Hubo un tiempo en que sabíamos de memoria el teléfono fijo de casa, el cumpleaños de nuestros mejores amigos o la lista de la compra antes de salir. Si queríamos aprender algo, buscábamos un libro. Recordar formaba parte de la vida cotidiana. Hoy casi nada de eso hace falta. El navegador nos guía hasta cualquier destino. La agenda del móvil nos recuerda las reuniones. Internet responde en segundos cualquier duda. Incluso la inteligencia artificial resume o traduce por nosotros. Nunca habíamos delegado tanto trabajo mental en la tecnología. Y, sin embargo, el cerebro sigue necesitando exactamente lo contrario: nuestro esfuerzo.“La memoria ya no está de moda”, resume Margarita Oliva, presidenta de la Fundación Rosa María Vivar. “Antes memorizábamos una dirección, mirábamos un mapa e interiorizábamos el recorrido. Ahora nos conectamos a Google Maps y llegamos sin saber ni por dónde hemos pasado. Cada vez utilizamos menos recursos cognitivos y eso tiene consecuencias para nuestra salud cerebral”.La afirmación puede sonar provocadora, pero la ciencia lleva años apuntando en esa dirección. Hoy sabemos que el alzhéimer no empieza cuando aparecen los primeros olvidos, cuando una persona deja de reconocer una cara conocida, pierde la orientación en una calle o repite una misma pregunta varias veces; la enfermedad puede llevar entre dos y tres décadas desarrollándose en silencio, sin que nos demos cuenta.La Comisión Lancet sobre demencia estima que hasta un 45 % de los casos podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre 14 factores de riesgo modificables a lo largo de la vida. El dato ha cambiado la manera de entender la enfermedad. La pregunta ya no es solo cómo tratar el alzhéimer, sino cuándo empieza realmente su prevención.Una enfermedad que cambió a una familiaPara Margarita Oliva, su compromiso con el alzhéimer empezó el día en que su madre, Rosa María Vivar, médica de profesión, reconoció en sí misma los primeros síntomas de la enfermedad. “Pensamos que ya lidiaríamos con ello, pero no sabíamos lo que nos esperaba”, recuerda Oliva. “El alzhéimer de mi madre fue muy duro; perdió la memoria, la movilidad, aparecieron delirios, alucinaciones... Llegó un momento en que dejó de poder comunicarse. Nos cambió por completo como familia”.Tras su fallecimiento, la familia tomó una decisión. “Podíamos intentar olvidar aquella horrible enfermedad o convertir todo lo que habíamos vivido en algo que sirviera para otras personas. Decidimos lo segundo”. Así nació la Fundación Rosa María Vivar. Primero, para mejorar la calidad de vida de las personas con alzhéimer y de sus cuidadores. Después, para impulsar la investigación. Y, con el tiempo, para apostar también por la prevención. “Todos estos años de investigación nos han permitido identificar factores de riesgo modificables. Y había un mensaje que los investigadores nos repetían una y otra vez: la prevención debía empezar mucho antes de la vejez. Ahí entendimos que teníamos que llevar esa conversación a las escuelas”.Hay un concepto relacionado con nuestros cerebros que ha ido ganando protagonismo en los últimos años: la reserva cognitiva. No se trata de tener más memoria, ni de sacar mejores notas, ni de acumular conocimientos. Es la capacidad que desarrolla el cerebro para adaptarse mejor al paso del tiempo y compensar el impacto de enfermedades neurodegenerativas como el alzhéimer. Esa capacidad se va construyendo a lo largo de la vida gracias a todo aquello que aprendemos, vivimos y experimentamos.La doctora Margalida Coll Andreu, profesora titular de Psicobiología e investigadora del Institut de Neurociències de la Universitat Autònoma de Barcelona, lleva años estudiando cómo aprendemos y cómo el cerebro modifica sus conexiones a partir de la experiencia. “Durante la infancia, el cerebro está especialmente preparado para aprender. Las conexiones neuronales se crean y se modifican con mucha facilidad. Es una etapa de enorme plasticidad y todo lo que hacemos deja una huella mucho más profunda que en etapas posteriores”, explica.Lee tambiénEn los Neurotatalent Games, más de 5.000 estudiantes de primero de ESO participan en pruebas. CedidaEsa plasticidad no desaparece cuando nos hacemos adultos, seguimos aprendiendo durante toda la vida, pero nunca volvemos a tener un cerebro tan moldeable como el de un niño. La explicación está, en parte, en la corteza prefrontal, la región cerebral responsable de funciones como la memoria de trabajo, la planificación o la toma de decisiones. Su desarrollo no culmina hasta el final de la adolescencia y, en buena medida, depende de las experiencias que vivimos durante esos años. Por eso los investigadores consideran que la infancia y la adolescencia representan una oportunidad única para construir esa reserva cognitiva que acompañará al cerebro durante décadas.