Nota beneEl honor funciona al rev�s: subordina la verdad a la posici�n. Por eso, 400 p�ginas de hechos probados se convierten en una afrenta intolerableJude Bellingham, tras la derrota de Inglaterra contra Argentina en el Mundial.Actualizado S�bado,

julio

23:06Audio generado con IAEl mi�rcoles vi la semifinal en un pub de Chipping Campden, un pueblo de la campi�a inglesa adonde he llegado por consejo de Bustos. Aqu� la piedra es de color miel y la apariencia de las cosas se detuvo, con buen criterio, hacia 1650. Bajo vigas de un considerable curr�culum, entre perros tumbados con flema de mayordomo y pintas de cerveza servidas a rigurosa temperatura ambiental, medio pueblo asisti� a la eliminaci�n de Inglaterra. Perdi� 1-2 con Argentina y nadie rompi� nada. A decir verdad -mi anglofilia furiosamente renacida-, el hincha m�s exaltado era yo y tambi�n el m�s desolado porque se le escapara la final a una Inglaterra que anhelaba desterrar sesenta a�os de fatalismo futbol�stico, tras su m�tica victoria en el Mundial de 1966. Pero lo que me desconcert� no fue la mansedumbre de la parroquia sino la de la televisi�n: los comentaristas, apenas consumada la derrota, convinieron en que Argentina hab�a merecido ganar, por su mayor empuje, e Inglaterra perder, por su apocada media hora final. Lo dec�an sin gran dolor, casi como quien constata que ha llovido. Tard� un rato en identificar aquella rareza: era el famoso fair play, que existe. Record� entonces aquel ensayito sobre psicolog�a comparada de los pueblos que escribi� Salvador de Madariaga, donde sosten�a que cada naci�n se ordena en torno a una palabra intraducible. La del ingl�s era precisamente fair play: no solo una virtud moral sino una condici�n del juego. El ingl�s reconoce que el rival jug� mejor porque negar la evidencia estropear�a el juego y el juego importa m�s que el resultado. Algo parecido sucede, observo, con el Brexit: cada vez m�s gente que vot� a favor de la salida de la Uni�n Europea admite de buena gana que fue un error, pero son pocos, en uno y otro campo de aquella liza, los que abogan por relitigar un partido democr�tico que ya se jug�. El fair play se aprecia, en fin, en la elegancia deportiva con que los primeros ministros brit�nicos asumen que han perdido el favor social, dimiten y dan paso a otro -rival o compa�ero-, porque el pa�s tambi�n importa m�s que la suerte de una persona. Por cierto, que para Madariaga la palabra que resum�a a los espa�oles era honor, que funciona al rev�s que el fair play: subordina la verdad a la posici�n. Por eso, cuatrocientas p�ginas de hechos probados de una sentencia judicial se convierten en una afrenta intolerable, obra de una conjura de togas. No es que yo crea mucho en los caracteres nacionales ni en las palabras intraducibles, pero hay pueblos empe�ados en parecerse a la leyenda airosa o gravosa que pesa sobre ellos.