La receta para transformar garbanzos secos en una pata de jamón es del mismo tipo que las de los mejunjes y bálsamos de hierbas sanadoras que preparan las curanderas: debe elaborarse en un momento del año único, cuando los astros se alinean para imbuir de propiedades extraordinarias a sus ingredientes. Ese tiempo es ahora. Dicha alquimia no está al alcance de cualquiera. Cada casa designará a su paladín, al elegido para tratar de lograr la transmutación de la legumbre en carne. Este se marchará a la batalla habitualmente en festivo, de buena mañana, con un puñado de míseros garbanzos en el bolsillo y cargando a hombros la responsabilidad de defender el honor de su casa y de su nombre. Al cerrar los ojos, verá pasar las hojas del Libro Secreto de los Agravios, que guarda, escritos con sangre, todos los litigios por lindes y gallinas, los desplantes y los retintines que quedaron sin saldar con los vecinos, y que pasa de padres a hijos como las tierras y las deudas. En el pecho, junto al corazón, el pastillero. Se batirá con otros cuarenta contendientes, vistiendo sus calzones de la suerte, en la sala polivalente del ayuntamiento, empuñando espadas, bastos, copas y oros dibujados en cartones, al grito de guerra de “¡chinchón!" o “¡contro!“.En el fondo de la sala, dispuestos en una mesa plegable debidamente vestida con un retal de terciopelo granate para un aire suntuoso, aguardan los trofeos. Un vale por una cena gourmet en un restaurante de la comarca, un set de botellas de vino de Rioja, una tableta electrónica... Todos ellos estupendos, claro. Pero solo uno atrae todas las miradas y simboliza el triunfo de verdad: la pata de jamón. El único alimento que, como el Santo Grial, se presenta con peana.Es el premio porque no es jamón sino un jamón. No se ha visto nunca a un vencedor del torneo de tute de las fiestas del pueblo enarbolar medio kilo del mejor jamón ibérico cortado fino y envasado en cómodos blísteres de plástico al vacío, para la foto. El jamón no tiene esa fuerza de gravedad ceremonial ni grita “¡honor y gloria!” al campeón con voz tan clara como un jamón. Su aura es la de la conquista primitiva, la de ser casi un vestigio de caza. Un tarro de trufa negra, una botella de champán caro o dos longanizas de gama extra podrían costar más dinero que la pata de cerdo curada, pero no tendrían tanto impacto. Un gran queso afinado es artesanía, oficio y sabiduría, sí, pero no es una oveja. Una pata de jamón es una extremidad. Conserva la literalidad del animal como una cabeza de ciervo sobre una chimenea o un busto de jabalí presidiendo un salón con alfombras. Pero lejos de verter su mirada al mundo con superioridad, desde lo alto del muro, la pata de jamón se presenta a la altura del pueblo llano, a su alcance. Y a su alrededor los congrega, no para rememorar glorias pasadas, sino para invitar a la fiesta y al disfrute presentes e inmediatos, y con una simpatía y una jovialidad que ni el champán ni el mejor caviar tienen. Al atardecer, en su camino de regreso a casa, el héroe no cogerá el coche. Atravesará el pueblo a pie por la calle Mayor, cruzando la plaza por el centro, portando el resultado de haberse jugado los garbanzos con pericia al hombro, como un estandarte. Aunque vaya solo, será un desfile. Cuando se pose en el mármol de la cocina, ese jamón ordenará el espacio y el tiempo —a partir de ahora, será el centro del universo— e investirá a un cortador oficial; un cargo vitalicio, no delegable y que da el poder a quien lo ostenta de criticar lo mal que lo ejercen los demás. Todas las conversaciones llevarán al jamón, y nunca nadie pasará por su lado sin acercarse a levantar el pañuelo que lo cubre para mostrarle sus respetos o cortar, con el cuchillo bueno, una lonchita de nada.
La receta para transformar garbanzos secos en una pata de jamón
Es el único alimento que, como el Santo Grial, se presenta con peana