“No existe ninguna actividad que garantice evitar el alzhéimer. Sería simplificar una enfermedad muy compleja. Pero sí sabemos que mantener el cerebro activo, junto con otros hábitos saludables, favorece un mejor envejecimiento cerebral y puede contribuir a retrasar la aparición de los síntomas”, insiste la investigadora. Esta idea cambia por completo la forma de entender la prevención. Si el cerebro empieza a construir esa reserva desde edades muy tempranas, la siguiente pregunta resulta inevitable: ¿cómo llevar ese conocimiento científico a una clase de primero de ESO?Neurotalent Games es un proyecto que lleva al aula algunos de los principios que la neurociencia conoce sobre el aprendizaje, la memoria y la reserva cognitivaLa Fundación Rosa María Vivar decidió traducir toda esa evidencia científica a un lenguaje que los adolescentes conocen bien: el juego. Así nació Neurotalent Games, un proyecto que lleva al aula algunos de los principios que la neurociencia conoce sobre el aprendizaje, la memoria y la reserva cognitiva. No pretende diagnosticar, ni identificar a los alumnos más brillantes, ni convertir la memoria en una competición académica. Su objetivo es mucho más sencillo: conseguir que alumnos, profesores y familias descubran que entrenar la memoria también es una forma de cuidar la salud del cerebro.“No buscamos al niño más inteligente; lo que queremos es que alumnos, profesores y familias empiecen a hablar de memoria como una herramienta de salud. Ese es el verdadero premio”, resume Margarita Oliva. Durante una hora, más de 5.000 estudiantes de primero de ESO de cerca de un centenar de centros educativos de Catalunya participan en pruebas que desafían distintos tipos de memoria, atención y concentración. Y si alguien puede medir el impacto real de Neurotalent Games son los docentes, que conviven cada día con los alumnos y detectan cambios que difícilmente aparecen en una estadística.Jordi Prat, jefe de estudios y profesor de Matemáticas de la Escola Vedruna de Artés, admite que las pruebas ofrecían mucha más información de la que imaginaba sobre la forma en que aprende cada estudiante. “Hay alumnos que pensaban que tenían poca capacidad y, de repente, descubren que destacan en memoria auditiva o visual. Eso les cambia la percepción de sí mismos. Y también ocurre al revés, alumnos con muy buen expediente muestran dificultades en determinados ejercicios. Nos ayuda a entender mejor cómo aprende cada uno. Más que clasificar a los alumnos, el proyecto ayuda a descubrir capacidades que muchas veces pasan desapercibidas”.Una experiencia similar vivieron en el Institut La Garrotxa de Olot. Laia Martí, profesora de Biología y coordinadora del primer ciclo de ESO, no dudó en sumarse cuando conoció el proyecto. “Sabemos que ejercitar la memoria genera muchos beneficios. Pensamos que es básico para mejorar el rendimiento académico y también para prevenir enfermedades neurodegenerativas. Y cuanto antes se empiece, mejor.”Durante varias semanas prepararon a sus alumnos con sesiones específicas antes de la competición. “Todos podían participar, independientemente de su nivel académico. Disfrutaban muchísimo haciéndolas y la experiencia fue muy positiva.” Aquel año, uno de los alumnos, Fausto Raviña, se proclamó ganador de Catalunya. Pero para Martí, el verdadero éxito fue otro. “Lo importante fue que los alumnos empezaran a hablar de la memoria con naturalidad y entendieran que también forma parte de cuidar su salud.”Entrenar para aprender, no para ganarEn Amposta, Alina Tugui, profesora de Matemáticas y coordinadora del programa Florence en el Centre de Tecnificació, incorporó los ejercicios de memoria a una asignatura optativa durante buena parte del curso. El objetivo ya no era preparar