Un retrato de Carl Cox, entre otros disc jockeys, da la bienvenida al Hotel Fabrik, abierto en 2019 para hospedar a los clubbers que quisieran ir inmediatamente a la cama tras una noche en la macrodiscoteca de mismo nombre. El establecimiento, integrado en el complejo de seis hectáreas en el polígono industrial de Humanes de Madrid, es donde la gerencia de Fabrik tiene sus oficinas. En septiembre, con 29 años, Luis López Román entró como director ejecutivo del club insignia del Grupo Kapital, del que es tercera generación (le precedieron su padre y su tío). El relevo juvenil, palpable desde la puesta en escena –recibe a ICON ataviado con una camiseta del anime One Piece–, ha asumido el cargo precisamente con el desafío de facilitar la transición a un público que, según los informes, tiene otros hábitos. “La idea es que vengas a pasarlo bien y vivir experiencias que no sean solo beber y ver a un DJ”, afirma. “Es un parque de atracciones de la fiesta para adultos”. Su estreno no ha llegado en el mejor momento: 2025 fue el peor año para Fabrik tras la pandemia. Aunque resulte contradictorio, el gran momento que vive la música electrónica en España ha reducido el margen de beneficios. La facturación y el público crecen, pero se han disparado los costes. Según el empresario, la multiplicación de la competencia no ha ido de la mano de un aumento de proveedores, “porque no ha dado tiempo”, así que los que hay piden más dinero. Igual con los artistas. “De pronto, el DJ pide 300.000 euros. ¿Yo qué gano? ¿Las barras? Si la gente bebe menos y te juegas el beneficio con las barras, estamos jodidos”, esgrime. “El último año no ha sido bueno y este ha empezado mal. La gente no sale tanto como después de la pandemia”. Fabrik, no obstante, goza de salud y prestigio. El pasado año fue nombrado octavo mejor club mundial por la revista DJ Mag. “Es un orgullo, porque no podemos competir con los presupuestos de las discotecas de Ibiza o Miami”. En contra de los prejuicios sobre la peligrosidad de la noche, cree asimismo que hay otra mentalidad. “Antes había unos bandos contra otros, pero ahora la gente viene más de buen rollo. La pandemia nos ha venido bien para relajarnos”, opina. “Queremos vivir tranquilos, no queremos que nos pase nada. ¿Para qué jodernos la vida?”. Formado en el extranjero, López Román tenía 7 años cuando Fabrik se inauguró. “Celebré mi comunión aquí, antes de que abriera la discoteca. Me trajeron con toda mi clase y jugamos al fútbol en la pista”. Su primera fiesta fue en la época del dubstep, viendo a Skrillex. “Notaba el bum bum en los oídos cuando salí, me encantó. No he vuelto a tener una sensación así”. Especializado en la experiencia de cliente, uno de sus objetivos es captar a un público de mayor poder adquisitivo. La clave, los VIP. “Todos quieren sentir que pueden tocar al DJ, estar en un sitio privado, tener trato personalizado”, argumenta. “Me gusta llamarlo parque de atracciones en el sentido de que vayas a otra área y encuentres algo que haga la experiencia más divertida. Una idea que aún no he llevado a cabo es hacer una escape room, no muy compleja, porque con la borrachera te puedes perder”Luis López RománFabrik no prevé abrir un gimnasio en respuesta al interés por el fitness, pero se está esforzando en crear espacios que satisfagan al público menos bebedor. Además de zonas de descanso, se vende comida, merchandising y hay juegos (aunque los premios sean chupitos, copas o botellas). “Me gusta llamarlo parque de atracciones en el sentido de que vayas a otra área y encuentres algo que haga la experiencia más divertida”, dice. “Una idea que aún no he llevado a cabo es hacer una escape room, no muy compleja, porque con la borrachera te puedes perder. Y estábamos desarrollando que en las fiestas Loop la gente pudiera llevar gafas de realidad virtual”. El empresario lamenta que las complicaciones en el transporte