La línea blanca en la calzada que marcaba la frontera no era visible aquel día, porque había nevado y el puente estaba cubierto por un manto blanco. El 11 de febrero de 1986, hace cuarenta años, el puente de Glienicke sobre el río Havel fue escenario del último intercambio de espías de la guerra fría en Alemania. El puente, que conecta Potsdam con Berlín, separaba dos mundos: Potsdam formaba parte de la RDA comunista y al otro lado se hallaba Berlín Oeste, reducto capitalista desgajado físicamente de la RFA, la Alemania occidental.“El intercambio se desarrolló con relativa rapidez, en unos veinte minutos, ya que los negociadores habían discutido y acordado todos los detalles de antemano”, rememora Rainer Schanz, que fue testigo del momento. El policía Schanz, que tiene ahora 65 años, fue asignado por el Servicio de Seguridad del Estado como guardaespaldas del embajador de Estados Unidos, Richard Burt, quien residía en la capital, Bonn, y voló a Berlín Oeste para la ocasión.“La atención del embajador se centró en el activista de derechos civiles Sharanski, que fue el primero en ser intercambiado, y siguieron después los agentes; esto se negoció antes por parte occidental, para dejar claro que era un disidente del régimen soviético, no un espía”, prosigue Schanz, mientras nos acercamos al puente Glienicke a bordo de un barquito con otros periodistas.Vida de guardaespaldasRainer Schanz fue luego escolta de Angela Merkel, Gerhard Schröder y Willy Brandt, entre otros políticos, y se siente orgulloso de “haber contribuido de esta manera a mantener el orden democrático”El judío Anatoli Borísovich Sharanski –que más tarde sería ministro en Israel con el nombre de Natan Sharanski– había pasado nueve años en un gulag en Siberia, condenado a trabajos forzados acusado de traición y espionaje, y su esposa exiliada había peleado por su liberación.“Llevaba gorro. Para ridiculizarle, el KGB lo vistió con pantalones demasiado grandes y sin cinturón, así que tenía que sujetárselos mientras caminaba hacia la libertad. Después de él, los espías y agentes salieron de los coches y cada uno avanzó hacia el otro lado”. Del este al oeste pasaron cuatro personas: Sharanski, un checoslovaco y dos alemanes. Del oeste al este pasaron cinco: un soviético, un polaco, un alemán y un matrimonio checoslovaco.Canje de espías en el puente Glienicke el 11 de febrero de 1986. Rainer Schanz es el hombre de gabardina blanca en el centro, junto al poste United Archives / ValdmanisRainer Schanz aún recuerda la sensación de sentirse parte de la historia. “Íbamos tres policías y estábamos justo en medio del puente, algo impensable para cualquier alemán occidental y ciertamente para un policía armado de Berlín Oeste”. Existen varias fotos porque, al haber un prisionero político famoso, se permitió por primera vez cobertura periodística en las proximidades del puente. “Unos trescientos metros antes, pasamos junto a un montón de periodistas de todo el mundo que esperaban; parecía una llegada de etapa de montaña del Tour de Francia, solo que en vez de banderas, había cámaras”.Era la tercera vez que Estados Unidos y la Unión Soviética utilizaban este viaducto para canjear agentes. Se emplearon otros lugares en otras ocasiones, pero el puente de Glienicke era ideal: discreto, aislado y cerrado al tránsito común.La primera permuta se hizo el 10 de febrero de 1962. Fueron intercambiados el piloto estadounidense Francis Gary Powers, que había sido derribado sobre la URSS mientras realizaba un vuelo de espionaje, y el coronel del KGB apodado Rudolf Abel, que dirigía una red de espías desde Brooklyn.Un escenario de la guerra fría El intercambio de agentes de 1986 fue el tercero realizado en el puente Glienicke tras los de 1962 y 1985, que era un lugar ideal: discreto, aislado y cerrado al tránsito comúnEn este episodio se basa la película del 2015 de Steven Spielberg El puente de los espías, protagonizada por Tom Hanks. La escena final del canje se rodó en el puente en noviembre del 2014, y la entonces canciller de Alemania, Angela Merkel, no pudo resistirse y fue al rodaje a saludar a Hanks y a Spielberg.El segundo intercambio, el 11 de junio de 1985, fue el mayor de la guerra fría. Estados Unidos liberó a cuatro agentes del Este capturados en países occidentales, y el otro lado correspondió entregando a 23 personas presas en la RDA y en Polonia por hacer pequeñas tareas para la inteligencia occidental. El desequilibrio de cifras (23 frente a 4) se debe al alto rango de los cuatro soviéticos frente al menor calado de los otros.El canje vivido por Rainer Schanz sería el último. El muro de Berlín cayó tres años después, el 9 de noviembre 1989, y al día siguiente el puente Glienicke reabrió al tráfico ordinario. Cruzarlo a pie ahora mueve a pensar en su pasado. Una franja metálica atraviesa la calzada, justo en la antigua línea fronteriza, con la inscripción Deutsche Teilung bis 1989 (división alemana hasta 1989). En un rápido devenir de acontecimientos históricos, la disolución de la URSS en 1991 liquidó oficialmente la guerra fría.En la Alemania ya reunificada, Schanz ejerció de guardaespaldas de políticos como Angela Merkel, Gerhard Schröder, Willy Brandt, Otto Schily o Walter Momper, y estuvo en misión en Afganistán y otros países. “Me enorgullece haber contribuido de esta manera a mantener el orden democrático”, afirma, jubilado tras 36 años de servicio. Desde el 2014 vive en Mallorca con su esposa.Schanz plasmó sus vivencias como guardaespaldas en el libro de memorias Der Mann, der aus dem Schatten kommt (El hombre que sale de las sombras), publicado en el 2021 junto a la autora Alexandra Huss.¿Cómo han cambiado la seguridad y los servicios secretos en estos años? “La tecnología ha avanzado; los teléfonos móviles ni siquiera existían. En Alemania nos ocupábamos de la Fracción del Ejército Rojo (RAF), pero después llegó el terrorismo islamista, lo que hizo que el panorama de amenazas fuera más internacional. Ahora, la guerra de Rusia contra Ucrania muestra que parece que volvemos a un mundo de bloques, casi como en la guerra fría”.Tras la caída del muro de Berlín Las lágrimas de Willy BrandtDe Willy Brandt –que fue alcalde de Berlín Oeste y canciller de la RFA- conserva Rainer Schanz un recuerdo también vinculado a la guerra fría. Al día siguiente de la caída del Muro, Willy Brandt, que tenía 75 años y residía en Bonn, voló a Berlín para dar un discurso. Luego, ya en el coche, Schanz iba sentado delante junto al conductor, y Brandt iba en el asiento de atrás. “Por mi retrovisor pude ver cómo el excanciller dejaba que las lágrimas corrieran por su rostro; fue muy conmovedor, una experiencia inolvidable y muy íntima ver a un estadista en un momento de tanta emoción”.Corresponsal en Alemania, Centroeuropa y países nórdicos desde 2014. Antes en Italia y Vaticano (2003-2009). Especialista en religión. Licenciada en Comunicación (UAB) y máster en Periodismo (beca Fulbright) en Columbia