Un aviso por radio alert� al barco de una embarcaci�n a la deriva. Otro buque cercano hab�a facilitado unas coordenadas, pero la localizaci�n no resultaba sencilla. Durante casi dos horas, las dos lanchas r�pidas del Open Arms rastrearon un punto perdido del Mediterr�neo central. Solo hab�a oscuridad, viento y un mar de verano revuelto.Tres d�as antes, una embarcaci�n de madera hab�a salido de la costa occidental de Libia con 85 personas a bordo. Despu�s, los motores dejaron de funcionar. Desde entonces avanzaba sin rumbo.Uno de los rescatistas se�al� una luz en la distancia. Al principio parec�a un pesquero. Conforme se acercaban aparecieron m�s puntos luminosos. Eran las linternas de los m�viles que agitaban desesperadamente los ocupantes de la patera para hacerse visibles. Entre gritos de auxilio apareci� la silueta de la embarcaci�n. Era de madera, estaba detenida en medio de la nada y llevaba a 85 personas hacinadas que proced�an de Somalia, Banglad�s y Egipto. Entre ellas viajaban dos mujeres y varios menores no acompa�ados. Algunos apenas pod�an mantenerse en pie.Cuando los equipos del Open Arms se identificaron como una organizaci�n de rescate espa�ola, intentaron transmitir tranquilidad. Durante la evacuaci�n, uno de los j�venes se�al� a una de las mujeres y asegur� que era su hermana. D�as despu�s confes� que no exist�a ning�n parentesco. Eran amigos. Hab�an decidido permanecer juntos porque en Libia hab�an aprendido que ten�an que cuidarse unos a otros.Las brutales torturas a las que son sometidos los inmigrantes en Libia antes de montar en las pateras.Cr�nicaDurante los d�as posteriores apenas se separ� del peque�o grupo de somal�es con el que hab�a compartido cautiverio y viaje. Hablaba poco. Observaba mucho. Vigilaba constantemente a las dos mujeres que viajaban con ellos. Nos propuso contar su historia cuando el barco ya navegaba hacia Italia.El joven escrib�a en somal� sobre la pantalla de un m�vil. Una aplicaci�n traduc�a sus palabras al espa�ol. Durante casi una hora reconstruy� un recorrido que hab�a comenzado mucho antes de subir a aquella embarcaci�n.Al terminar pidi� una hoja y un bol�grafo. Escribi� despacio, con una letra peque�a y ordenada. Despu�s dobl� varias veces el papel antes de entregarlo. Mohamed —nombre ficticio para proteger su identidad, ya que parte de su familia contin�a en Somalia— quer�a poner a salvo a los suyos. En la nota manuscrita que escribi� a bordo del Open Arms resumi� su historia. Explic� que huy� de Somalia por la inseguridad y las amenazas de Al Shabaab, el grupo que, seg�n relata, asesin� a su padre. Aquella p�rdida fue el motivo que le llev� a abandonar el pa�s.Nos ped�a, que, utilizando su nombre real, se tramitara una petici�n oficial a nuestro gobierno para sacar a su familia de Somalia porque considera que contin�a en peligro. Solo le prometimos que su historia saldr�a a la luz.Hasta poco antes de abandonar Mogadiscio hab�a sido estudiante. Pero en Somalia estudiar nunca signific� vivir al margen de la guerra. Desde hace casi dos d�cadas, Al Shabaab mantiene una campa�a de atentados, asesinatos, extorsiones y reclutamientos forzosos que contin�a desestabilizando el pa�s.Mohamed asegura que todo cambi� el d�a que asesinaron a su padre. Despu�s lleg� la huida. Atraves� Etiop�a, Sud�n y finalmente alcanz� Libia. Lleg� hasta Kufra, un oasis situado en el extremo sureste del pa�s, junto a las fronteras con Chad, Sud�n y Egipto. Para miles de personas procedentes del Cuerno de �frica, ese lugar representa el final del desierto. Tambi�n el inicio de otro infierno.Grupos armados, traficantes y milicias han convertido el secuestro y la tortura en un negocio basado en la desesperaci�n de quienes atraviesan el S�hara con la esperanza de llegar a Europa.Antonio SempereMohamed asegura que fue capturado poco despu�s de cruzar la frontera. Dorm�an hacinados sobre el suelo. La comida llegaba dos veces por semana y consist�a, seg�n recuerda, en las sobras que dejaban los vigilantes. El agua era turbia. Las palizas segu�an siempre el mismo ritual: primero exig�an los tel�fonos de los familiares y despu�s comenzaban las llamadas. Mohamed intent� proteger a su madre facilitando un n�mero falso. Dice que descubrieron el enga�o. Lo ataron de manos y pies y comenzaron los golpes. Aquella fue la primera vez que comprendi� que en Libia el sufrimiento tambi�n ten�a un precio. Las palizas no buscaban �nicamente castigar. Ten�an un objetivo: extorsionar.Recuerda que antes de aplicarle descargas el�ctricas mojaban el suelo de cemento. Despu�s llamaban por tel�fono a su madre y le hac�an escuchar los golpes, los gritos y las amenazas mientras exig�an dinero. Pag�, pero no todo. Prefiere no explicar c�mo su madre consigui� reunir 4.000 d�lares. El resto lo obtuvieron mediante la explotaci�n laboral a la que somet�an a quienes no pod�an pagar. �l, al menos, segu�a vivo.A�os de tortura y miedoMohamed permaneci� cerca de tres a�os en Libia. Durante ese tiempo pas� por distintos lugares de cautiverio, dentro de un sistema que Naciones Unidas, la Organizaci�n Internacional para las Migraciones, Amnist�a Internacional y M�dicos Sin Fronteras llevan a�os documentando.En el sur y el oeste del pa�s, grupos armados, traficantes y milicias han