El Obelisco de Buenos Aires, una mole de hormigón de sesenta y siete metros clavada allí donde se cruzan las avenidas 9 de Julio y Corrientes, es donde se festejan los títulos y se convocan las protestas. El miércoles, cuando Argentina remontó a Inglaterra en semifinales —un 1-0 en contra dado vuelta en los minutos finales— y selló su billete a la final, hacia allí volvió a marchar la multitud.PublicidadLo hicieron juntos quienes casi nunca coinciden: los barrios acomodados del norte y los barrios populares y villas del sur, el que llega en metro y el que baja de un todoterreno, el hincha de Boca y el de River, peronistas y libertarios. Y no solo en Buenos Aires. En un país federal, de fuerte orgullo provinciano, las plazas de Córdoba, Rosario o Mendoza se llenaron a la misma hora, todas bajo la misma camiseta; unos con la oficial, la mayoría con réplicas. En una de las sociedades que los estudios sitúan entre las más divididas del mundo, el fútbol tiene algo de anomalía: casi lo único capaz de reunir durante unas horas a un país que la política divide cada vez con más fuerza. No es fervor pasajero, sino estructura social. Los sociólogos que estudian el fenómeno en Argentina —de Pablo Alabarces a Diego Murzi— describen desde hace décadas el fútbol como un mecanismo de pertenencia antes que como un espectáculo: un vínculo que no se elige, se hereda por familia y por barrio y da identidad donde otras instituciones ya no la dan. Sobre esa base se levanta una dimensión casi religiosa, con su liturgia propia: los altares a Diego Armando Maradona en las esquinas, las miles de espaldas con un solo nombre, D10S, contracción de Dios y del número que vistieron Maradona y Messi. La lealtad tiene su reverso violento: desde 1983 se contabilizan más de doscientas veinte muertes vinculadas al fútbol argentino.Hay una frase que suele atribuirse al delantero argentino Jorge Valdano, campeón del mundo en 1986 y uno de los pensadores del fútbol en lengua española: el fútbol es la cosa más importante de las menos importantes. En casi cualquier país encaja; en el suyo se queda corta. Aquí el fútbol es, sin más, lo importante: uno de los pocos –sino el último– terreno compartido que le queda a una sociedad enfrentada consigo misma.PublicidadÍdolos por encima de la grietaBuena parte de esa comunión se explica por los ídolos, venerados a ambos lados de la grieta. Maradona, irreverente y político hasta el final —amigo de Fidel Castro y de Hugo Chávez, con el rostro del Che tatuado en el brazo—, es recordado por igual en el peronismo y entre quienes detestaban lo que representaba fuera del campo.Con Messi ocurre algo semejante en sentido inverso. En marzo visitó la Casa Blanca con el Inter Miami y estrechó la mano de Donald Trump en pleno auge de las deportaciones. Tampoco es su único gesto incómodo para el votante progresista: desde 2020 es embajador global de la tecnológica israelí OrCam y en 2019 jugó en Tel Aviv pese al boicot. Ninguno le ha costado desgaste en casa: la izquierda argentina, rápida para la condena en cualquier otro terreno, no carga contra el icono.Y, sin embargo, esa centralidad tiene un reverso: la lógica del fútbol ha moldeado la manera de hacer política; la “futbolización de la política”. Los politólogos hablan de polarización afectiva, un fenómeno en el que el votante ya no rechaza las ideas del adversario, sino al adversario mismo, percibido como una amenaza a su identidad más que como un rival con el que negociar. El mecanismo es el de una hinchada: la pertenencia se hereda, no se discute y define tanto por adhesión como por rechazo. Los actos de campaña han incorporado la puesta en escena del estadio: cánticos, banderas y un enemigo que cohesiona.PublicidadNo es nuevo: durante décadas la línea que dividió a los argentinos fue el peronismo y su reverso. Hoy la traza el Gobierno del libertario Javier Milei, que ha hecho de la provocación un método y del adversario —la "casta", los "zurdos", la prensa— un enemigo permanente. Enfrente, el peronismo vive su propia crisis: Cristina Fernández de Kirchner cumple desde junio de 2025 una condena firme de seis años por administración fraudulenta en la causa Vialidad, con inhabilitación perpetua, en arresto domiciliario con tobillera electrónica. Para media Argentina es una presa política; para la otra, una corrupta con trato de favor.El país más dividido del mundoLos números lo confirman. El Barómetro de Confianza de Edelman —elaborado desde comienzos de siglo, con más de 32.000 entrevistas en 28 países en su edición de 2023— situó a Argentina como la sociedad más polarizada del planeta, por delante de Colombia, Estados Unidos y España. Y no ha cedido. Lo confirma un estudio de 2025 que aplicó al caso argentino la metodología del Centro de Estudios Murciano de Opinión Pública, Según este estudio, el 52% de los argentinos percibe más enojo que dos años atrás —el 59% en el área metropolitana— y de forma asimétrica: lo advierte el 67% de los votantes peronistas frente al 36% de los de La Libertad Avanza.Cuando el adversario deja de ser legítimo, las reglas parecen negociables: un 55% avala que un líder actúe "con decisión" alterando las normas si el país está en peligro y un 45% cree que la Justicia no debería contradecir al Parlamento. Tampoco es un mal solo argentino: según el Latinobarómetro, el respaldo a la democracia como sistema preferible a cualquier otro ha caído en la región desde el 63% de comienzos de siglo hasta rondar el 52%. El continente desconfía de sí mismo y Argentina encabeza el pelotón.En este escenario el fútbol es reparador pero conviene no exagerar el poder reparador de una Copa. Argentina ganó el Mundial de Catar hace cuatro años y el 20 de diciembre de 2022 la caravana de los campeones —el autobús descapotable que debía llegar al Obelisco— sacó a la calle a entre cuatro y cinco millones de personas, la mayor movilización de la historia del país: recorrió quince kilómetros en cuatro horas y acabó con los jugadores evacuados en helicóptero.Los efectos medibles fueron reales, pero estrechos: el consumo privado creció un 10,7% interanual en el segundo trimestre de 2022 y la producción de televisores un 15,1%. Nada de eso alteró el fondo. La inflación cerró el año en el 94,8%, superó el 200% al siguiente y, once meses después, el peronismo perdía la presidencia. Los propios argentinos parecen tenerlo claro. En el sondeo de Giacobbe Consultores de junio, el 48,8% prefería que mejorase la economía aunque la selección fracasara, frente al 44,2% que elegía el título: el 85,5% cree que un campeonato no cambiaría el voto de nadie y un 71,5% rechaza que el Mundial se use para promover la unidad política. Ese último dato es el más elocuente: la sociedad más polarizada del mundo celebrará el título, pero no comprará la reconciliación que venga envuelta en él.Este domingo, cuando Argentina se mida con España, el país volverá a funcionar noventa minutos como una sola cosa; quizá unos días más si consigue la cuarta estrella. Después, la copa —la gane quien la gane— quedará en una vitrina y la política volverá a ocupar el Obelisco con otras banderas.