Michi Panero fue un escritor sin obra al que le debemos una sabia frase: “En esta vida se puede ser de todo menos un coñazo”. Me acordé de ella la semana pasada al leer un estupendo artículo en The New York Times de Alexandra Jacobs que partía de una observación tan sencilla como brillante: existen infinidad de manuales para aprender a ser un buen anfitrión -el Entertaining de Martha Stewart es uno de los más conocidos—, pero casi nadie se ha ocupado del arte de ser un buen invitado.La verdad es que, al precio que están los restaurantes en Madrid, Barcelona o París, cualquier invitación a cenar hay que aceptarla casi como una obligación. Y, glups, estar a la altura.Los compañeros de cena deben ser elegidos por su capacidad para comer -¡y beber!- con la adecuada mezcla de abandono y contención”Mary Francis Kennedy FisherAutora de 'El arte de comer'Viene al caso una recomendación que supuestamente daba Lord Byron a su hija Ada cuando esta iba a alguna fiesta: “Compórtate, bien o mal, pero compórtate”. Se sabe que el poeta inglés cultivó una reputación de invitado imprevisible. Hay testimonios de que aparecía acompañado de animales poco comunes o rompía deliberadamente las convenciones sociales de las casas aristocráticas que lo recibían. Algunas de esas historias se confunden con la leyenda.En territorio real, la mejor enseñanza para condimentar este artículo quizás sea la de Brillat-Savarin, porque resume todo un código de comportamiento: “El invitado debe procurar que el anfitrión quede satisfecho de haberlo invitado”.He leído muchas veces consejos para ser un buen anfitrión. Mi cronista gastronómica favorita será siempre Mary Francis Kennedy Fisher, que en su libro El arte de comer (en el que se incluyen cinco de sus obras más conocidas) tiene perlas como esta: “Sin tener en cuenta el género, la posición social y la edad, los compañeros de cena deben ser elegidos por su capacidad para comer -¡y beber!- con la adecuada mezcla de abandono y contención. Tienen que disfrutar con la comida, y considerar que prepararla y saborearla es una de las artes del hombre (...) Y sobre todo, los amigos deben poseer el raro don de permanecer sentados. Tienen que ser capaces -más aún, estar deseosos- de pasarse tres, cuatro, seis horas sentados, tanto en torno a una cena de sopa y quesos como ante un banquete de veinte platos fabulosos”.El poeta griego Arcéstrato recomienda en su poema 'Gastronomía' sentar a la mesa a un máximo de cuatro o cinco personasALBUMAl hablar del número de invitados y sobre las compañías, M.F.K Fisher recuerda una cita de Walter Savage Landor: “Comeré tarde, pero el comedor estará bien iluminado, y los invitados serán pocos y selectos”. El poeta griego Arcéstrato, en su poema Gastronomía, sienta a la mesa en “selecta holganza” a tres o cuatro personas, cinco a lo sumo. M.F.K. Fisher escribe: “Yo añadiría a lo recomendado una persona más, pues creo que seis pueden cenar cómodamente en una buena mesa. Agregar uno o dos más es peligroso, y reunir a más de diez es letal”.Entre las reflexiones de la Fisher, una escritora cuyo estilo resulta arrebatador, está aquella que dice que a veces la mejor compañía es uno mismo: “Yo estoy sola cuando, en vez de elegir a alguna de las personas que conozco, me elijo a mí misma. No me enorgullezco de la actitud misantrópica, pero lo cierto es que ahí está, basada en mi creciente convicción de que compartir la comida con otro ser humano es un acto íntimo que una no debe tomarse a la ligera”.Si ya sabes que no vas a simpatizar con el resto de invitados, mejor quédate en casa, porque ser un sieso o un pesado es delitoEn la liga de Fisher aparece más tarde Nora Ephron, la que fue gran guionista y directora de cine estadounidense, autora de Gente a cenar, donde confiesa que, cuando invita, huye de ser una anfitriona nerviosa de esas que contaminan el ambiente de la velada yendo de aquí para allá quejándose de que no han tenido tiempo para nada y sin parar de entrar y salir corriendo de la cocina. Cuando organizas una cena es para pasar un rato divertido y, como buena parte de la diversión está en la comida, aconseja evitar los platos que se comen demasiado deprisa; por eso desaconseja el pescado. Es muy triste que te inviten a cenar y el plato dure apenas dos minutos. Ephron prefiere las mesas redondas, un máximo de diez personas y no sentar a nadie junto su acompañante. Las parejas que se sientan juntas suelen ser mortalmente aburridas.Para Alexandra Jacobs, uno de los libros de cabecera sobre este asunto es el citado Entertaining, de Martha Stewart, cuya filosofía podría condensarse así: un buen anfitrión prepara tanto el ambiente como la comida; cuando llegan los invitados, su trabajo ya casi ha terminado y empieza el verdadero placer: compartir el tiempo con ellos. Es una visión muy influida por la tradición anglosajona del home entertaining, el recibimiento de los invitados en casa: cuidar los detalles sin que el esfuerzo resulte visible. Su planteamiento coincide con una máxima sobre los anfitriones: el mejor es aquel que hace que todo parezca fácil, aunque detrás ha habido una preparación minuciosa.Es fundamental seguir las convenciones del anfitriónGetty ImagesMartha Stewart enseñó a recibir. M. F. K. Fisher enseñó a comer. Nora Ephron, a organizar una mesa. Brillat-Savarin enseñó a disfrutar. Y Alexandra Jacobs recuerda algo que parecía olvidado: que el invitado también tiene obligaciones.Las recomendaciones que recoge Jacobs tienen bastante menos de protocolo que de sentido común. La primera es clara: “Confirma tu asistencia con cuidado”. Lo primero es decidir si quieres ir. Hay que evitar el eterno “es probable que vaya”. Si tú mismo ya sabes que no vas a simpatizar con el resto de los invitados, mejor quédate en casa, porque ser un sieso o un pesado es delito. Eso, en el supuesto —y afortunado— caso de que sepas quiénes son esos invitados. Si no lo sabes, no preguntes, no seas maleducado.