Andy Burnham se convierte este lunes en el nuevo primer ministro británico. El séptimo en una década. Al igual que pasó con Theresa May, Boris Johnson, Liz Truss o Rishi Sunak, no ha sido necesario pasar por las urnas para mudarse a Downing Street. Igual que con los tories, a los laboristas tampoco les ha temblado el pulso para forzar un cambio de líder al constatar que Keir Starmer era incapaz de detener el auge del populismo en un país cada vez más polarizado. La mayoría absoluta conseguida hace dos años se debió más al hartazgo de 14 años de Gobiernos conservadores que a méritos propios. Pero los británicos siguen sin encontrar a su nuevo mesías. El Reino Unido no revivirá este lunes el momento de 1997. Burnham no llegará envuelto en la ola de entusiasmo que acompañó a Tony Blair tras su aplastante victoria electoral, entre banderas británicas y la banda sonora de Things Can Only Get Better (las cosas solo pueden ir a mejor). Casi 30 años después, el escenario es radicalmente distinto. Brexit, la pandemia, la inflación, la crisis del coste de la vida, la guerra en Ucrania, la amenaza de un conflicto más amplio en Oriente Próximo, la interminable sucesión de primeros ministros, una sociedad dividida. Política y anímicamente, el país atraviesa uno de los momentos más delicados de las últimas décadas. El pueblo ha perdido la fe en el establishment. Aunque Burnham tampoco pretende presentarse como un salvador. Él mismo lo dejó claro cuando juró su escaño por Makerfield, tras volver a la Cámara de los Comunes después de vencer en unas elecciones parciales cuidadosamente diseñadas por sus aliados para convertirle en nuevo líder. Tras sus intentos fallidos en las primarias de 2010 y 2015, el que fuera figura clave con los Gobiernos de Tony Blair y Gordon Brown, el hombre que alcanzó la gloria con la política local, convirtiendo el "manchesterismo" en una marca política, ha alcanzado finalmente su objetivo. TE PUEDE INTERESAR El superviviente político asegura estar preparado para "derrotar a la nueva derecha británica" con una estrategia basada en la unidad. "Tengo un plan", proclamó el viernes tras recibir el respaldo casi unánime de diputados, sindicatos y agrupaciones locales del Partido Laborista. A su juicio, el Reino Unido "clama por una nueva forma de hacer política", aunque también advirtió de que esta representa la "última oportunidad" del laborismo para recuperar la confianza de los ciudadanos. Nadie discute que desprende un carisma que nunca tuvo su predecesor. Pero los problemas de Reino Unido son profundos y estructurales. Y en el fondo de casi todos ellos está la falta de crecimiento económico, que empobrece a las familias y limita el margen de actuación de cualquier Gobierno. Burnham hereda una economía que crecerá apenas un 1,1% en 2026, según la Oficina de Responsabilidad Presupuestaria (OBR), muy lejos del ritmo necesario para recuperar una década de estancamiento de la productividad. A ello se suma una deuda pública cercana al 95% del PIB y un déficit previsto del 3,6% del PIB para el ejercicio 2026-27, un margen fiscal muy estrecho que limita la capacidad del nuevo Gobierno para financiar su ambicioso programa de reindustrialización. En este sentido, resulta llamativo que se convierta en primer ministro sin haber presentado todavía una estrategia económica realmente ambiciosa para impulsar el crecimiento. Su único gran discurso programático desde que regresó al Parlamento se centró en una mayor descentralización del poder y en la creación de un "Número 10 Norte". Ambas iniciativas podrían favorecer el crecimiento, pero difícilmente bastarán por sí solas. TE PUEDE INTERESAR Aun así, el nuevo primer ministro aterriza en Downing Street con algunos factores jugando a su favor. Las previsiones económicas han mejorado ligeramente durante los últimos meses; la inmigración irregular —uno de los principales motores del ascenso de Nigel Farage— muestra una tendencia descendente y la economía internacional ha resistido mejor de lo previsto el impacto del conflicto entre Israel e Irán. Incluso Reform UK llega debilitado después de que Farage decidiera provocar unas elecciones parciales en Clacton, una maniobra que ha terminado consumiendo buena parte de su impulso político. Una de las primeras decisiones que marcará el tono del nuevo Gobierno será el nombramiento del responsable del Tesoro. Todo apunta a que Shabana Mahmood se impondrá finalmente a Ed Miliband, una elección interpretada en Westminster como una señal de tranquilidad hacia los mercados. TE PUEDE INTERESAR Durante semanas, ambos sectores han librado una intensa batalla interna. Miliband simbolizaba un giro mucho más intervencionista y una ruptura con la tradicional ortodoxia del Tesoro británico. Mahmood, por el contrario, ofrece un perfil considerado más previsible por la City, aunque comparte con Burnham buena parte de su visión sobre el fortalecimiento del papel del Estado en sectores estratégicos. El primer desafío del nuevo Chancellor consistirá en diseñar un paquete urgente para aliviar el coste de la vida, con posibles ayudas energéticas, límites al precio del transporte público o incluso medidas para contener los alquileres. Después llegará el verdadero examen: el presupuesto de otoño. Mirar hacia dentro, pero sin perder el foco en Bruselas Hasta ahora, el líder laborista solo ha dejado entreabierta la puerta a exigir "un poco más" a quienes tienen mayor capacidad económica. Ha evitado comprometerse con un impuesto sobre la riqueza, pero tampoco lo