cita apócrifa.Después de verlo en Mañaneros -en la entrevista que, borgianamente, se emitió cuando la mañana ya había terminado- releí su No voy a traicionar a Borges. Apenas 90 páginas plagadas de citas y admiración que conducen a una conclusión inevitable. No es que Zapatero leyera mal a Borges, es que se imaginó exactamente el Borges que necesitaba para ratificar su visión del mundo. Dani DuchEl título del libro resulta casi involuntariamente cómico. ¿Traicionar a Borges? Precisamente a Borges. Al hombre que inventó autores inexistentes, enciclopedias falsas, traductores imaginarios y libros que jamás fueron escritos. Al escritor que convirtió la impostura en uno de los grandes géneros literarios del siglo XX. Traicionar a Borges sería, casi, una forma especialmente refinada de homenajearlo.Pero el verdadero problema aparece cuando se intenta convertirlo en un filósofo del optimismo. Entonces empieza el malentendido. Borges desconfiaba del progreso, de las ideologías, de la historia y, en realidad, de cualquier sistema que prometiera redimir al hombre. Creía que las palabras poseen un poder inmenso, precisamente porque pueden sustituir a las cosas. Por eso Tlön no es una utopía, sino uno de los cuentos más inquietantes jamás escritos en que una enciclopedia inventada termina modificando el mundo real.Quizá Borges anticipó mejor que nadie nuestro tiempo. Vivimos rodeados de Tlönes. Relatos que importan más que los acontecimientos. Identidades cuidadosamente fabricadas. Políticos que hablan de sí mismos como si fueran personajes escritos por un asesor de comunicación. La ficción ya no pretende parecer verdadera, basta con resultar emocionalmente satisfactoria.Y eso explica también el error de Zapatero al invocar al “otro” borgiano para separar al hombre privado del personaje público. En Borges el doble nunca absuelve. Nunca sirve para esconderse. Es una condena, no una escapatoria. Ulises jamás deja de ser Nadie y el valiente es inevitablemente acuchillado. El propio Borges no consiguió desembarazarse del otro Borges. Los espejos no liberan. Multiplican la responsabilidad, insomnes y fatales.Por eso sospecho que Borges habría contemplado con ironía esa cómoda escisión entre el Zapatero público y el Zapatero privado. En su literatura nadie consigue delegar en otro aquello que le pertenece. El hombre que guarda las joyas en la caja fuerte nunca es el otro. Siempre termina siendo uno mismo.
El Borges de Zapatero, por Javier Melero
He de reconocer que no me siento especialmente concernido por el bronco debate sobre José Luis Rodríguez Zapatero. Ni me entusiasmó cuando gobernaba ni me ha decepcionado después. Para decepcionarse hace falta haberse ilusionado antes, y siempre he sospechado que hay quien pone...






