Si Javier Milei busca la reelección y no logra ganar en la primera vuelta, será difícil que se imponga en el balotaje, a menos que su rival acumule un rechazo muy intenso. La clave para el triunfo de Milei radica en alcanzar el 40% de los votos y que la oposición se fragmente, permitiéndole obtener una ventaja mayor a diez puntos sobre el segundo candidato. Este escenario es posible, no inevitable. Su núcleo duro de votantes se ubica en el 30% de la primera vuelta, un piso de aceptación del que no ha caído. Es claro que no cumplió con sus promesas de campaña más visibles: no dolarizó, el Banco Central sigue en funciones y el país registra una de las inflaciones más altas de América Latina. Sin embargo, se ve que sus seguidores no lo apoyaron –ni lo apoyan– por esas propuestas. Esto abre una interrogante: ¿será que en la Argentina es popular incumplir las promesas electorales, o es que los ciudadanos votan por razones que no entiende el análisis político tradicional? Su modelo no permite entender por qué sectores importantes de la sociedad respaldan o rechazan a un presidente o candidato. Se suele decir que tal o cual candidato ganó porque representa una ola de derecha o de izquierda, aunque a cerca del 80% de los electores latinoamericanos les resulta indiferente la ideología del presidente.