Emilio Lamo de EspinosaActualizado Mi�rcoles,

julio

23:15El a�o pasado el presidente Donald Trump incorpor� al ala oeste de la Casa Blanca un cuadro titulado Los hombres del arancel (The Tariff Men) en el que aparece �l mismo (en el centro, por supuesto) junto al presidente McKinley y otros llamados "presidentes arancelarios". No se trata de otro capricho personal m�s a los que nos tiene acostumbrados, pues el giro imperial de Estados Unidos a finales del siglo XIX, bajo la presidencia de William McKinley, y la agresividad imperial de Donald Trump en este su segundo mandato deben interpretarse como respuestas pol�ticas similares a grandes disrupciones tecnol�gicas internas, verdaderos procesos de "destrucci�n creativa" (Schumpeter); procesos de reordenaci�n social total en los que se transforman simult�neamente el sistema productivo, la estructura de clases, las instituciones pol�ticas, incluso las formas de legitimidad. Y cuando estas transformaciones se producen con mayor rapidez que la adaptaci�n institucional, emergen tensiones acumulativas que desbordan el marco pol�tico existente. Es lo que est� ocurriendo en ese pa�s.William McKinley presidi� durante la fase final de la llamada Gilded Age (1870-1901) cuando EEUU transitaba de una sociedad agr�cola y rural a otra industrial y urbana. Aquella revoluci�n introdujo la electrificaci�n, el petr�leo, el acero, la producci�n en masa y la gran corporaci�n, generando un crecimiento extraordinario, pero tambi�n monopolios (trusts), desigualdad extrema y conflictos laborales violentos. Afloran inmensas fortuna amasadas en monopolios erigidos sobre las nuevas tecnolog�as, los llamados robber barons: John D. Rockefeller (petr�leo; Standard Oil); Andrew Carnegie y Charles M. Schwab (acero; Carnegie Steel); Edward Henry Harriman (ferrocarriles y transporte); J. P. Morgan (banca/finanzas; consolidaciones industriales); Jay Gould (especulaci�n financiera y maniobras burs�tiles). El cierre de la frontera del Oeste -certificado por Frederick Jackson Turner en 1893-, reforz� la percepci�n de que el modelo expansivo territorial hab�a llegado a su l�mite; no quedaban tierras para la vieja l�gica de colonizaci�n hacia el Pac�fico y el sistema deb�a buscar fuera lo que ya no pod�a absorber dentro. El populismo agrario -encarnado en el dem�crata William Jennings Bryan (candidato tres veces a la presidencia), anti-imperialista furibundo- expresaba la resistencia del mundo rural perdedor.La respuesta republicana combin� una pol�tica de inmigraci�n restrictiva con fuerte proteccionismo arancelario y estabilidad monetaria para consolidar la industria. McKinley fue conocido como el "rey de los aranceles", y el arancel Dingley de 1897 fue el instrumento que permiti� abrir el tr�nsito hacia una hegemon�a industrial. Pero el enorme malestar interno fue transformado en nacionalismo agresivo y proyectado al exterior haciendo girar al pa�s desde el aislacionismo al imperialismo en la splendid little war con Espa�a (1898), una guerra perfectamente innecesaria (de las pocas que se conocen entre democracias), que permiti� a ese pa�s proyectarse tanto en el Atl�ntico como en el Pac�fico. El imperialismo americano naci� de la necesidad de dar salida exterior a una econom�a industrial en fuerte expansi�n.Donald Trump preside otro tr�nsito, ahora desde una sociedad industrial cl�sica (y territorializada) a otra digital, organizada en torno a redes, plataformas, datos, centros de c�lculo e inteligencia artificial (es decir, desterritorializada). Tambi�n ahora aparecen nuevos robber barons (Musk, Bezos, Zuckerberg, Larry Page, Jensen Huang, Larry Ellison) y enormes monopolios digitales (Apple, Microsoft, Meta, Alphabet, Amazon, NVIDIA). Tambi�n Trump activa una pol�tica antiinmigracion, ahora casi brutal. Y el llamado Rust Belt de viejas industrias deslocalizadas ocupa el lugar simb�lico que ocup� el mundo agrario.Un ejemplo ilustrativo del tr�nsito: una empresa como Meta tiene una capitalizaci�n burs�til de casi bill�n y medio de d�lares pero da empleo a menos de 80.000 