El artista Andy Warhol escribió una frase que condensa a la perfección el secreto de la discoteca más extravagante y libertina de los años setenta: “La clave del éxito de Studio 54 reside en que es una dictadura en la puerta y una democracia en la pista de baile. Es difícil entrar, pero una vez dentro podrías acabar bailando con Liza Minnelli”. ¡Bingo! El templo neoyorquino del hedonismo exacerbó la premisa fundamental del negocio de la noche: convertir el acceso en una credencial de privilegio. El desmadre duró 33 meses exactos.Los artífices del fenómeno fueron Ian Schrager y Steve Rubell, dos jóvenes judíos de Brooklyn, hijos de familias de clase media baja, que se habían conocido en el instituto. Con cierta experiencia en la restauración y el ocio nocturno, se pusieron manos a la obra para fundar el mejor club de la ciudad y, desde luego, demostraron una intuición casi diabólica para leer el momento. El viento de los tiempos soplaba a su favor: terminada la guerra de Vietnam y silenciados los ecos del escándalo Watergate, la música disco arrasaba en los locales que frecuentaba la comunidad negra, mientras la cultura gay, todavía recluida en garitos bajo el punto de mira policial, estaba a punto de eclosionar. En resumen, había ganas de fiesta. Flotaba en el aire una energía electrizante.El volátil código de admisión fue anzuelo para un negocio que tenía contabilidad BEncontraron el emplazamiento idóneo en un antiguo teatro de ópera, transformado luego en un estudio de grabación de la cadena CBS, que se ubicaba en el número 254 de la calle 54 Oeste, en el Midtown de Manhattan. Se trataba entonces de un barrio bastante descuidado, el escenario perfecto para que te atracaran en una esquina. Aunque el binomio Schrager-Rubell no consiguió de primeras licencia para vender alcohol, se las apañó durante un año con autorizaciones de catering de un solo día. El permiso de obras tampoco estaba en regla.Apenas tres meses antes del día D, el demócrata Jimmy Carter había asumido la presidencia de Estados Unidos. La noche de la inauguración, el 26 de abril de 1977, cayó en martes, y los operarios todavía andaban enroscando bombillas y colgando las bolas de espejitos, cuando una multitud se agolpó frente a Studio 54 poco antes de las nueve de la noche. Lo nunca visto. Se formó un atasco de tráfico descomunal en las calles aledañas y el gentío apelotonado alcanzó tal magnitud que los organizadores temieron que echaran la puerta abajo. El gran pandemonio. Una vez traspasado el umbral fatídico, el guardarropa estaba tan colapsado que la gente arrojaba la chaqueta en cualquier parte, aun a riesgo de perderla, arrastrada ya por la ola de decibelios: a todo trapo, bum, bum, bum. ¡A bailar! ¿La primer canción en los altavoces? Richie Kaczor pinchó Devil’s gun, de C.J. & Company, un grupo de Detroit, como la discográfica Motown.Lee tambiénAl día siguiente, la fiesta de apertura y la aglomeración coparon la portada de The New York Post, empezando a forjarse así la leyenda sobre la errática política de admisión de la discoteca, la agonía tras el cordón de terciopelo rojo que franqueaba el acceso al paraíso. Si no entrabas en Studio 54, eras escoria. Rubell, uno de los copropietarios, solía colocarse en la puerta y elegía al buen tuntún, según su criterio. La billetera y la fama constituían una llave de oro pero no siempre infalible: una barba mal rasurada, un sombrero pasado de moda o un niqui de poliéster podían barrar el paso. El código de indulgencia no dependía ni de la clase social ni de la raza ni del credo, sino de la actitud: iban a la caza de llenapistas, gente bailonga y fiestera; nada de camorristas. “Son contadas las ocasiones en la vida en que uno experimenta una sensación de absoluta libertad, y allí todos se sentían protegidos y a salvo”, comenta el cofundador Schrager en el documental Studio 54 (2018), dirigido por Matt Tyrnauer (todavía puede pescarse en YouTube). La discoteca se convirtió en un refugio de inclusión cuando afuera, en la calle, llovía fuerte la homofobia. También las mujeres podían bailar libres.Póster de 'Studio 54' (2018), documental de Matt TyrnauerA&E IndiefilmsDesde aquella primera noche, la lista de celebridades que frecuentaban el local resulta apabullante: Mick y Bianca Jagger, Elton John, Cher, Rod Stewart, Barbra Streisand, Truman Capote, Liz Taylor o Liza Minnelli, quien regaló a The New York Times una frase de oro: “Studio 54 nos dio una razón para arreglarnos y salir de nuevo”. Cada velada se concebía como un espectáculo diferente para el que los organizadores no reparaban en gastos: el viejo teatro se disfrazó de granja para agasajar a la cantante country Dolly Parton con una fiesta en 1978. De entre los efectos escénicos de la tramoya, se hizo célebre una media luna que esnifaba farlopa de una cuchara gigante. Drogas, a tope. Y cuentan que en el sótano había colchones a disposición de la concurrencia, en ese tiempo inconsciente desde la píldora hasta que el sida tuvo nombre.Studio 54 bajó la persiana, en la primera etapa mítica, el 2 de febrero de 1980 con una fiesta titulada El fin de la Gomorra moderna en la que cantó Diana Ross. ¿El motivo? La entrada en la cárcel de los propietarios por una evasión fiscal de escándalo y el hallazgo en las oficinas de cocaína y metacualona. El edén tenía contabilidad B. Nada dura para siempre; Schrager y Rubell incurrieron tal vez en un exceso de arrogancia y hasta se jactaban de que solo la mafia lo hacía mejor que ellos.
Studio 54, templo del placer en la era de la música disco
La noche de la inauguración, la multitud agolpada estuvo a punto de echar abajo la puerta de la discoteca neoyorquina









