EL PAÍS ofrece en abierto la sección América Futura por su aporte informativo diario y global sobre desarrollo sostenible. Si quieres apoyar nuestro periodismo, suscríbete aquí.“Había mucha rabia y aunque por momentos se confundía con pena, en realidad era una rabia compartida. Rabia por la injusticia”, cuenta la terapeuta chilena, Cecilia Leiva, quien durante 2023 acompañó a un equipo de investigadoras de Argentina, Brasil y Chile que se preparaban para estudiar desigualdades y violencias de género en América Latina. A esa terapia llegaron con un registro de 45 páginas de testimonios propios sobre abusos y agresiones en su vida académica.“Cuando empezamos a hacer el guion de las entrevistas dirigidas a investigadoras, nosotras mismas comenzamos a recordar cosas que nos habían pasado, muchas de las cuales teníamos naturalizadas”, recuerda Menara Guizardi, investigadora de la Universidad Nacional de San Martín en Argentina, y directora del equipo.Las violencias registradas iban desde el acoso laboral, la desigualdad en la distribución de las tareas, la exclusión y desvalorización intelectual, y hasta intentos de violación. “En la terapia tuvimos que trabajar con el cuerpo porque había tensiones y dolores crónicos -principalmente en espalda y cuello- que suelen vincularse con bloqueos de emociones”, menciona Leiva.Las investigadoras iniciaron el proyecto y registraron que, de las 101 entrevistadas, todas habían sufrido algún tipo de violencia en sus trayectorias laborales dentro de la academia. Esta investigación concluyó en marzo de este año.La desigualdad como discurso compartidoAnte el mundo, América Latina es la segunda región con mayor participación femenina en la ciencia, con una cifra que supera el 49%. Sin embargo, este dato esconde disparidades regionales: mientras países como Argentina (54%) y Venezuela (52%) lideran los índices incluso a escala internacional, en Perú (28%), México (33%) y Chile (35%) las brechas son alarmantes.El dato cuantitativo es, de acuerdo a Guizardi, insuficiente para entender la realidad regional, pues esconde desigualdades que solo son observables a nivel cualitativo. “Aunque las mujeres sean más numerosas eso no implica que tengan participación equitativa: no acceden a los fondos de financiamiento fácilmente, les cuesta más poder publicar, no logran estar representadas en los cargos de alta jerarquía académica y tampoco en los cargos políticos de decisión”, señala.Un factor clave en la trayectoria de las mujeres en la academia son las tareas de cuidado y el trabajo doméstico. “Entre el 71 y 84% de las mujeres en la región realizan estas tareas y eso afecta profundamente no sólo las inserciones productivas, sino la capacidad de formarse, de mejorar”, añade. Es la llamada ‘pobreza del tiempo’. “No tienes tiempo disponible para construir las herramientas que necesitas para mejorar como trabajadora y crecer en las posiciones laborales. Las mujeres son más pobres en la región que los hombres porque están sobrecargadas de cuidados y trabajos domésticos”, asegura. Naturalizar las violenciaLa ciudad de Campo Grande está en el sur de Brasil, en el Estado de Mato Grosso do Sul, a 700 kilómetros de la frontera con Paraguay, un polo del agronegocio y, como describe la investigadora Ariany Da Siva, un entorno profundamente conservador. La académica de la Universidad Central de Chile creció allí, y mientras estudiaba psicología obtuvo una beca del Gobierno brasileño para integrarse en un proyecto de investigación. Ese hito marcó el inicio de su carrera como científica social.“Yo sabía que mi vida había sido sacrificada. Vengo de una familia muy humilde, vivíamos todos en una pieza, y tenía muy presente el tema de la clase social. Eso me nublaba a ver otras cosas que estaban pasando”, cuenta Ariany, quién es especialista en estudios de género. Hace poco que pudo identificar las violencias que la atravesaron al revisar su propia biografía en una entrevista.En su relato emergieron recuerdos antiguas. Desde la disparidad en las responsabilidades domésticas frente a su hermano durante la infancia, hasta dinámicas abusivas de profesores universitarios que en su momento prefirió no cuestionar. “Fue un mix de sentimientos”, confiesa Da Silva, quien experimentó un profundo cansancio al reflexionar sobre el esfuerzo redoblado que la academia exige a las mujeres. Más tarde, Ariany fue quien coordinó esas entrevistas con académicas de Brasil. En esos relatos encontró una profunda determinación por permanecer en la vida académica. “Muchas sufrieron violencias directas, pero tenían el ‘ojo en la meta’, era como si se disocian de lo que estaba pasando”, reflexiona. Ante el acoso, las mujeres buscaron apoyo en redes informales de amigas o profesoras que las protegían. “Las amistades, las relaciones, los afectos son muy importantes al momento de resistir en esos espacios¨, concluye Ariany y propone “aprender de los varones y decir que no”. Universidades: los espacios en disputa“Hay una década luchada”, dicen desde Argentina las trabajadoras de 60 universidades que forman la Red Interuniversitaria por la Igualdad de Género y contra las Violencias, una iniciativa que nace en 2015 al calor del movimiento Ni una menos. “El desmantelamiento de las principales políticas de género por parte del actual Gobierno no nos hace perder de vista el cambio que hemos logrado en la sensibilidad de las grandes mayorías de nuestro país frente a la violencia por razones de género”, manifiestan. Yamile Alume, abogada del equipo técnico que atiende violencias de género en la Universidad Nacional de San Luis, en el centro-oeste de Argentina, reconoce que oficinas como la suya atraviesan una situación de ensanchamiento en las intervenciones. “Los dispositivos que se crearon originalmente para trabajar temáticas muy específicas, terminan siendo los únicos mecanismos institucionales que receptan situaciones de múltiples naturalezas y conflictos interpersonales que no involucran violencia de género”, explica.La escucha activa es esencial para transformar esos entornos. Karla Amozurrutia Nava, académica de la Universidad Nacional Autónoma de México, sostiene que sin ese componente las políticas institucionales son ineficaces y se requiere también de una comunidad que participe. “Las universidades son espacios hostiles para las mujeres. Nos hemos ido ganando esos lugares paulatinamente y a base de mucha resistencia y de lucha”.La permanencia de las científicas en la académia trasciende los méritos. Eso explica por qué la investigación en América Latina convive con la militancia feminista, un sello diferencial respecto otras latitudes del mundo. Amozurrutia tiene una teoría. “Seguimos siendo militantes porque sabemos que en cualquier momento eso que ya es nuestro nos lo pueden arrebatar”.
Ser científica en América Latina: el costo de la violencia institucional
Aunque es la segunda región con mayor participación femenina en la ciencia, atraviesa grandes disparidades regionales y un camino de desigualdades










