Mientras miraba La Odisea de Nolan, y también con la final del Mundial, tenía la sensación de ver una mala traducción al yanqui. Quizá fueran versiones bien escritas y entretenidas, pero fallaban en la compresión lectora. Parecía como si los autores no hubieran entendido nada. El partido estaba diseñado de manera que el juego era un elemento más del espectáculo, y no el fundamental; ni siquiera prevaleció el cuidado del campo donde se disputaba el encuentro más importante, ni el respeto por los tiempos, por no hablar del afán de protagonismo de Trump. Universal Studios / ACNEn el filme de Nolan hay licencias muy norteamericanas: la típica tendencia a ambientar escenarios y vestuario como si estuvieran en la edad media, peleas propias de un western o una peli de acción, una fidelidad moralista de Ulises a Penélope solo truncada por una amnesia –interesadamente reinterpretada– que le provoca Calipso. Toda traducción es una adaptación. O una traición, como suele decirse. No hay problema en dejar constancia de la propia autoría y rubricar lo singular, convertir la pieza popular en algo único. Pero sí es más problemática la falta de sensibilidad sobre el sentido original, las tribulaciones de la complejidad humana que el poema ha mantenido durante casi tres mil años.Al querer adaptar las cosas a todos los públicos se desatiende lo esencial: el almaEl fútbol y el texto tienen un lenguaje propio, el deporte y la mitología cuentan con su propia epopeya. Los jugadores y Odiseo representan al clásico héroe moderno, en el fondo egoísta, capaz de abandonar a sus hombres, traicionar a sus mujeres y a su pueblo (que lo adora y lo espera pese a todo), para alcanzar la gloria y ser inolvidable, en consecuencia eterno. Tanto la cinta como el montaje de este Mundial traslucían una voluntad, no ya de simplificar el concepto, sino de complacer a quienes no les gusta el fútbol ni la literatura.Al querer adaptar las cosas a todos los públicos se desatiende lo esencial: el alma. La memoria no se basa en lo que sucedió, sino en la última vez que recordamos algo. Pasa igual con los relatos: suelen basarse en la versión predecesora y así, poco a poco, se difuminan. Lo bello de cualquier odisea es el viaje a Ítaca, no llegar. Es eso de “lo importante es participar” que nadie se cree en las finales, pero sí antes, cuando disfrutamos de cada momento que nos trae hasta aquí.