Cuando en el contexto del poder la trama augura o encierra una tragedia, la invocación a Shakespeare suele ser recurrente. Pasó con los Kennedy, comienza a suceder con los Trump, quien tiene un yerno en las conversaciones de paz con Irán y un hijo en los negocios, o con los Milei, donde la hermana del presidente, Karina, ejerce como primera ministra en la sombra.

Los Bolsonaro son una saga familiar más que se suma a esta suerte de nepotismo libertario, con varios hijos involucrados en la gestión política, uno como candidato presidencial, Flavio, y su actual mujer, Michelle, conspirando desde un segundo plano.

Como Brasil es un gran productor y consumidor de culebrones, tal vez, en lugar del clásico inglés, venga a cuento recordar un gran éxito de los años setenta, O Bem-Amado, una telenovela que detenía al país durante sus emisiones. El éxito de aquel serial se centraba en la figura del alcalde, corrupto y demagogo, de un pequeño municipio, que pretendía inaugurar un cementerio. La sátira giraba en torno a la necesidad del deceso de un vecino, a modo de atrezo, para la inauguración oficial. Como el muerto se demoraba en aparecer, el alcalde recurría a todo tipo de estrategias para alcanzar tal fin, desde fomentar una epidemia hasta contratar un sicario. Al pensar en los Bolsonaro, el culebrón precede a la tragedia (aunque esta proyecte su oscura sombra).