Si hay un día en que es legítimo comparar la política con el fútbol, es hoy. Inglaterra no gana el campeonato del mundo desde 1966, y no tiene un buen primer ministro desde hace décadas. Si se les pregunta a los conservadores, desde Margaret Thatcher en los ochenta. Si se les pregunta a los laboristas de centro, desde Tony Blair en los noventa. Y si se les pregunta a los laboristas de izquierdas, hay que remontarse mucho más lejos, a Harold Wilson, James Callaghan o incluso Clement Atlee, creador del Estado de bienestar.El Palermo italiano llegó a tener nueve entrenadores en una temporada, el Atlético Platense argentino, ocho, y el Atlético de Madrid, seis. El Reino Unido está en esa misma liga, con su quinto primer ministro en cuatro años y séptimo en una década, sin que ninguno de ellos haya conseguido sacar al país del pozo económico, emocional y de autoestima en que se encuentra desde la crisis financiera del 2008.Ahora ha vuelto a tirar los dados en el gran casino de la política, a ver si Andy Burnham le da más suerte que Keir Starmer, Rishi Sunak, Liz Truss, Boris Johnson, Theresa May, David Cameron, Gordon Brown... Una larga lista de primeros ministros fracasados, de todas las ideologías y personalidades, abrumados por unos problemas estructurales (deuda desmesurada, escasa productividad e inversión, adicción a los subsidios, falta de crecimiento, impuestos elevados, burocracia monumental...) que ninguno ha logrado superar. Ahora el país prueba fortuna con un nuevo líder, a sabiendas de que los problemas sistémicos persisten, pero esperando que desarrolle desde el banquillo la química suficiente para hacer un equipo más allá de las individualidades y los egos. Como España en el mundial.Las transiciones políticas británicas no tienen compasión, como las entradas de Leandro Paredes o Enzo Fernández en la final del domingo. De buena mañana Keir Starmer hizo un breve discurso de despedida al que nadie prestó la más mínima atención (la política es cruel con los perdedores, lo mismo que el fútbol), se trasladó al Palacio de Buckingham para renunciar oficialmente al cargo, y se cruzó en el camino con Andy Burnham, que recibió del monarca el mandato para formar gobierno. Todo en un santiamén, como la cosa más sencilla del mundo. Un camión de la mudanza llegó para llevar las cosas de uno, y otro se presentó en el 10 de Downing Street con los muebles del otro (Theresa May se trajo sus propios sofás porque le gustaban).Para Andy Burnham el de este lunes fue un día -como para los jugadores de la selección española- que no olvidará jamás: la imagen de los jardineros y barrenderos preparando el exterior de Downing Street para que estuviera inmaculado, los periodistas congregados con horas de antelación, la entrada con su mujer en el número 10, el primer informe de seguridad sobre los peligros que acechan al país, la recepción de los códigos para lanzar los misiles nucleares desde submarinos en caso de guerra...El nuevo ministro de Economía es John Healey, lo que indica el deseo de aumentar el gasto de defensaTambién asuntos menos críticos, como la recomendación de llevar siempre encima una chaqueta y corbata negras por si el rey muere inesperadamente, la entrega de un teléfono móvil encriptado a prueba de hackers, y dos advertencias fundamentales: que lo que beba en la oficina será a cargo del erario del público pero lo que consuma en el piso tendrá que pagarlo, y que cualquier daño que sufra el mobiliario (más allá del normal por el paso del tiempo) correrá de su propio bolsillo. O sea, que mejor que los niños no salten en el sofá.Una de las primeras decisiones de un nuevo primer ministro británico es en qué piso va a vivir, si en el número 10 o en el más amplio número 11, como la mayoría de sus predecesores. Y luego, dónde va a instalar su oficina y colocar a sus asesores. A partir de ahí, decenas de llamadas telefónicas de líderes extranjeros para felicitarlo, y en algunos casos hacerle ya reclamaciones, proponerle alianzas o presentarle demandas. La falta de experiencia en política exterior es considerada uno de los puntos débiles de Andy Burnham.Su primer discurso fue una versión resumida y editada del que pronunció el vienes al asumir el liderazgo del Labour, con la promesa de “cambiar la manera de hacer las cosas” y de revertir las políticas neoliberales de los últimos cuarenta años. Dijo que sus primeras medidas van a ir dirigidas a reducir el coste de la vida y eliminar el sinhogarismo, y que en los próximos días presentará un plan a diez años vista para afrontar la crisis endémica que padece el país.Cuando llegó la hora de dejar atrás los protocolos y entrar en materia, Burnham no tuvo compasión con los miembros del anterior Gabinete, ejecutando de manera sumarísima a la mayoría hombres y mujeres leales a Keir Starmer, empezando por la ministra de Economía, Rachel Reeves. Al frente de las finanzas del Estado va a estar John Healey, que dimitió como titular de Defensa por considerar que el anterior primer ministro no dedicaba suficiente dinero a esa partida, en el contexto de la amenaza de la Rusia de Putin y de China.Burnham promete reducir las facturas de la energía y los billetes de los autobuses para que la gente respireEl nuevo secretario del Foreign Office y encargado de las relaciones con Donald Trump, Israel y la Unión Europea, en sustitución de Yvette Cooper, es Ed Miliband, hasta ahora responsable de Energía, minetras que Shabana Mahmood -autora de polémicos planes para combatir la inmigración y dificultar el asentamiento de asilados políticos y refugiados- va a permnecer al frente de Interior, en una clara señal de que Burnham no va a hacer concesiones en ese delicado terreno y mantendrá la línea dura. David Lammy, viceprimer ministro y responsable de Justicia, se queda también fuera de la quiniela.El seleccionador inglés Thomas Tuchel ha sido criticado sin piedad por una estrategia demasiado defensiva cuando Inglaterra iba ganando a Argentina a poco de que concluyera la semifinal, por equivocarse tanto con la alineación como con la táctica. Andy Burnham no está dispuesto a que le pase lo mismo, y dice que quiere jugar al ataque, acabar con cuarenta años de neoliberalismo y la manera de hacer política. De entrada ha elevado la moral del equipo, pero a partir de ahora se trata de conseguir resultados. El Reino Unido lleva casi dos décadas coqueteando con el descenso de categoría, y se trata de evitarlo antes de empezar a pensar en ganar títulos. Y no digamos un campeonato del mundo.Abogado y periodista. Corresponsal de 'La Vanguardia' en Washington entre 1977 y 1994, y en Londres desde 1994.