Hay un concepto en ciencias del mar que se debería enseñar en las escuelas: la amnesia generacional. Suena a jerga médica, pero la idea es sencilla: cada generación toma como referencia el mar de su juventud. En el que se bañaba entonces, en el que pescaba, el que exploraba. Ese mar, el suyo, se convierte en su idea de “normal”. Y como cada generación hereda un mar un poco más vacío que la anterior, nadie percibe la magnitud del desastre. Nuestros abuelos vieron un Mediterráneo lleno de peces grandes, de depredadores, de vida. Nosotros solo vemos lo que queda, y nos parece el mar de siempre. Y ahí está la trampa: el mar balear ha ido perdiendo la memoria poco a poco. Restaurar consiste, en buena parte, en ayudarle a recuperarla.
Porque restaurar no es solo plantar posidonia, es recuperar funciones. Un ecosistema no es un catálogo de especies, es un tejido de relaciones: quién se come a quién, quién limpia, quién construye hábitat, quién mantiene el equilibrio. Cuando desaparecen ciertas piezas, sobre todo las de la base y las de la parte superior, el tejido se rasga. Por eso, restaurar no significa solamente plantar, sino que va mucho más allá. La buena restauración es la que recupera los procesos y las especies clave y permite devolverle al mar su capacidad de funcionar solo.










