En la céntrica plaza de Felipe II, Madrid, al pie de unos grandes almacenes de sobra conocidos por todos, se agolpan haga frío o calor ardiente como ahora empleados y clientes que han convertido ese chaflán en el templo al fumador. Suelen tirar sus colillas a un respiradero del metro, de tal manera, que han acabado cegándolo y ahora parece un clasificador de pavas. Y ya se sabe, a los directivos o dueños de los establecimientos lo que ocurra más allá de sus puertas no les incumbe, son incapaces de fomentar algo de educación cívica, en cuanto a nosotros, los ciudadanos, nos cuesta ser conscientes de que las colillas son uno de los residuos más contaminantes que podemos regalarle a nuestro entorno. Hace unos años, Manuela Carmena, entonces alcaldesa, promovió una especie de ceniceritos muy cucos que se podían llevar en el bolso, y no hubo poca gente que opinara que eso eran cursilerías de señora mayor. Las medidas coercitivas, hasta la más pequeña como esa que te dice, “coño, no tires la colilla al suelo”, son impopulares. A la derecha le cuesta muy poco ir contra ellas, por aquello de que regular o prohibir es el papel moralista que corresponde a la izquierda, y la izquierda acusa la impopularidad de convertirse en el progenitor que pone límites porque advierte que el otro discurso es más fácil, más atractivo, y aún no ha sabido cómo articular uno nuevo que llegue a los ciudadanos con determinación y alegría. Esta izquierda que hoy somos se articuló en el prohibido prohibir y aún no se ha repuesto. Me revienta de cualquier forma cuando una voz juvenil, comenzando su protesta con aquello de “nosotros los jóvenes”, que ya se pronunciaba en el Nodo, culpe a las anteriores generaciones del mundo que se les ha quedado, como si sus padres no hubieran tenido por misión acabar con una dictadura y sus abuelos por sobrevivir a la estrechez franquista. Cada uno lo suyo, y en general, un pueblo al que los acontecimientos históricos sobrepasan. En este presente, se trata de la urgencia climática. Veo abuelillas aferradas a su andador como si atravesaran el desierto hasta llegar al portal, veo a pobres viejos entrando en la farmacia convertida en refugio climático y social. Esas cruces verdes donde encontramos frescor y consejos. Qué culpa tienen ellos de estos veranos en los que dormir mal se ha elevado a trastorno colectivo; qué culpa tenemos de que nos domine la irritación o la desgana. Leo con desasosiego una noticia que, dada la perspectiva de otra semana ardiente, debería protagonizar tanta tertulia dedicada a un juez dispuesto a acabar con el prestigio de la justicia sin que sus colegas traten de impedirlo. La cosa es que Bruselas ha suavizado el sistema que penaliza las emisiones de dióxido de carbono. A quién le importa. Cuando estamos a punto de superar los récords de calor y de muertes provocadas por estas temperaturas, cuando creemos que quienes nos gobiernan serán sensibles a una creciente desesperación, los mismos países que están sufriendo más decesos por el calor son los que presionan para seguir alimentando su industria contaminante. Y a su vez, el votante, en vez de transformar su exceso calórico en protesta contra quienes pactan con los negacionistas y les entregan la tierra, justo donde más pueden perjudicar, les concede el poder para que, en aras de una malentendida libertad, conduzcan todavía más rápido este coche sin frenos en el que viajamos todos y en el que más pronto que tarde nos daremos un buen porrazo. Tal vez sea necesaria una loca aceleración que provoque un golpe que nos haga despertar. El verano pasado, un escritor reclamaba una vida más austera en gasto energético, más acorde con un futuro que se prevé de escasez. Fue vapuleado en las redes como si estuviera diciendo un disparate. Parece mentira que haya que tener coraje para decir algo tan sensato y necesario como esto. Pero como decía Camus, a veces el coraje no tiene recompensa.