Apenas terminado el partido en Atlanta, con un marcador de 2 a 1 gracias a los goles de Enzo Fernández y Lautaro Martínez en los minutos finales, el Obelisco empezó a llenarse de hinchas que llegaron para celebrar el pase de la Selección a la final del Mundial 2026. La policía porteña había desplegado vallas alrededor del monumento desde la mañana para prevenir desmanes en el epicentro tradicional de los festejos futboleros, y también dispuso el corte de tránsito en las calles adyacentes apenas terminó el encuentro, un operativo inusual y el primero de este tipo montado para un partido de este Mundial. La escena, sin embargo, no tardó en desbordar cualquier previsión: miles de personas con banderas y camisetas de la Selección volvieron a teñir de celeste y blanco la zona, mientras sonaban bombas de estruendo, cornetas y el infaltable “El que no salta es un inglés”, que ya se había convertido en el cántico emblema de esta revancha desde la clasificación a semifinales. El cielo porteño se llenó de fuegos artificiales y la avenida 9 de Julio quedó, una vez más, colmada de una marea humana. El propio Lionel Scaloni le envió un mensaje al país apenas terminado el partido: “Este grupo no deja de sorprenderme”, agradeciendo el acompañamiento de la gente en cada instancia. El festejo no puede dejar de asociarse al valor simbólico que adquirió el partido. Argentina ganándole a Inglaterra tiene inevitables asociaciones posibles que lo vinculan a la política.