Hay dos Mundiales que se jugaron en paralelo estas semanas. En uno, ciudad por ciudad, las calles se tiñeron de celeste y blanco antes de cada partido de Argentina, y un mundo que no pudo dejar de mirar se rindió ante la garra de un equipo que nunca bajó los brazos. No hubo sede que la hinchada argentina no tomara por completo, cantando desde horas antes del partido y mucho después de terminado, sin importar el resultado. En el otro, ponerse la camiseta del rival de turno se volvió casi un deporte propio: personas de países que ni siquiera jugaban contra Argentina se vieron en las tribunas, en los grupos de WhatsApp, en las redes, adoptando por una noche los colores de Cabo Verde, Egipto, Suiza o Inglaterra, con tal de ver perder a Argentina. Los dos Mundiales son el mismo. Y esa es, quizás, la clave para entender lo que se vivió: pocas selecciones generan una reacción tan dividida entre fascinación y rechazo —casi en las mismas proporciones y muchas veces en las mismas personas— como la Argentina. Lo que pasó el domingo, después del pitazo final de la definición ante España, no inventó esa división. Pero le dio a la mitad más crítica algo que hasta entonces le faltaba: una razón concreta. Una final que se definió en el descuento — y después
Dos mundiales: la gloria y el rechazo
La derrota de Argentina en el tiempo suplementario ante España no solo dejó al descubierto un desenlace tenso en el campo de juego, sino también la histórica grieta que genera la Selección en el planeta: la del amor incondicional por su garra y el rechazo a un estilo que despierta tantas pasiones como controversias.












