En Pequeños delitos abominables (2010, Ediciones B), un manual agudo, irreverente y lúcido sobre buena educación, la editora Esther Tusquets describe un inventario de conductas y situaciones que se abrochan con una útil propuesta de decálogo. El mandamiento número 10 dice así: “Digan lo que digan los moralistas, la ética no lo es todo. También la estética desempeña un papel importante. Huid en lo posible de la fealdad (...) que nos acosa y ¡llenad vuestra vida de belleza!”. Entre lo bello, lo protocolario y lo elegante, se configura una manera de vivir con una puesta en escena en la que destaca una estética rotunda que evita lo cursi y deslumbra con aparente ligereza. El buen gusto adquirido no siempre es una cuestión de dinero, sino el resultado de haber visto y aprendido elecciones y combinaciones posibles entorno a la apariencia; también refleja las normas y buenas formas que puedan aplicarse en la vida en general y en una velada gastronómica en particular. El arte de montar la mesa en un lugar acondicionado para ello enraíza al anfitrión con su hogar, con el lugar donde vive y con sus semejantes. Esto es posible al converger tanto las intenciones de quien convoca como las de quien asiste, ya que la tabla dispuesta en horizontal es la excusa para compartir tiempo y conversación. Importa de la selección de los invitados al menú, pasando por la mantelería, vajilla, la decoración floral, la disposición del lugar en el que se realice la velada (que puede alterarse efímeramente para acomodar el espacio), la cubertería, la cristalería y hasta escoger las velas correctas, sin aroma, para que no contaminen la personalidad del vino que se sirva. La llamada experiencia de lujo que suele vivirse en restaurantes o en entornos de clases acomodadas puede trasladarse a lo doméstico con sencillez, haciendo posible el ejercicio de comer por los ojos y convertirlo en apto para todos los bolsillos. Atendiendo al contexto histórico español, hay que empezar mirando a la Casa de los Austrias (siglo XVIII). Por aquella época, en palacio no existía una estancia destinada al comedor, sino que se implantaba eligiendo una habitación en concreto para dar servicio al desayuno, la comida y la cena. Para acondicionar el espacio intervenían un tapicero que colocaba una alfombra, un mayordomo que montaba la mesa (plegable o en formato de tabla con borriquetas) y una selección de cortesanos que ayudaban y contemplaban al monarca durante el banquete. Tal y como cuenta la doctora en Historia Contemporánea Cristina del Prado (Madrid, 61 años), autora de la tesis El todo Madrid. La corte, la nobleza y sus espacios de sociabilidad en el siglo XIX, fue el reinado de Isabel II (entre 1833 y 1868) en el que se produjo un cambio de costumbres en torno a la mesa: “Las comidas dejaron de ser únicamente un acto privado o protocolario para convertirse también en un espacio de sociabilidad, tanto por la diversidad de los asistentes como por la función representativa que adquirieron en el contexto cortesano, denominándose grandes si se convidaba en días de solemnidad o pequeñas sin motivo de una solemnidad”. La reina también realizó cambios en el tipo de servicio gastronómico y en la ornamentación de la mesa: “A lo largo del siglo XIX se pasó del servicio a la francesa, con gran número de platos dispuestos, al servicio a la rusa, caracterizado por un menú cerrado y una presentación ordenada”. “Además, se cambiaron los pequeños adornos de plata o bronce por piezas de porcelana y composiciones de cristal”, comenta Del Prado.Otro nombre clave en Europa sería el de François Vatel, maestro de ceremonias, festividades y placeres. Vatel organizó durante tres días los fastos celebrados en el Château de Chantilly con motivo de la llegada de Luis XIV, que reinó 72 años. Así lo relata la historiadora: “Se convirtió en un referente histórico de la excelencia en la organización, la etiqueta y el protocolo. Recomiendo la película Vatel para que se pueda comprender, de una manera visual y expresiva, qué significaban la etiqueta y el protocolo en la corte del rey Sol”.Hay otra reina en el arte de recibir en casa que conecta directamente con este siglo: Martha Stewart. La empresaria, autora y presentadora de televisión estadounidense sigue siendo una anfitriona modélica. Stewart publicó hace más de 40 años su primer libro, que a finales de 2025 se volvió a reeditar, Entertainment (Penguin Random House): más de 300 recetas, fotografías, ideas de decoración y formatos de fiestas según se celebren en interiores o exteriores.El protocolo no es un plinto: no hay que saltárseloLas normas de ceremonial y protocolo que se ponen en práctica en la mesa no suelen enseñarse en los colegios; es en las casas en donde se inculca el saber estar. La educación en esta materia —tanto en el ámbito universitario como en el posgrado— constituye una especialización con salidas profesionales aplicadas a la organización de eventos. Para los aficionados a estos códigos, existen plataformas como Protocolo.org, fundada hace 30 años por Carlos J. Redondo, o Protocoloyetiqueta.es, fundada por María José Gómez Verdú, y que ofrece cursos monográficos sobre el poder de transformación que ejerce, en una velada, una mesa bien puesta.La florista Sally Hambleton (Madrid, 55 años) coincide en que los detalles en torno a lo culinario “son un acto de amor”: “Aunque sea para ti, no cuesta nada poner un mantel y