Jamal mete la llave en el candado, gira la cerradura hacia la derecha y saca la cadena que abraza la puerta de metal. Da un paso, otro, y entra en la habitación, grande y oscura. Sobre una gruesa capa de polvo se extienden vestigios de la batalla de Jartum, una contienda que ha pasado a la historia como la más larga del país y la más prolongada jamás librada en una capital africana. Frente a él, miles de casquillos de munición de gran calibre, drones, granadas de mano, morteros, ametralladoras DShK, cargadores sin vaciar, cananas de balas… Nada fuera de lo común en un escenario de guerra, salvo por un detalle: la habitación no forma parte de una instalación militar, sino del Museo Nacional de Sudán. Desde que estalló el conflicto, el 15 de abril de 2023 y durante casi dos años, las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF, por sus siglas en inglés) utilizaron el museo como una posición militar en plena guerra entre los paramilitares y el ejército sudanés. Cuando las tropas gubernamentales recuperaron Jartum en marzo de 2025, el edificio seguía lleno de armas, munición y señales de combate. La guerra, que ha provocado la mayor crisis humanitaria del planeta, con más de 33 millones de personas que necesitan atención (de una población de 47,5 millones) y 13 millones de desplazados, tampoco ha perdonado al patrimonio cultural del país. La Casa Jalifa, el Museo Etnográfico y el Museo Nacional quedaron atrapados en el frente.Mientras más de la mitad de la población de Jartum huyó con la llegada de la guerra, Jamal tomó otro camino: “La Corporación Nacional de Antigüedades y Museos (NCAM) me encargó la tarea de representar a la organización durante la guerra”, explica a este medio desde el museo. “Mientras el resto del personal huyó de la ciudad, yo me quedé”. El 1 de abril de 2024, con la ciudad todavía tomada por las RSF, Jamal fue la primera persona de la organización en cruzar el umbral de la Casa Jalifa en Omdurmán. “Entré acompañado por el ejército, pero fuimos como civiles, no en vehículos militares. La Casa Jalifa había sido atacada. Encontramos vitrinas destrozadas, objetos esparcidos por el suelo y piezas fuera del museo. Tras evaluar los daños, confirmamos la desaparición de 30 objetos”. Durante la campaña del ejército por retomar el poder en la capital, y extremando las precauciones por los posibles ataques, el 24 de marzo de 2025 Jamal entró junto a las tropas gubernamentales por primera vez en el Museo Nacional: “Encontré un nivel de destrucción extremo: árboles quemados, oficinas derrumbadas, todas las fachadas de cristal hechas añicos y miles de casquillos esparcidos, ya que el museo había sido utilizado como bastión por los paramilitares”. Encontré un nivel de destrucción extremo: árboles quemados, oficinas derrumbadas, todas las fachadas de cristal hechas añicos y miles de casquillos esparcidos, ya que el museo había sido utilizado como bastión por los paramilitaresDespués de que Jamal y otros compañeros reportaran los daños, la NCAM, la Sociedad Internacional de Estudios Nubios y el Museo Kelsey de Arqueología de la Universidad de Michigan, junto a otras instituciones culturales, fundaron el Fondo de Recuperación de Emergencia Cultural de Sudán, un comité creado en abril de 2025 con el objetivo de desarrollar los planes de rehabilitación para este y otros museos saqueados en el país, con la esperanza de reabrirlos tras el fin de la guerra. Siglos de historia perdidos Cinco pilares de piedra recorren el patio del Museo Nacional. Cinco pilares que quedaron intactos tras la guerra. Provienen de Faras, una ciudad de la Baja Nubia que quedó sumergida bajo el lago Nasser después de la construcción de la presa de Asuán, en 1964. Antes de que las aguas la cubrieran para siempre, la historia de aquella ciudad —capital de Nobatia, el primero de los tres reinos cristianos nubios— fue rescatada y trasladada piedra a piedra a dos lugares: Varsovia y Jartum. Gran parte de ella vivía entre los muros del Museo Nacional. Ahora, una parte también ha sido destruida.