La Argentina vive en un estado de festividad continuada desde que la selección nacional ganó el Mundial 2022 en Qatar, un clima que escaló el miércoles y que volverá a expresarse en las calles hoy y mañana, más allá del resultado de esta tarde en la final. Se trata del festejo popular más masivo y transversal que pueda experimentar el país, un ritual que representa la alegría desbordante por los logros deportivos, pero también una celebración que cataliza sufrimientos y frustraciones. Un regreso a una primitiva sensación de comunidad, donde todas las diferencias se diluyen por compartir una emoción desbordante. Demasiado simple; demasiado profundo.En este escenario hay dos protagonistas: el equipo y la gente, enlazados por una conexión pasional que sólo fenómenos muy extraordinarios pueden lograr. No hay lugar en el medio para ningún tipo de intermediación institucional o política. Ni el Estado está invitado a esa fiesta interminable, a pesar de ser, supuestamente, el representante más legítimo de la voluntad popular.Diego Maradona le ofrenda la copa del mundo a Alfonsín en 1986Str - X80002Hay una secuencia que exhibe con nitidez cómo fue mutando ese juego de roles entre la selección, el Estado y la sociedad. Cuando la Argentina ganó el Mundial de 1986, Diego Maradona fue a ofrendarle la copa a Raúl Alfonsín a la Casa Rosada. Después el líder radical le cedió el balcón al equipo para que festejara con la gente y él se corrió. Hubo un reconocimiento a lo que representaba para la democracia la figura de Alfonsín. Todavía la institucionalidad tenía un valor.En 2022 los papeles habían cambiado tan bruscamente que la masa de gente que salió a las calles desplazó por completo al Estado, con el guiño de un equipo que quería mantenerse al margen de la utilización política que le proponía el gobierno de Alberto Fernández. Fue el día del regreso de la delegación y de los tironeos para decidir si iban o no a la Casa Rosada. Finalmente no hubo foto política, sólo las imágenes inolvidables de la multitud y la selección.El colectivo de la Selección en las cercanías del peaje de la Autopista Ricchieriricardo-pristupluk-11511 - LA NACIONNunca antes se había producido una escena de desprecio popular tan manifiesto como elegante contra el poder institucional. No era una revolución, una protesta masiva ni un piquete; era una señal de deslegitimación, de vacío, de desdén. El sociólogo Pablo Seman escribió entonces, junto con Ulises Ferro: “La relación entre sociedad y estado cambió; no estamos en 1986. La política no pudo ofrecernos siquiera la fantasía de un lugar común”. Ese lugar fue ocupado una sociedad autónoma, que construye su propia narrativa, y a la que “las dirigencias invalidadas quieren ejercer un punguismo simbólico”.Quizás por eso, intuitivo, esta vez Javier Milei directamente ofreció de antemano desalojar la Casa Rosada para que los jugadores puedan salir al balcón a celebrar su gesta. Simbólicamente es una imagen muy fuerte: el Estado se retira de su oficina central al asumir que en estas circunstancias puede enturbiar la fiesta. Es una señal de saludable pragmatismo; también una admisión implícita de que las nociones de felicidad popular y política ya son incompatibles.Fútbol 1, Política 0Cuando se iniciaba el Mundial Jorge Giacobbe hizo una encuesta reveladora sobre la selección y sus implicancias políticas. Los resultados fueron muy nítidos: el 85,5% dijo que no habría beneficios para Milei si la Argentina salía campeón y el 93,4% respondió que de “ninguna manera” un triunfo del equipo de Lionel Scaloni cambiaría su voto.Incluso hubo una pregunta más honda que también generó rechazo: “¿Creés que los argentinos deberíamos aprovechar el Mundial para estar más unidos políticamente?”. El 71,5% dijo “no, el Mundial no tiene nada que ver con la política”. La sociedad distingue muy claramente las pasiones y las elecciones, para desterrar aquella vieja creencia de que un gobierno se favorece o se perjudica con un resultado deportivo. Alfonsín y Alberto Fernández pudieron verificarlo; ambos perdieron al año siguiente de la obtención de la copa.Encuesta: la mayoría le quita una connotación electoral al resultado en el MundialGiacobbeEn el trabajo hay una pregunta bisagra porque actúa como un indicador del ánimo social más profundo. Un 44,2% dijo que si pudiera elegir una opción para los próximos cuatro años prefería que la Argentina vuelva a ganar el Mundial a que la economía mejore, contra un 48,8% que dijo que prefería que la economía mejore, aunque a la selección le fuera mal. Es cierto, ganó la opción más racional, pero casi en situación de paridad con una expresión de nihilismo pasional de gente que expresa algo así como “dame un instante de felicidad total y después vemos”. Dice mucho de esa irracionalidad adictiva que se mueve alrededor de la pelota. De hecho, el 71,5% de los encuestados dijo antes de iniciarse el Mundial que la Argentina volvería a ser campeón. ¿Ilusión, cábala, fetichismo, convicción?Encuesta: casi la mitad de los consultados dijo que prefiere que la Argentina vuelva a ganar el Mundial aunque la economía no mejoreGiacobbeLos principales jugadores de la selección gozan de una popularidad que jamás un político, un empresario, un gremialista o un periodista podría igualar. Julián Álvarez araña el 93,2% de imagen positiva, Scaloni el 92,3%, Emiliano Martínez el 92,2% y Messi el 90,9%. Cualquiera de los dirigentes que hoy debe esforzarse por superar el 30% de aceptación debe mirar esos índices con envidia.La selección también ha sido muy hábil para apartarse del universo político. Puede haber especulación, pero también mucho de intuición. Esos muchachos saben interpretar el sentir de una sociedad que conocen desde adentro. De hecho el episodio con la bandera de Malvinas después del partido con Inglaterra se transformó en la primera expresión pública desde que se inició la era Scaloni, a pesar de que durante años han recibido propuestas para distinto tipo de causas.Los jugadores de la selección exhiben la bandera de la polémicaPAUL ELLIS - AFPEl sociólogo Pablo Alabarces, que hace años estudia el fútbol como fenómeno popular, subraya que la frase de Messi de esta semana sobre la gente que no llega a fin de mes, es la tercera vez en su historial en la que hizo referencia a una cuestión política. Las dos anteriores fueron en 2020, primero con un periodista catalán, cuando se limitó a decir que no entendía mucho de política, aunque intentaba leer sobre el tema; y otra a la revista Garganta Poderosa, en la que señaló que debería haber menos desigualdad social. Ninguna de las tres es una declaración de alguien que quiera sentar posición, más bien son señalamientos éticos.Sin embargo, tanto la bandera de Malvinas como la frase de Messi sacudieron la prescindente comodidad del Gobierno. El conflicto por la soberanía de las islas es un tema espinoso para el discurso libertario, porque tuvo muchas ambigüedades sobre la relación con Gran Bretaña. Y la cuestión social marcada por Messi también forzó al Gobierno a mensajes contradictorios durante la semana, que terminaron con un comunicado oficial.Javier Milei saluda en el balcón de la Casa Rosada durante el festejo del 9 de Julio
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