El teléfono nunca avisa con tiempo, puede sonar mientras Carlos Lobera está subido al tractor, revisando una finca o terminando cualquier labor en el campo. Apenas hacen falta unas pocas palabras: “Hay un incendio”. No pregunta cuánto durará ni dónde acabará la jornada. El ritual comienza para este agricultor de 49 años vecino de la comarca de las Cinco Villas. Se cambia de ropa, carga las botas, coge el coche y pone rumbo al parque de bomberos voluntarios de Sos del Rey Católico. Allí, casi al mismo tiempo, empiezan a aparecer otros vecinos. Uno llega del taller. Otro deja una obra a medias. Otro llega con olor a pan de su obrador. Otro sale de la carpintería. Ninguno sabe cuándo volverá a casa una vez que pongan rumbo al incendio.
“Somos agricultores, carpinteros, panaderos... Cada uno tiene su trabajo. Cuando nos llaman dejamos lo que estamos haciendo y nos vamos. Luego igual vuelves a las dos o las tres de la mañana y al día siguiente otra vez a trabajar”, explica Carlos. Así funciona desde hace más de tres décadas la Agrupación de Bomberos Voluntarios de Sos del Rey Católico. Un grupo de vecinos que decidió organizarse para proteger el monte cuando todavía los recursos eran escasos y las distancias hacían que la ayuda tardara demasiado en llegar.








