El abandono del campo viene de lejos. En España, el porcentaje de la población empleada en el sector agrario, que no agroalimentario, es decir, de gente pegada a la tierra, supera a duras penas, aunque parezca mentira, el 3%. Y esta alarmante cifra va a la baja: son cada vez menos las personas dispuestas a dedicarse a una tarea tan ardua como sacrificada. El reemplazo generacional, antaño tan sólido, se ha desplomado.Decía el poeta inglés W. H. Auden, que las cuidades actúan como un malvado tío corruptor que invita a sus ingenuos sobrinos a abandonar el terruño para disfrutar del anonimato y los vicios que les ofrecen sus bulliciosas calles. Quizás fuera así hace un siglo, pero se acabó lo que se ofrecía.via GIPHYYa no se sabe si los problemas que afronta la España vaciada son mayores que los que afligen a los millones de urbanitas que malviven hacinados en ciudades en las que renquean cada vez más los servicios e infraestructuras básicos, por no hablar de la acuciante falta de vivienda, la contaminación o las hordas de turistas que este año podrían llegar a la cifra récord de cien millones. Es una locura.Luego están las olas de calor y los incendios forestales que calcinan los bosques que, por haber dejado de ser rentables, han sido abandonados a su suerte. Esta es una de las más desastrosas consecuencias del abandono masivo del campo.Si tan solo unos meses de confinamiento de la población por la covid bastaron para que la flora y la fauna volviesen raudas a ocupar los espacios usurpados por el hombre, cuesta poco imaginar lo que ha estado pasando en los bosques a lo largo de más de medio siglo de abandono.En esto España no es, ni mucho menos, una excepción. Año tras año, nos llegan noticias de incendios fuera de control que arrasan los bosques de Portugal, Italia, Grecia, California, Canadá, Siberia o Australia. Algunos arden durante meses, dejando a su paso un inmenso y desolado paisaje lunar.La encomiable y en muchas ocasiones heroica labor de los bomberos en la extinción de incendios, que es cada vez más científica y eficaz, no quita que la verdadera solución resida en la prevención de estos. Más vale un rebaño de cabras devorando a lo largo del año el sotobosque que cien hidroaviones echando agua sobre las llamas cuando en todo caso ya llegan demasiado tarde. Que la prevención sea la mejor cura era antes y sigue siendo ahora una verdad como un puño.Los trabajos de prevención corrían antes a cuenta de los campesinos, agricultores y ganaderos herederos de una precaria pero fecunda harmonía con la naturaleza. Es decir, el problema de incendios incontrolados se atajaba de raíz. Lo mismo no se puede decir de unos funcionarios que toman decisiones sobre asuntos tan graves desde la más absoluta ignorancia. ¿Qué se puede esperar de un alto funcionario nombrado a dedo por intereses puramente partidistas ante los conocimientos de gente que lleva el campo en las venas?El científico australiano Tim Flannery publicó en el 1994 The future eaters, un libro polémico por oponerse a algunos de los sagrados postulados de ecologistas de guante blanco tan extendidos en aquel entonces y hasta el día de hoy. Sostenía Flannery que, aunque deshabitada en gran parte de su extensión, la enorme isla-continente austral ni puede ni podrá nunca sostener un aumento poblacional exponencial.El 90% de los australianos vive en las grandes cuidades o poblaciones costeras y poco o nada saben de las áridas inmensidades del interior. Quienes conocen el alma de estas tierras son los pocos aborígenes que quedan, herederos de sus antepasados que llegaron hace más de 50.000 años y que son muy probablemente la gente más ecologista del mundo. Su vida y costumbres se basan en la pura supervivencia. Pero casi nadie les ha hecho caso, así anteponiendo la ignorancia a unos hechos indiscutibles, que es lo que en su libro Flannery intenta subsanar.Los aborígenes evitan incendios incontrolados a base de ir quemando periódicamente la hojarasca que los podría ocasionar. Y funciona. Como podría funcionar ahora en España o Siberia. Ah, pero resulta una lección demasiada ardua para los altos funcionarios que mandan en el Ministerio de la Ignorancia. Y así nos va, porque somos los verdaderos devoradores del futuro.