EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.“Nos estamos atreviendo a seguir soñando de manera colectiva“. Paola Yañez Inofuentes (La Paz, 42 años) pronuncia la frase con la serenidad de quien lleva años aprendiendo que la esperanza también es una forma de resistencia. “Ahora que todo empuja hacia el individualismo, nosotras hablamos de autocuidado, de cómo acuerparnos para seguir adelante“. En un momento marcado por el retroceso de derechos, el auge de los discursos de odio y el estrechamiento del espacio cívico, la lideresa afroboliviana reivindica el derecho a imaginar un futuro distinto. No desde la ingenuidad, sino desde la experiencia acumulada por décadas de organización política de las mujeres negras de América Latina y el Caribe.América Futura ha conversado con Yañez en Madrid, donde ha participado en el Foro de la Sociedad Civil organizado en el marco de la V Conferencia Ministerial sobre Política Exterior Feminista. Su presencia iba mucho más allá de una invitación personal. Como coordinadora de la Red de Mujeres Afrolatinoamericanas, Afrocaribeñas y de la Diáspora (RMAAD), ha acudido en representación de la principal articulación política de mujeres afrodescendientes de la región, que por primera vez ha formado parte del comité internacional de la sociedad civil encargado de acompañar la conferencia.Paola Yañez Inofuentes es coordinadora desde 2018 de la RMAAD, cargo para el que acaba de ser reelegida tras la IV Asamblea General de la organización, celebrada en Brasilia en noviembre de 2025. La ingeniera civil no tarda, sin embargo, en abandonar el singular y casi todas sus respuestas terminan hablando de “nosotras”. Madrid ha marcado un punto de inflexión para ese recorrido. “Esta quinta conferencia incorporó, bajo el liderazgo del Gobierno de España, una nueva forma de participación para la sociedad civil“, explica. A ello se sumó la creación del primer Foro de la Sociedad Civil dentro de estas conferencias internacionales. “No son hitos menores“, insiste. “Llegan en un momento en el que el espacio cívico se está cerrando y las organizaciones sociales tenemos cada vez menos posibilidades de hacer sentir nuestra voz”. La participación de la RMAAD permitió incorporar al documento presentado por la sociedad civil una reivindicación que durante años había permanecido prácticamente ausente en estos espacios: la necesidad de que las políticas exteriores feministas asuman el antirracismo como uno de sus principios rectores. Puede parecer un avance discreto, pero para Yañez supone un reconocimiento largamente esperado, que remonta al surgimiento de la red. “El movimiento feminista no abordaba la raza y el movimiento afrodescendiente mixto no abordaba el género“, recuerda la activista afroboliviana y es precisamente para responder a ese vacío que nació la RMAAD en 1992, durante el Primer Encuentro de Mujeres Negras de América Latina y el Caribe, celebrado en Santo Domingo. ”En aquel momento hablábamos de mujeres negras, no de mujeres afrodescendientes", matiza. De aquella reunión no solo surgió la principal articulación regional de mujeres afrodescendientes, sino también la proclamación del 25 de julio como Día Internacional de la Mujer Afrolatinoamericana, Afrocaribeña y de la Diáspora.Pero la RMAAD nunca aspiró únicamente a ocupar un espacio de representación. Desde sus orígenes se propuso construir un proyecto político mucho más amplio. “Queríamos crear un espacio de articulación de las mujeres negras en América Latina y el Caribe para contribuir a sociedades más justas, equitativas, multiculturales y libres del racismo”, explica Yañez. Con el paso de los años, esa visión también incorporó la defensa de sociedades libres de xenofobia y de homo, lesbo y transfobia, principios que hoy forman parte de la identidad ética de la organización. Hoy la articulación reúne a más de doscientas organizaciones y activistas de veintitrés países de la región y sus integrantes participan en espacios de Naciones Unidas, la Organización de los Estados Americanos (OEA) y distintos mecanismos regionales de diálogo político. Sin embargo, ese creciente reconocimiento internacional convive con una paradoja que atraviesa toda la conversación con Yañez: mientras las mujeres afrodescendientes empiezan a ocupar espacios donde antes no estaban presentes, continúan siendo algunas de las organizaciones menos financiadas dentro de la cooperación internacional. “Por fin estábamos llegando a la conversación sobre el dinero”, apunta Paola. Sin embargo, constata que “la agenda antirracista empezaba a ganar espacio, pero llegó un frenazo. Y, como casi siempre sucede, los primeros recortes empezaron por nosotras”.Yañez no habla únicamente de la actual crisis de la ayuda internacional; de hecho, la infrafinanciación de las organizaciones de mujeres afrodescendientes constituye un problema estructural mucho más antiguo. En un diagnóstico respaldado por el estudio realizado por la propia RMAAD en 2023 entre 118 organizaciones de la región se demuestra que la mayoría dispone de personalidad jurídica, estatutos, cuentas bancarias, equipos multidisciplinares y una elevada capacitación técnica. El 83 % de las mujeres consultadas cuenta con estudios universitarios y muchas poseen formación de posgrado. Sin embargo, cerca de dos tercios de las organizaciones funcionan con presupuestos inferiores a 5.000 dólares anuales, sostenidos en gran medida mediante autogestión y aportaciones de sus propias integrantes. Con eso, cuenta, muchas organizaciones tratan de “sostener la utopía”.Por eso “hay que estar ahí”, resume Yañez al explicar por qué la red decidió participar activamente en la Conferencia de Madrid. Estar ahí significa ocupar los espacios donde se redactan declaraciones, se negocian compromisos internacionales y también donde se decide qué agendas reciben financiación y cuáles permanecen en los márgenes. “La principal característica del racismo es que es estructural y sistémico”, advierte. “También determina quién recibe recursos, quién participa en los espacios de decisión y quién queda fuera de las prioridades”. Por eso, insiste, la reivindicación nunca ha consistido en reclamar privilegios, sino en exigir las mismas condiciones para desarrollar un trabajo que beneficia al conjunto de la sociedad.Ese mismo patrón se reproduce en otro de los grandes desafíos pendientes: la representación política. Durante las últimas décadas, numerosos países latinoamericanos han impulsado mecanismos de democracia paritaria y cuotas de género. Sin embargo, esos avances apenas han modificado la presencia de mujeres afrodescendientes en los espacios donde se ejerce el poder. “Se ha hablado mucho de democracia paritaria, pero eso no ha tenido un impacto real sobre la participación política de las mujeres afrodescendientes", lamenta. A su juicio, el peso demográfico y electoral de las poblaciones afrodescendientes debería reflejarse con mayor claridad en parlamentos, gobiernos locales, gobernaciones, ministerios e incluso en las fórmulas presidenciales. “Y no solamente en carteras como Cultura o Deporte, donde históricamente se nos ha relegado”.Por otro lado, después de tantos años de activismo, el desgaste resulta inevitable. “Hay un alto nivel de desgaste mental y emocional”, reconoce. “Estamos viviendo un momento de mucha criminalización y estigmatización de quienes defendemos los derechos humanos”. Sin embargo, el cansancio no ha desembocado en resignación. Al contrario. La respuesta del movimiento ha consistido en reforzar precisamente aquello que considera más amenazado. Y hoy, esta defensa de lo colectivo adquiere un significado profundamente político.