Todos andan pendientes de las cajas. El verano es la temporada alta de las discotecas y los profesionales esperan que 2026 se salde con resultados positivos. Aunque no se hagan demasiadas ilusiones: el runrún insiste en lamentos por locales que cierran, proyectos nuevos que se cancelan, clubes que ahora solo abren los fines de semana y, ay, sueldos que se encogen para los trabajadores de la noche. Intento comprobar si se trata de pesimistas percepciones particulares o si estamos ante los primeros temblores de un terremoto global. No resulta tarea sencilla: las revistas especializadas en música de baile siguen luciendo opulentas, con infinitas páginas publicitarias. Mixmag, DJ Mag y demás publicaciones británicas ya han mandado sus intrépidos reporteros a Ibiza o Ayia Napa (Chipre) y, como siempre, están enviando más reportajes fotográficos que textos en profundidad. Imposible consultar sus equivalentes estadounidenses: cabeceras como BPM, Urb o Remix hace años que desaparecieron, a pesar de que en aquel país prospera un cajón de sastre llamado EDM (Electronic Dance Music).Conecto con algunas cabezas pensantes del mundillo, que me aportan visiones caleidoscópicas sobre esta rama del negocio del hedonismo. No se trata necesariamente de problemas económicos, apuntan, ya que el ocio siempre tiene cierta prioridad a la hora de repartir el presupuesto. Lo que altera todo es la abundancia de ofertas: las redes sociales nos apabullan y pretenden reemplazar la socialización convencional. No pueden, desde luego, reemplazar el potencial de las discotecas para crear comunidad. O vaya usted a saber: igual el sentido de comunidad ahora reside en retratarse formando parte de una multitud reunida en un estadio, tras haber sufrido para conseguir una entrada.En todo caso, las redes modifican nuestros hábitos. Además, el tardeo se impone hoy sobre la vida más nocturna. Las terrazas ofrecen una alternativa atractiva, después de que se prohibió fumar en lugares cerrados. Aunque, aviso, las terrazas también están en el punto de mira del Ministerio de Sanidad. Por alguna rémora judeocristiana, persiste la fama de las discotecas como antros de perdición, lo que se traduce en la dureza normativa de los ayuntamientos y en el control ejercido por agrios agentes municipales. Las autoridades ignoran que los mismos clientes ejercen como inhibidores del comportamiento: las cámaras de sus teléfonos hoy capturan y difunden momentos de exuberancia e intimidad que antes no trascendían. Las pistas de baile tampoco son ahora imprescindibles a la hora de ligar: Tinder y otras aplicaciones facilitan los contactos y, claman los apocalípticos, banalizan las relaciones. Aparte, se ha producido un desplazamiento en los modos de consumir música: para la experiencia comunal, se prefieren los festivales, aunque allí el sonido de los artistas tienda a fundirse en un background heterogéneo. La misma dance music está hoy difuminada: sigue siendo un terreno apto para las producciones lanzadas bajo seudónimo, que se venden en maxis con tiradas cortas, pero que ha sido anexionado por artistas mainstream, como Beyoncé, Dua Lipa, Charli XCX o Sabrina Carpenter. Madonna lo sabe todo sobre el potencial de encajar canciones pegadizas en una carrocería de ritmos llenapistas: no es casualidad que reaparezca ahora con una segunda entrega de su Confessions on a Dance Floor. ¿Confesiones? Yo no creería a Madonna ni aunque ella estuviera al borde de la muerte.