ha descartado para el futuro. Esa prudencia refleja el difícil equilibrio que intentará mantener entre satisfacer a la izquierda laborista y convencer a los inversores de que Reino Unido seguirá siendo un destino fiable para el capital. La política exterior marcará otra de las grandes diferencias respecto a Keir Starmer. Mientras su predecesor convirtió el acercamiento a Bruselas en una de las principales palancas para impulsar el crecimiento económico tras el Brexit, Burnham quiere que la transformación del Reino Unido empiece dentro de sus propias fronteras. Su prioridad será reconstruir el país antes que redefinir su relación con la Unión Europea. Eso no significa, sin embargo, un repliegue internacional. De hecho, algunas de sus propuestas podrían acercar a Londres a Bruselas más de lo que lo hizo el propio Starmer. Su apuesta por desarrollar capacidades nacionales en inteligencia artificial, energía, construcción naval o computación cuántica coincide con la estrategia europea de "autonomía estratégica", diseñada para reducir la dependencia tecnológica de Estados Unidos y China. Más que regresar al mercado único, Burnham aspira a cooperar con la UE en aquellos ámbitos donde ambas partes comparten intereses industriales y de seguridad. También rebajará las expectativas sobre una gran renegociación del Brexit. Todo apunta a que dejará en un segundo plano los grandes acuerdos comerciales para centrarse en reforzar la cooperación en defensa, inmigración irregular, seguridad energética y protección de infraestructuras críticas. Son precisamente los terrenos donde Bruselas considera hoy a Reino Unido un socio imprescindible. TE PUEDE INTERESAR Esa visión quedó plasmada a principios de julio en un artículo publicado en The Times, que sirvió como primera declaración de intenciones. Su diagnóstico parte de una idea sencilla: las amenazas internacionales ya no suceden lejos de casa. El cierre del estrecho de Ormuz encarece llenar el depósito del coche familiar; la guerra en Ucrania dispara el precio de la energía y de los alimentos; y un ciberataque como el sufrido por Jaguar Land Rover puede borrar miles de millones de libras de la economía británica en apenas unos días. Frente a ese escenario, Burnham plantea reconstruir el "poder duro" de Reino Unido y convertir el aumento del gasto en defensa en una herramienta para reindustrializar el país. Su objetivo no consiste únicamente en comprar más armamento, sino en utilizar ese esfuerzo inversor para recuperar capacidad productiva, impulsar la innovación y devolver empleo cualificado a las regiones que durante décadas han perdido fábricas, población y oportunidades. "Es correcto reconstruir nuestro poder duro para una nueva era", escribió. Su propuesta pasa por favorecer a empresas británicas siempre que sea posible, crear miles de puestos de aprendiz y utilizar la política industrial como motor de crecimiento económico. Es, en realidad, la traslación a escala nacional de la estrategia que desarrolló durante sus diez años al frente del Gran Mánchester: utilizar la inversión pública para corregir los desequilibrios territoriales y reconstruir comunidades castigadas por la desindustrialización. Keir Starmer se marcha de Downing Street para llegar a su última sesión en el Parlamento, en Londres el 15 de julio. (EFE/Neil Hall) La apuesta exigirá, sin embargo, un enorme esfuerzo presupuestario. Burnham ha defendido elevar progresivamente el gasto militar hasta el 3,5% del PIB, un objetivo que Starmer nunca llegó a asumir. Hereda, además, una situación especialmente delicada. Antes de abandonar Downing Street, su predecesor comprometió 15.000 millones de libras adicionales para defensa durante los próximos cuatro años mediante recortes en otras áreas del Estado. Será ahora Burnham quien tenga que decidir dónde caerá el ajuste. Más esfuerzos en reducir la dependencia de EEUU Su visión internacional también supone un cambio de tono respecto a Estados Unidos. El nuevo primer ministro quiere estrechar todavía más la cooperación con Francia y Alemania, reforzar el formato E3 (conformado por Reino Unido, Alemania y Francia) y consolidar el pilar europeo de la OTAN. Al mismo tiempo, aspira a aprovechar las actuales negociaciones entre Londres y Bruselas para eliminar obstáculos a la cooperación industrial y militar derivados del Brexit. La diferencia resulta especialmente llamativa al comparar el espacio que dedica a Europa y a Washington. Mientras plantea una colaboración mucho más estrecha con los socios europeos, sus referencias a la tradicional "relación especial" con Estados Unidos son mucho más prudentes. No pretende romper ese vínculo histórico, pero sí reducir dependencias y defender con mayor claridad el interés nacional británico en un escenario internacional donde la Casa Blanca ya no ofrece las certezas de otras épocas. Más allá de los grandes planes económicos o geopolíticos, quienes mejor conocen a Burnham coinciden en señalar que su principal activo sigue siendo otro: su capacidad para conectar con el estado de ánimo del país. Tendrá que convencer a una sociedad cansada de promesas incumplidas de que la política todavía puede mejorar la vida de la gente. Los británicos ya no buscan un mesías. Quieren, simplemente, un Gobierno que funcione.
Burnham y la odisea británica: cómo gobernar un Reino Unido roto
El nuevo primer ministro hereda una economía estancada, unos servicios públicos bajo presión y el desafío de contener el auge del populismo sin romper las reglas fiscales