convertido el secuestro y la tortura en un negocio basado en la desesperaci�n de quienes atraviesan el S�hara con la esperanza de llegar a Europa. Las v�ctimas son golpeadas, privadas de agua y alimentos, sometidas a descargas el�ctricas o violencia sexual mientras sus familias escuchan las agresiones por tel�fono. En la cubierta del Open Arms, Mohamed todav�a conservaba algunas cicatrices. Los videos conseguidos por EL MUNDO demuestran el testimonio de Mohamed. Escenas que dif�cilmente nadie querr�a ense�ar, pero que nos pidieron que mostr�ramos.La pol�tica europea de externalizaci�n del control migratorio hacia Libia ha sido denunciada durante a�os por organizaciones de derechos humanos y supervivientes de la ruta, que se�alan que los recursos destinados al control fronterizo y a la cooperaci�n con las autoridades libias terminan reforzando estructuras de poder vinculadas a un pa�s donde contin�an document�ndose graves abusos,Uno de los casos que ha generado mayor controversia es el de Osama Almasri Njeem, antiguo responsable de la prisi�n de Mitiga, en Tr�poli, se�alado por la Corte Penal Internacional por presuntos cr�menes de guerra y contra la humanidad, incluidos tortura, violencia sexual y asesinatos. Su detenci�n en Italia en 2025 y su posterior puesta en libertad, facilitada por Italia incluso con un avi�n para regresar a Libia, provocaron indignaci�n.Otro de los nombres vinculados a las estructuras de poder de Tr�poli es Abdel Ghani al-Kikli, conocido como Gheniwa, l�der de la Stability Support Authority, una milicia integrada posteriormente en estructuras oficiales de seguridad y se�alada por Amnist�a Internacional por abusos contra personas detenidas y migrantes. Gheniwa acab� tiroteado por un clan rival en Tripoli el a�o pasado.Para activistas como David Yambio, superviviente de la detenci�n en Libia y fundador de Refugees in Libya, esta es la contradicci�n central de la pol�tica europea: mientras la UE y algunos gobiernos, especialmente Italia, han convertido a actores libios en interlocutores para frenar las salidas hacia Europa, las v�ctimas denuncian que esas mismas estructuras est�n relacionadas con la violencia que sufren.Las sanitarias que detectan la torturaPaula de la Fuente, m�dica de Familia y Comunitaria especializada en migraciones y atenci�n integral a supervivientes de tortura, fue la responsable sanitaria de la misi�n 129 del Open Arms donde rescataron a Mohamed. La voluntaria forma parte del Centro SIRA, especializado en la documentaci�n m�dico-legal de v�ctimas de tortura. Junto a ella, Rita, la enfermera que no dej� de cuidarles y Said, el mediador socio-cultural cuya figura es fundamental en las misiones .�La sospecha cl�nica nunca surge por una sola lesi�n�, explica. �La valoraci�n consiste en integrar el relato de la persona, la exploraci�n f�sica, las secuelas psicol�gicas y el conocimiento que existe sobre los m�todos de violencia documentados en ese contexto�.Durante el rescate, el equipo realiza una primera evaluaci�n en la que se buscan lesiones f�sicas y se�ales psicol�gicas. �Encontramos con frecuencia cicatrices lineales compatibles con golpes repetidos con cables o barras met�licas, quemaduras, lesiones por ataduras, fracturas mal consolidadas o alteraciones musculoesquel�ticas derivadas de traumatismos y posiciones forzadas mantenidas durante largos periodos�, explica.Las palizas segu�an siempre el mismo ritual: primero exig�an los tel�fonos de los familiares y despu�s comenzaban las llamadas.Cr�nicaPero las heridas f�sicas son solo una parte. �La ausencia de lesiones f�sicas nunca demuestra que no haya existido tortura�, insiste. Tambi�n aparecen miedo intenso al contacto f�sico, hipervigilancia, bloqueos emocionales...�Hemos atendido a personas de Sud�n, Eritrea, Etiop�a, Somalia, Siria, Banglad�s o Costa de Marfil. Hab�an recorrido rutas diferentes y hab�an permanecido en centros de detenci�n distintos. Describ�an secuencias de violencia extraordinariamente similares�.La m�dica recuerda que muchas v�ctimas no identifican lo ocurrido como tortura. �Cuando les preguntas, algunas responden que eso le ocurr�a a todo el mundo�. Por eso defiende que las entrevistas deben realizarse sin prisas y con profesionales formados en trauma. �La identificaci�n de una v�ctima de tortura requiere tiempo, formaci�n espec�fica y un entorno que genere confianza�.Como resume la m�dica, muchas personas llegan a Europa despu�s de sobrevivir a procesos de violencia prolongados. �Abordar su sufrimiento requiere una mirada integral, que contemple la dimensi�n m�dica, psicol�gica, social y jur�dica, y que reconozca la historia completa de cada persona m�s all� de su llegada�.Para Mohamed, el rescate del Open Arms no es el final del viaje. El desembarco en un puerto del norte de Italia ser� el comienzo de otra traves�a: la de encontrar protecci�n, recuperar una vida quebrada por la violenciay aprender a empezar de nuevo. Tambi�n tendr� que enfrentarse al rechazo y a los prejuicios de quienes solo ver�n a un inmigrante —o incluso a un invasor— llegado por mar, sin conocer que detr�s de ese viaje hay un ni�o que huy� despu�s de que los yihadistas de Al Shabaab asesinaran a su padre y de que su madre lo enviara lejos con la esperanza de salvarle la vida.