Está Madrid calentita. Y no de pasión, ni de revolución, sino de combustión espontánea. A veces me da por pensar que el calor no es consecuencia, sino objetivo. Que alguien, en algún despacho con un aire acondicionado de muchas frigorías, ha decidido hacer fuego en medio del fuego para que Madrid termine por fin de arder.

Ahora mismo, en este preciso instante, miles de chanclas turísticas se derriten chiclosas sobre el hormigón de la Puerta del Sol. Hay un gorgojeo de plastiquito. Guiris imitando a Chiquito de la Calzada. Y para combatir esta performance candente, el Ayuntamiento ha decidido instalar 32 toldos desmontables de color marfil adjudicados por 1,5 millones de euros al grupo Azvi‑Licuas. Un millón y medio de euros por una sombra desmontable.

Conviene recordar que existen sombras fijas y gratuitas. Se llaman árboles. No se construyen con hormigón, ni requieren licitación, pero parecen incompatibles con el modelo de ciudad que se viene ensayando. En Madrid, ni siquiera el cambio climático se desaprovecha: se rentabiliza. Por eso, en lugar de parques, nos reconducen a los refugios climáticos donde podamos gastar bien el dinerín: en los bares o en los centros comerciales. Estos días, la policía ha vuelto a desalojar El Retiro a pesar de ser el único espacio abierto en Madrid donde la temperatura puede ser entre 1,5 y 2 grados menos. Lo contaba el periodista Lolo Viejo en la red social X y añadía el también periodista Abraham Rivera: “Es curioso que en 160 páginas de su Protocolo de situaciones “excepcionalmente” adversas no aparezca mención alguna a altas temperaturas o calor”. Quizá porque el calor, aquí, no es adversidad sino política pública.