una competición, era aprender mejor. “No entrenábamos únicamente para el concurso, sino para mejorar el aprendizaje del día a día en el aula. Era justo aquello que nos faltaba y que no habíamos sabido identificar: aprender a estructurar la información, organizarla y asociar ideas”, cuenta Tugui. Aquellas sesiones se convirtieron en uno de los momentos más esperados por los alumnos. “Esperaban con muchísima ilusión la clase de entrenamiento de la memoria. Yo disfrutaba viendo cómo avanzaban y ganaban confianza.”Tres estudiantes del centro se situaron entre los treinta mejores de más de cinco mil participantes y uno de ellos alcanzó el primer puesto. Sin embargo, Tugui insiste en que el mayor premio nunca fue subir al podio. “Lo más importante era el compromiso que adquirían y todo lo que aprendían durante el proceso. La memoria es un recurso muy valioso y cuidarla depende, en gran medida, de nosotros mismos.”Hay alumnos que pensaban que tenían poca capacidad y, de repente, descubren que destacan en memoria auditiva o visual; eso les cambia la percepción de sí mismosJordi PratJefe de estudios y profesor de Matemáticas de la Escola Vedruna de ArtésHay una conclusión que sorprendió incluso a la propia Fundación tras varias ediciones del proyecto. Los alumnos que obtenían mejores resultados rara vez respondían al perfil del estudiante brillante que saca sobresalientes en todo. “Esperábamos encontrar al típico empollón, y no ha sido así. Los chicos y chicas que llegan más lejos suelen tener perfiles muy equilibrados: practican deporte, tocan un instrumento, tienen vida social, son curiosos. No son necesariamente los mejores en una prueba concreta, pero destacan en muchas cosas”, reconoce Margarita Oliva.No es una conclusión científica, pero sí una observación que encaja con lo que sabemos sobre el cerebro. Aprender idiomas, hacer ejercicio, tocar música, leer o mantener relaciones sociales estimula circuitos diferentes y contribuye a construir la reserva cognitiva. Más que una única habilidad, el cerebro parece beneficiarse de una vida rica en experiencias, retos y aprendizajes diversos.Lee también¿Y qué ocurre con quienes ya no tienen doce años? La buena noticia es que nunca es demasiado tarde para seguir construyendo reserva cognitiva. Pero el cerebro no mejora por repetir mecánicamente una misma tarea, sino por enfrentarse a aquello que todavía supone un desafío. “Lo importante es que exista un esfuerzo consciente. Si haces sudokus todos los días, llegará un momento en que ya no representarán ningún reto. En cambio, probar una actividad completamente nueva obliga al cerebro a crear conexiones diferentes”, señala Margarita Oliva.La doctora Margalida Coll Andreu insiste en la misma idea desde la neurociencia: ninguna actividad garantiza que una persona no desarrolle alzhéimer, pero mantener el cerebro activo, junto con otros hábitos saludables, favorece un mejor envejecimiento cerebral y una mayor capacidad de adaptación frente al paso del tiempo.Acto de clausura de la última edición. CedidaQuizá dentro de unos años enseñar a cuidar el cerebro forme parte de la educación que imparten en las escuelas, igual que el ejercicio físico. Porque la memoria no sirve solo para recordar una contraseña o aprobar un examen. Es la herramienta con la que interpretamos el mundo, tomamos decisiones, construimos nuestra identidad y conservamos los recuerdos de quienes somos y de quienes queremos. Cada conversación, cada libro, cada idioma aprendido, cada instrumento, cada paseo por un lugar desconocido o cada habilidad nueva deja una huella en el cerebro.Vivimos en una época en la que cada vez recordamos menos porque la tecnología recuerda por nosotros. Sin embargo, el cerebro sigue necesitando exactamente lo mismo que necesitaba hace miles de años: aprender, adaptarse y enfrentarse a nuevos retos. Quizá por eso la prevención del alzhéimer empieza mucho antes de los primeros olvidos.
“La memoria ya no está de moda y eso tiene consecuencias en la salud cerebral”: ¿y si el alzhéimer empezara a prevenirse en las escuelas?
Un proyecto impulsado por la Fundación Rosa María Vivar y avalado por la Universitat Autònoma de Barcelona lleva a las aulas una idea que podría cambiar la manera de entender la prevención del alzhéimer