un plato bonito. Yo lo que necesito para ser feliz es que mi cotidianidad sea agradable”. Hambleton, de madre inglesa y padre español, creció rodeada de belleza y un buen gusto inculcado, entre otras, por su progenitora y su abuela paterna. El vínculo con las flores lo estableció hace más de dos décadas cuando, tras finalizar un tramo de su carrera profesional en el mundo de la banca, se animó a hacer un curso con el decorador floral Kenneth Turner.Con su cuartel general ubicado en la madrileña zona de Cruz del Rayo, es defensora de la belleza efímera y de la delicadeza —que no fragilidad— de todas las flores. Hambleton imparte formación, talleres estacionales y destaca A dictionary of colour combination, manual firmado por el artista japonés Wada Sanzō publicado en los años treinta, como una de las guías fundamentales para componer ramos y arreglos.Preguntada sobre cómo se educa la mirada y el buen gusto, ella no duda: “A los niños, desde pequeños, hay que llevarlos a museos, cines, jardines y conciertos. La única forma de que amen la belleza es que la conozcan”. Y prosigue: “En todo esto juega un papel muy importante la luz. En mi taller y en los eventos que hacemos, si mis flores no están bien iluminadas, es como si no estuvieran”.Las mesas que monta y enseña en Instagram, donde cuenta con 238.000 seguidores, causan furor y su jovencísima hija, Angie, ya está siguiendo sus pasos con el plus añadido de comunicar con frescura y sin complejos un estilo de vida colorista, delicioso y acomodado. En la misma red social existen otras cuentas en las que el arte de vestir y decorar son el reclamo absoluto; destacan @latavolacolorata (661.000 seguidores), @tables_tables_tables 111.000), @_table.stories (208.000) o @blanca_a_table (63.000). Aunque también suele ser una apuesta segura inspirarse en el estilo desarrollado por interioristas como Pascua Ortega, Belén Domecq Zurita, Ludovico Porta o fundadores de caterings con solera como el de Isabel Maestre o Alejandro Muguerza, de Le Basque Catering.Cómo montar la mesa perfecta y recibir con naturalidad protocolariaAdemás de que las fotos de mesas muy bien vestidas y decoradas puedan servir como inspiración, lo visto también puede ponerse en práctica teniendo en cuenta este decálogo que la florista Sally Hambleton comparte:La mesa. “Tiene que ser cómoda y suficientemente amplia para que quepan todos los invitados. Si la que se tiene en casa es pequeña, recomiendo comprar una plegable de 80 x 80 y añadirla a la que ya hay como continuación”.El muletón. “Es un mantel de tela mullida que debe ponerse siempre cubriendo la mesa para protegerla, ya que amortigua los golpes o absorbe los líquidos que puedan derramarse sobre el mantel”.El mantel. “Mi recomendación es que no llegue hasta el suelo, pero si lo hace, es porque tienes patas feas que esconder. Suelo montar la mesa el día antes y lo plancho ya puesto, pulverizando agua con un poquito de suavizante”.La vajilla. “Si se tienen suficientes platos iguales, adelante. Si no, se pueden mezclar alternándolos”.Las copas y la cristalería. “Evitaría el cacharreo de copas (una para el vino tinto, otra para el blanco, el agua, etcétera) porque es demasiado para disponer en la mesa. La gente normalmente bebe un tipo de vino y agua”.Plato o cesto pequeño individual para el pan. “Me gusta mucho esta opción porque así las migas no quedan por encima de la mesa y se recoge muy fácil. Así, cuando llegue el postre, ya no está el pan sobre la mesa. Entonces es muy fácil retirarlo”.Las servilletas. “Pueden ser de tela o de celulosa generosa. Lo ideal es una medida de 45 x 45. En mi casa usamos las de tela a diario; es más ecológico”.Velas sin aroma. “Es importante que no huelan para que no invadan el olor del vino o de la comida. Y si hablamos de una velada nocturna, recomiendo apagar las luces y cenar con su luz. Me parece el máximo plan”.Las flores. “También sin aroma. Hay que procurar que no superen la altura de una copa de vino más o menos. Y si lo va a superar, que sea de una manera muy ligera. Porque si es muy denso, no te ves con el comensal de enfrente. Se trata de que no sean un estorbo”.Una mesa auxiliar para la comida. “En su defecto, usar el aparador (también colocar un muletón y un mantel). Aunque si se quiere colocar la cazuela en el centro de la mesa porque es parte del happening pues la ubicas en el centro de la mesa y pones jarrones pequeños con flores alrededor”.Se ha comentado a qué máximas puede aspirar alguien que ejerza de anfitrión en su casa, pero encarnar al invitado ejemplar también conlleva una serie de compromisos. Del Prado da las claves: “Destacaría ser puntual, llegar con una actitud agradable y, si puede, llevar un pequeño detalle para el anfitrión. También conviene que sea respetuoso con las costumbres de quien invita y con el resto de los invitados”. Y añade: “El invitado debe ser discreto, dado que accede a la intimidad de una vivienda y, por supuesto, en una buena mesa se valora: saber escuchar, conversar y crear un buen ambiente con el resto de los comensales”.
El arte de montar una mesa: por qué decorarla con elegancia no es cuestión de dinero
Ya sea para uno mismo o como anfitrión, la estética del comedor transforma cualquier menú en una experiencia de lujo al alcance de todos los bolsillos. La florista Sally Hambleton comparte sus consejos, de la importancia del muletón a no usar velas con aromas








