Grupos de personas acicaladas, jóvenes, prácticamente escalan, a pie, por un camino de tierra que les conduce a una villa recóndita: algunos han pagado más de cien euros para acceder. Buenos djs, altavoces con potencia, servicio de bus lanzadera desde varios puntos de la isla y un fin de noche (y comienzo de día) prometedores. En Eivissa, la fiesta no tiene que terminar con el amanecer. Al delirio vivido en los principales clubes nocturnos lo sigue, si se quiere, el de cualquier evento privado de las mismas características que ofrecen promotores de forma ilegal en mansiones que llevan, en algunos casos, funcionando así durante años.

Esta oferta, molesta para los vecinos que sufren las consecuencias de ruidos y masificación desordenada, se ha colado esta temporada con urgencia en la agenda política insular. El desmantelamiento de una macrofiesta de más de mil personas en Sant Mateu -con tiovivo y servicio de ambulancias incluido- en una vivienda situada en suelo rústico hizo saltar las alarmas de los representantes institucionales.

El problema, era evidente, no se había remitido como prometía el Consell d'Eivissa, que cesó de cara a este verano el servicio de detectives privados que había contratado los años posteriores a la pandemia, cuando el despliegue de este tipo de fiestas -ante el cierre de las discotecas y para terror del sector del ocio nocturno- empezó a crecer como un monstruo.