Luis Aragonés solía decir que del subcampeón no se acuerda nadie, aunque la memoria deportiva tiene especial debilidad por los derrotados. El fútbol, como cualquier deporte de eliminación directa, construye su relato alrededor de la épica del ganador y de la tragedia del perdedor. Entre esos dos polos no hay espacio para un tercer lugar y mucho menos para un cuarto; la narrativa emocional del deporte es esencialmente binaria. Así que el tercer puesto es ese armario donde se guardan las bolsas de plástico futbolísticas. Nadie presume de haber sido tercero en un Mundial, ni siquiera los alemanes, que han convertido el bronce en su pequeña industria nacional. Tienen cuatro terceros puestos repartidos entre 1934, 1970, 2006 y 2010, un récord que impresiona durante unos cinco segundos aproximadamente.
En la final de consolación entre Francia e Inglaterra ocurrió lo que suele ocurrir cuando te liberas del miedo a perder, e incluso del miedo a ganar. Inglaterra comenzó el partido como si el fracaso hubiese quitado el peso de las piernas de sus jugadores. En el minuto 37, en poco más de media hora, ya había anotado tres goles al mejor equipo del torneo hasta la semifinal en Dallas frente a España. Antes del descanso, la cifra había escalado a un 0-4. Porque también ocurrió lo que suele ocurrir cuando te liberas de cualquier pretensión por presionar: durante la primera parte el partido adquirió tintes de un solteros contra casados por la inconmensurable laxitud francesa. En los primeros 45 minutos, los galos recibieron los mismos goles que durante los siete partidos previos y solo cometieron una falta defensiva.