público puedan inhibir la asistencia. Desde Fuenlabrada, un bus para en la discoteca, pero acudir directo desde Madrid solo es posible con los autobuses de la empresa desde el Templo de Debod. López Román reivindica que la discoteca, al ubicarse en un polígono, no altera el descanso de nadie ni ocasiona incidencias. “Los políticos verán qué quieren hacer, porque si dejan hacer fiestas en el Parque Tierno Galván o los estadios, ¿para qué te vas a ir a las afueras?”, pregunta, en referencia velada a eventos como los de Brunch Electronik. Y recupera el símil del parque. “En Disneylandia hay una parada. ¿Por qué no una parada de Renfe que deje en Fabrik?”. La empresa ha dado además un giro ibicenco, referencia clara de su responsable. Las propias fiestas Loop tienen un estilo basado en el house y tech house, de moda en la isla. En cualquier caso, el director recalca el carácter de “espacio multiusos” de Fabrik, donde caben la UniversiParty, centrada en el reguetón, y los remember, como La Resistencia. “Está el que te critica porque es pureta y le gusta un tipo de música, pero también el que te da las gracias”. Otro cambio ha sido la retirada de la famosa pecera, después de que, a finales de 2025, AnimaNaturalis interpusiese una denuncia. “No pensábamos que hubiera ningún problema, pero cuando vimos que alguien se podía sentir ofendido y pensar que los peces estaban sufriendo, los hemos dado a un acuario más grande”, se resigna. “Ahora mismo, no tenemos animales en Fabrik, aparte de algunos clientes que vienen”. Entre makineros y bros El espectro que cubre Fabrik se distingue desde lo más elemental: jóvenes con la nueva equipación blanca de la Selección Española y pelo degradado bailan con tipos canosos que lucen el dorsal de Fernando Redondo. Los descamisados en gafas de sol son un colectivo aparte. La empresa no comparte cifras, pero, si solo su main room cuenta con un aforo de 6.000 personas, puede estimarse que largamente se superaron las 10.000 en su fiesta 23 aniversario del pasado 27 de junio, con Carl Cox y Joseph Capriati como platos fuertes de un cartel con más de una treintena de nombres. Fabrik habilitó todas sus áreas para la ocasión, aunque en el clímax, el recital de las dos y media de la madrugada de Cox (que hizo doblete y ofreció otro set al atardecer, al aire libre), la sala principal estaba tan llena que muchos, por los apretones o el sudor que se respiraba, desistieron de bailar. Aunque se puede disfrutar sin beber, los precios no reman a favor de la experiencia abstemia: una botella de agua cuesta 6 euros y una Pepsi 10, frente a los 11 en que se queda el precio de un combinado dentro un bonocopas de tres consumiciones. Pero el despliegue y el espectáculo bien valen la entradaCon un primer tramo de entradas a 25 euros, las actividades comenzaron a las cinco de la tarde. Muchos eligieron guardar sus energías, como fue el caso de Miguel, de 40 años, cuyos amigos acudieron horas antes a ver el espectáculo programado de motocross freestyle. Él llegó después, solo, en autobús. “Me daba pereza con el sol”, se excusa. La última vez que visitó Fabrik fue hace un mes. Sereno, se identifica como aficionado de largo recorrido, que disfruta en la discoteca con independencia de la música de cada noche. Su preferencia es el reguetón, pero el techno también le vale. “Donde haya fiesta, voy”, resuelve con filosofía. Otro de los miles que viven Fabrik como una religión es Rubén, de 27 años, madrileño residente en Vitoria, casado y de familia de feriantes, cuya primera vez allí, dice, fue siendo aún menor, mientras trabajaba con su padre en Leganés. Al aniversario peregrinó con unos amigos, también con entrada para la fiesta matinal del domingo en el hangar de Fabrik. Descansa en el hotel (que tiene late check-out, a las cinco de la tarde), como suele ser su modus operandi, y ha cogido el lunes libre para regresar “dormío, comío, duchao y cagao”. Aposentado en una de las zonas de descanso, sin que los cubatas volcados en la superficie le disuadan, asegura que lo que más disfruta es conversar con gente. Uno de sus compañeros, nervioso porque acabe el palique y entren a la pinchada en el espacio Cristal 360º, da fe de ello. En el parking de Fabrik un cartel dice que está prohibido hacer botellón, aunque la mayoría lo toma como adorno. Pegado a un coche, un colega pide a otro que le fotografíe haciendo el pino; lejos de su plenitud física, se rinde tras varios intentosLos estudios que apuntan a una mejora en el estilo de vida juvenil no aplican del todo sobre el polígono. Más allá de las clásicas escenas del staff atendiendo a una adolescente mareada o un señor cara a la pared esperando a despejarse, no faltan los parkineos, el calentamiento (dentro y fuera del recinto) con los altavoces del coche a tope y el maletero levantado. En un callejón, frente a la entrada y al lado de un local de bocadillos, un grupo de amigos talluditos bailan frenéticamente una versión makinera de Désenchantée. En el parking de Fabrik, un cartel dice que está prohibido hacer botellón, aunque la mayoría lo toma como adorno. Pegado a un coche, un colega pide a otro que le fotografíe haciendo el pino; lejos de su plenitud física, se rinde tras varios intentos. Aunque se puede disfrutar sin beber, los precios no reman a favor de la experiencia abstemia: una botella de agua cuesta 6 euros y una Pepsi 10, frente a los 11 en que se queda el precio de un combinado dentro un bonocopas de tres consumiciones. Pero el despliegue y el espectáculo bien valen la entrada. Hay para todos los gustos: del tech house de Cox y Capriatti, pasando por las atmósferas psicodélicas de Andrea Oliva, al hard techno de Juliet Fox o Cassie Raptor en la sala Satélite, donde se congregan los cafeteros, con cueros y estética oscura. Las peleas y personajes broncos dan impresión definitiva de estar superados y reina un ambiente de camaradería. Las dimensiones del terreno llevan también a alguno a perderse en el laberinto, como Andrés, de 19 años, que paga la novatada de su primera noche en Fabrik. Tras pedirnos el teléfono para localizar a sus amigos y que no diera señal, nos tranquiliza verle después con sus bros, haciéndose una foto junto al logo de la discoteca. En otro photocall con la leyenda “No hay nada que no se solucione… ¡bailando!”, un fiestero más curtido posa con dos mujeres maduras. Otras escenas costumbristas son la de un chaval que no quería perderse la cita y se ha presentado en muletas, un concurso Miss Camiseta mojada improvisado en la pequeña piscina del espacio abierto, dos matrimonios de sexagenarios descansando en los sofás tras el segundo show de Carl Cox (al fin y al cabo, es contemporáneo suyo) o una chica advirtiendo a gritos a un despistado que se está encendiendo el cigarro al revés. Le regala uno y ella, confusa, descubre que se trata de una rara variedad sabor mojito. En la zona VIP, otro grupo mixto de gente mayor de Europa del Este evita la marea humana y graba desde arriba, con los DJs de fondo y varias botellas de alcohol en su mesa. A la salida, las aglomeraciones para conseguir un taxi o un vehículo VTC llevan a los más enérgicos a andar, por un camino de tierra y bajo la lluvia, hasta la parada de tren de Humanes. En el transporte, los juerguistas en retirada se juntan con trabajadores que dan el callo en domingo. Cuando el cansancio de todos, de diferentes naturalezas, se aproxima a un equilibrio silencioso, un grupo de hinchas de Colombia irrumpe, cencerro en mano, festejando el pase de su selección a los dieciseisavos del Mundial. “¡Disculpen, pero estamos de party!”, proclama el cabecilla. Un chico tumbado en varios asientos despierta sobresaltado y se lleva la mano a la cabeza. La resaca de uno siempre tiene la mala suerte de coincidir con la fiesta de otro.