Hay un pedazo del planeta, de frontera no muy clara pero inmenso en el corazón, donde no se elige un posible ganador para este domingo. En ese territorio sin aduanas, el fútbol no divide; suma, multiplica. Hoy, mientras los ecos del Mundial de Qatar todavía resuenan, una comunidad de casi un millón de almas vive en un estado de expectativa. Y de epifanía. Somos los hispano-argentinos, una de las comunidades de doble nacionalidad más grandes del mundo, que asistimos con una sonrisa a las idas y vueltas de la pelota: la certeza de que, juegue quien juegue, ya ganamos. Para más alegrías, cada uno llega sacando a su máximo rival en las semis, soñado.
Si sumamos a los más de 500.000 españoles que aún hacen de la Argentina su hogar —muchos de ellos hijos y nietos de la emigración gallega y asturiana que hoy recuperan sus pasaportes gracias a la Ley de Nietos—, con los cerca de 500.000 de argentinos que residen en la península, la cifra estremece. Son entre 750.000 y 1.000.000 de personas que comparten un lazo civil indestructible. Pero detrás de la gelidez de la mera estadística del INE se esconde una verdad mucho más poética: la historia de un afecto que se transmite en el almuerzo del domingo, que vive, de ida y de vuelta, desde fines del siglo XIX con el comienzo de la emigración española hasta el día de hoy.