trabajadores; por el contrario, General Motors, con una capitalizaci�n inferior 100.000 millones de d�lares, da empleo a m�s de 150.000 trabajadores. La econom�a digital puede concentrar cantidades colosales de riqueza con relativamente poco empleo. Tiende a concentrarse en empresas intensivas en capital, conocimiento, propiedad intelectual y efectos de red. De ah� esa din�mica econ�mica en K (Peter Atwater): una parte de la sociedad asciende r�pidamente, mientras otra desciende o se estanca. Las sociedades se dualizan, crecen las brechas de renta, riqueza y oportunidades generando un curioso desacople macro-micro: el PIB o los mercados pueden ir bien dando una falsa imagen de bienestar, mientras amplios grupos sociales no mejoran. El resultado: una econom�a altamente productiva pero socialmente disgregadora.El trumpismo emerge de esa fractura estructural. Pero, a diferencia de la coalici�n que sostuvo a William McKinley, el trumpismo combina perdedores y ganadores del capitalismo digital. Moviliza a los sectores desplazados por la globalizaci�n -trabajadores industriales, clases medias en declive, territorios desindustrializados- (los left behind), pero se apoya en segmentos de las �lites vinculadas a la econom�a tecnol�gica y financiera. Y la clave de esta articulaci�n ad hoc reside en un desplazamiento del eje del conflicto: de la clase a la soberan�a y la naci�n: el trumpismo no enfrenta trabajo y capital, sino naci�n frente a globalizaci�n. Lo que le permite alinear intereses divergentes: los perdedores perciben la globalizaci�n como amenaza real; los segundos como desaf�o estrat�gico, especialmente frente a China. En ambos casos, la respuesta converge en la reafirmaci�n del poder nacional. No es casualidad que pretenda elevar el ya enorme presupuesto de defensa (tres veces el del siguiente, China) de un bill�n a nada menos que bill�n y medio de d�lares, alimentando (saciando, podr�a decirse) el Complejo Militar Industrial. El trumpismo no se opone a la disrupci�n tecnol�gica, pero aspira a subordinarla a objetivos geopol�ticos nacionales.Obviamente, esta coalici�n presenta un l�mite estructural derivado de su ambivalencia constitutiva. Se sustenta en la Am�rica industrial en declive, pero despliega la estrategia de poder de la Am�rica digital. Ha alineado intereses divergentes, pero no ser� nada f�cil transformar esa extra�a alianza en un nuevo consenso estable. Pues, en contraste con McKinley, que pudo apoyarse en un sector emergente capaz de generar cohesi�n, Donald Trump se enfrenta a una econom�a cuya l�gica interna tiende, por ahora, m�s a la fragmentaci�n que a la integraci�n.Como advirti� el presidente Biden en su discurso de despedida a la naci�n, "una oligarqu�a de extrema riqueza, poder e influencia literalmente amenaza toda nuestra democracia". No debe sorprender pues que, seg�n el Pew Research Center, hasta un 62% de los americanos est� insatisfecho con el funcionamiento de su democracia (solo un 37% se declaran satisfechos). Y hasta un 32% asegura que un l�der fuerte o un militar seria un modo positivo de gobernar ese pa�s. Hay razones para estar profundamente preocupados por el estado comatoso de la democracia americana.El destino no fue amable con McKinley: fue asesinado por un anarquista polaco en 1901 al comienzo de su segundo mandato, y le sucedi� su vicepresidente, Teddy Roosevelt (1901-1909), quien us� (e incluso abus�) de la Ley Sherman antimonopolios pleiteando con los monopolios (hasta 44 demandas) al punto que se le recuerda como el "destructor de trusts" (Trust Buster). Aquella fue la respuesta pol�tica a la disrupci�n tecnol�gica de la modernidad industrial. La gran cuesti�n hoy es si Estados Unidos ser� capaz de encontrar una respuesta pol�tica equivalente frente a la disrupci�n digital; no para detenerla, lo que ser�a imposible, sino para domesticarla democr�ticamente. Esa, y no otra, es la cuesti�n de fondo y la respuesta la veremos probablemente en las elecciones de noviembre.Emilio Lamo de Espinosa es acad�mico de la Real Academia de Ciencias Morales y Pol�ticas.