“Llega razonablemente a tiempo, pero nunca antes”, sugiere Jacobs, que considera aceptable llegar, como máximo, diez minutos tarde. Y, si eres el primero en hacerlo, intenta echar una mano. Si el anfitrión lo rechaza, sírvete una copa y apártate con delicadeza, sin convertirte en esa sombra fantasmal que persigue a quien le ha invitado con cumplidos o elogios vacíos. De hecho, a veces es preferible preguntar si hace falta bajar a la tienda a comprar algo o inventar una excusa para salir un momento y volver.No se te ocurra llevar a quien te apetezca sin consultarlo, a no ser que la cita sea un pícnic“Cuando lleves comida o regalos, confía en tus instintos”. Jacobs entrevista a varios conocidos y llega a la conclusión de que regalar flores es demasiado personal y que lo mejor es presentarse con una botella de sake. Lo del sake me encanta; es un mundo nuevo por explorar. El sake no es aquella bebida con la que los restaurantes chinos rellenaban el vaso de chupito en cuyo fondo aparecía, como por arte de magia, una mujer desnuda que, como la felicidad, desaparecía en cuanto te bebías el contenido. Así es la vida. Pero eso el sake es otro artículo. Si se trata de alguien a quien le encanta cocinar, siempre se puede llevar una buena botella de aceite de oliva; lo agradecerá sin desentonar con su decoración. Conviene evitar ser el clásico que llega con comida. ¿No te han invitado precisamente a comer? Hacer eso puede ser, como dice uno de los entrevistados, “como ir de blanco a la boda de alguien”. Una excepción es el hielo..., que nunca está de más.“Los acompañantes son un privilegio, no un derecho”. Pregunta antes. No se te ocurra llevar a quien te apetezca sin consultarlo, a no ser que la cita sea un pícnic; en ese caso puedes llevar a quien quieras. Todos los consultados por Jacobs desaconsejan aparecer con un acompañante inesperado, sobre todo si la reunión es en un restaurante. Pero si al final lo haces y tienes la suerte de ser tú ese acompañante, no llames la atención. Para entendernos: no te las des de enrollado, no abraces al anfitrión a la segunda copa como si fuera tu hermano y, por favor, no te tires en pelota picada a la piscina al final de la noche... A menos que alguien lo haga antes. En ese caso, de perdidos al río. Por algo Benjamin Franklin sostenía que un invitado debía dejar la casa “ligeramente mejor de como la encontró”. No hablaba de limpiar o recoger, sino de contribuir al ambiente y al recuerdo de la velada.Jacobs recomienda enviar flores si uno tiene el convencimiento de que se ha pasadoGetty Images“Sé —o aparenta ser— seguro de ti mismo”. Incluso los invitados más experimentados sufren ansiedad social, recuerda Jacobs. Para combatirla, una de sus entrevistadas asegura: “Hay una bebida llamada dry martini que, en mi opinión, es absolutamente transformadora para las ocasiones sociales”.“Intenta conectar”. Se puede fingir confianza, pero lo que digas, que sea de verdad y que se note movido por la curiosidad y el interés. Sea cual sea el rumbo de la conversación, no saques el móvil al primer silencio. Calma, ya tendrás ocasión. Y, como dice una amiga de Jacobs, a menos que seas fotógrafo profesional, nadie necesita que le hagas fotos. Y recuerda lo que decía Jean Cocteau, una conversación brillante consiste en saber marcharse antes de agotarla.“Sáltate las despedidas, pero envía un agradecimiento”. Todos hemos estado en fiestas en las que la gente se va sin despedirse, algo que, a veces, incluso se agradece. Recuerdo un colega escritor que al día siguiente de cada fiesta llamaba pidiendo perdón. “¿Por qué?”, le preguntaban. “Por lo que haya hecho”, respondía, dando por descontado que la habría liado parda. Si te vas y todavía puedes mantenerte en pie, envía un mensaje esa misma noche diciendo que lo has pasado bien.Lee también“No te obsesiones con tus errores”. Si cometes un desliz —que se han dado casos, ¿verdad?—, intenta recordar que gran parte de lo que se considera mal comportamiento forma parte inevitable de cualquier fiesta, aconsejan a Jacobs. Y ten en cuenta que probablemente los demás no se hayan escandalizado tanto por tu comportamiento como tú imaginas. Cuando alguien ejerce de anfitrión sabe que se van a derramar bebidas y que alguien va a acabar mal. Si sientes la necesidad de disculparte, hazlo una vez. Y ya está. Y si realmente te has pasado, y lo sabes con certeza, envía flores y mantente un tiempo calladito. Ponte la película colombiana “Si saben cómo me pongo para que me invitan” y acúsate a ti mismo. Peor era Truman Capote , que fue uno de los invitados más codiciados de Nueva York... hasta que publicó Plegarias atendidas, donde reveló intimidades de muchos de sus anfitriones y amigos.Y luego recuerda a Michi Panero. Muy probablemente habrás dado que hablar y habrás hecho reír a la gente. Al fin y al cabo, en esta vida se puede ser cualquier cosa menos un coñazo. Sigue siendo la mejor regla de etiqueta jamás escrita para un invitado.