Actualizado a las 23:41h.
La FIFA tuvo la ocurrencia de llevar al estadio de Atlanta a Michael Buffer para presentar el partido. Es el icónico anunciador de los grandes combates de boxeo en Las Vegas y voló desde la Ciudad del Pecado -el pecado es ante todo perder dinero ... de la manera más ridícula- a la Ciudad del Barro. Porque eso era Atlanta en el partido que Argentina le planteó a Inglaterra, en una semifinal histórica, cargada de peso emocional para ambos. Un partido al que deberían haber puesto dos rombos, si alguien se acuerda de ellos. Un partido a cara de perro. Un partido para crecer y decirle al mundo que llevas pelo en el pecho y estás listo para el mayor escenario. Inglaterra llevaba seis décadas de adolescencia en el Mundial, incapaz de llegar a la final desde la que ganó en casa en 1966.
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