“Mira, mira”, señala Rihab Khider, líder del comité de recuperación del patrimonio de Sudán, mientras apunta con un dedo a los muros derruidos de la ciudad sumergida, a los jeroglíficos e inscripciones quebradas y a los restos de un templo mandado construir por Ramsés II hace más de 3.000 años: “Aquí hay impactos de proyectiles”. “Lo primero que vimos al entrar fue que las RSF habían saqueado el oro de la cámara acorazada, la cual encontramos abierta y totalmente vacía”, explica. “Hemos descubierto que el 62% de la colección expositiva del museo había sido saqueada”, añade. Vestida con un toub negro y un hijab blanco, cuenta que esta colección constaba sobre todo de oro y piezas de joyería, pero también de cerámicas y pequeñas estatuas “únicas e irremplazables que no estaban hechas de oro, pero poseían un enorme valor arqueológico e histórico”.Unos meses antes de la guerra, y mediante un programa de la UNESCO financiado por Italia, las principales galerías del Museo Nacional fueron desmontadas para su restauración, y todo el oro y las piezas más valiosas fueron trasladadas a las cámaras acorazadas. Pero la guerra llegó, los paramilitares pasaron a controlar el museo y finalmente hallaron la manera de entrar. “Permanecieron aquí dentro casi dos años, lo suficiente para encontrar la llave de la cámara acorazada, guardada en un cajón de la mesa del director. Al final, simplemente giraron la llave y entraron”, se lamenta Khider. El Museo Nacional de Sudán fue fundado en 1971 y contenía la colección arqueológica más grande y más importante del país. Recorrer sus patios, sus dos pisos y sus salas de exposición significaba visitar milenios de historia de Sudán, desde la prehistoria hasta el imperio de Kush, desde los reinos cristianos de Nubia hasta la época islámica. Albergaba la colección de arte nubio más extensa y completa de todo el mundo y se podían encontrar piezas de la era Napata, datadas del siglo VIII y VII a.C. Antes de la guerra, el museo albergaba unas 100.000 piezas. Ahora, todo esto se escribe en pasado, porque de aquello queda ya muy poco. “Es un reto para nosotros saber qué falta y qué queda, porque no teníamos un inventario exhaustivo y detallado de todas las piezas”, cuenta Khider. Mientras habla, un hombre fotografía una pieza sobre un fondo blanco. Su ayudante escribe en una hoja todos los detalles: la fecha, las características, el estado actual… Luego la guarda y pasa a fotografiar la siguiente. El trabajo consiste ahora en reconstruir, casi pieza a pieza, un museo del que todavía se desconoce todo lo que ha desaparecido.Lo que sigue sin saberse es qué ocurrió con la colección de más de 2.000 objetos de oro pertenecientes al Imperio de Kush. “Puede que algunos objetos del oro kushita sean recuperados, pero ahora mismo hay dos escenarios: uno en el que el oro ha sido fundido, que sería el peor posible, y otro en el que haya sido enviado a Emiratos Árabes Unidos u otros países”, explica Geoff Emberling, investigador asociado del Museo Kelsey y codirector del Fondo de Recuperación de Emergencia Cultural de Sudán.Las autoridades sudanesas aseguran que, gracias al trabajo conjunto del ejército y los servicios de inteligencia, han empezado a recuperar objetos dispersos por Jartum y Omdurmán. Se trata, sobre todo, de jarrones, pequeñas estatuas y otras piezas arqueológicas localizadas en distintos puntos de ambas ciudades. Pero no hay rastro del oro.El saqueo se traduce como una pérdida de la identidad del pueblo sudanés, de su memoria y su pasado Rihab Khider, líder del comité del Museo Nacional de SudánKhider explica que tampoco existen pruebas concluyentes sobre el paradero del resto de objetos robados. “La semana pasada identificamos en Chad varias piezas que habían sido saqueadas del almacén principal del museo. Esperamos que las investigaciones y la cooperación internacional permitan localizar y recuperar más objetos”.Mientras el inventario continúa, la pregunta ya no es solo cuántas piezas faltan, sino qué significa perderlas. “El saqueo se traduce como una pérdida de la identidad del pueblo sudanés, de su memoria y su pasado”, explica Khider. Jamal coincide: “En mi opinión, la desaparición de cualquiera de estas piezas constituye una pérdida inmensa, irreparable. Cada objeto cuenta una historia, posee un significado y tiene características únicas; algunos son incluso ejemplares insustituibles”, cuenta Jamal. Mientras arqueólogos y restauradores fotografían una a una las piezas recuperadas, en otra sala permanece intacto el rastro de la ocupación militar. Allí siguen apilados miles de casquillos, morteros, granadas y cargadores abandonados por los paramilitares cuando huyeron del museo. Han decidido no retirar ese arsenal inmediatamente. Quieren convertirlo en una exposición permanente dentro del propio museo. “Queremos mostrarle al público lo que encontramos aquí dentro, hacerlo visible a todos y cumplir una misión: que no volvamos a repetir los mismos errores que cometimos”, sentencia Khider.
El museo convertido en cuartel de guerra: el saqueo que arrasó con siglos de historia de Sudán
Tras casi dos años de ocupación por las fuerzas paramilitares, arqueólogos sudaneses tratan de reconstruir el Museo Nacional, que albergaba el mayor tesoro arqueológico del país












