Actualizado 23/07/2026 - 07:18h.

En sus crónicas, el historiador romano Apiano (siglo II d. C.) explicó de forma pormenorizada cómo fue la guerra que Lucio Licinio Lúculo, cónsul de la Hispania Citerior, mantuvo contra los pueblos vacceos en el 151 a. C. El cronista, desde el principio, cargó contra el político por haberse lanzado de bruces contra el corazón de la península sin la aprobación del Senado. «Estaba deseoso de gloria y necesitado de dineros por causa de su penuria. Realizó la incursión contra los vacceos, otra tribu celtíbera, que eran vecinos de los arévacos, sin haber recibido ninguna orden de Roma y sin que ellos hubiesen hecho la guerra a los romanos». En sus palabras, estos hispanos no habían cometido afrenta alguna contra el político. Su único pecado era contar con comida de sobra gracias a la opulencia de sus campos; una verdadera riqueza para la época.

Lúculo, en marcha

Ávido de batalla, Lúculo cruzó el Tajo en el año 151 a. C. en dirección a Cauca (en Segovia). Traicionero hasta la extenuación, el cónsul les quiso convencer de que acudía «en ayuda de los carpetanos, que habían sido maltratados por ellos». Una falacia como cualquier otra para justificarse. Los hispanos se retiraron por momentos a la seguridad de sus muros, pero, en palabras de Apiano, «le atacaron cuando estaba buscando madera y forraje» y «mataron a muchos de sus hombres». Así prendió la mecha de la contienda. El historiador recalca ya en esta primera parte de la contienda que los pueblos vacceos destacaban por su «infantería ligera» y que «resultaron vencedores» en multitud de contiendas gracias a sus golpes de mano y sus «dardos».