EntrevistaOmar Guzmán, uno de los fundadores, reconstruye en 'Fuego en la noche' las historias, personajes y episodios que lo marcaron.El establecimiento está ubicado en la calle 22 con Caracas. Foto: Google MapsSUBEDITORA DE BOGOTÁ 18.07.2026 11:49 Actualizado: 18.07.2026 11:49
Más de dos décadas después de haber sido uno de los socios de La Piscina, el establecimiento que marcó una época en la zona de tolerancia del barrio Santa Fe, Omar Guzmán decidió contar su versión de la historia. Lo hizo en Fuego en la noche, un libro en el que reconstruye cómo nació el negocio, quiénes lo frecuentaban, las anécdotas que marcaron sus años de funcionamiento y la forma en que, según él, operaba uno de los prostíbulos más conocidos que ha tenido Bogotá.En entrevista con el pódcast Presunta Pola, Guzmán aseguró que nunca imaginó terminar administrando un establecimiento de este tipo. Explicó que, por entonces, se dedicaba al negocio del entretenimiento y de los espectáculos en vivo, hasta que encontró la oportunidad de adquirir, junto con otros socios, el antiguo Hotel Mediterráneo, ubicado en la calle 22 con avenida Caracas.Según relató, la inspiración surgió durante un viaje a República Dominicana, donde conoció un hotel que combinaba hospedaje con espectáculos para adultos. La idea fue adaptar ese modelo a Bogotá. El antiguo hotel, que atravesaba una difícil situación comercial, fue transformado en un establecimiento que mezclaba shows en vivo, presentaciones artísticas, habitaciones y trabajadoras sexuales.“Queríamos hacer algo elegante, diferente a lo que existía en ese momento”, recordó Guzmán, quien aseguró que la apuesta consistía en ofrecer espectáculos permanentes con artistas y una producción similar a una revista internacional, más allá del servicio sexual que caracterizaba este tipo de establecimientos.Con el paso de los meses, La Piscina se convirtió en uno de los sitios más reconocidos del barrio Santa Fe y, según su exsocio, también en uno de los más exclusivos. Afirmó que el alto costo de los servicios hacía que la clientela estuviera conformada principalmente por personas con alto poder adquisitivo.Entre quienes, según su relato, frecuentaban el lugar había empresarios, ganaderos, esmeralderos, actores, futbolistas y políticos. También aseguró que por el establecimiento pasaron integrantes de grupos armados ilegales, quienes, dice, acudían exclusivamente a divertirse.“Todo el que tenía poder llegaba allá”, afirmó Guzmán, quien explicó que el negocio contaba con reservados especiales para proteger la identidad de clientes de alto perfil. De acuerdo con su versión, esos espacios permitían que figuras públicas permanecieran durante horas sin ser vistas por otros asistentes.Club nocturno La Piscina. Foto:Archivo particular.La confidencialidad, sostuvo, era una de las principales reglas del establecimiento. Después de la primera visita, los administradores identificaban a los clientes habituales y les asignaban espacios privados donde permanecían acompañados por las mujeres que escogían, lejos de las zonas comunes.El exempresario también recordó que muchos de esos visitantes regresaban con frecuencia. Durante los cuatro años en que estuvo vinculado al negocio, asegura que observó cómo una buena parte de los clientes se convirtió en parroquiana habitual.Otro de los aspectos que describe en su libro es la estricta seguridad que, según él, existía dentro del establecimiento. Explicó que todas las personas eran requisadas antes de ingresar y que no se permitía el ingreso de armas, sin importar el cargo o la influencia del visitante.Esa política, relató, buscaba evitar hechos de violencia en un establecimiento que recibía diariamente a personas con altos niveles de poder económico y político. Sin embargo, reconoció que hubo episodios que escaparon al control del personal de seguridad.Uno de ellos ocurrió cuando hombres armados dispararon contra un cliente considerado de alto perfil. Guzmán recordó que los atacantes rompieron uno de los vidrios del establecimiento y realizaron varios disparos. Dos personas resultaron heridas en las piernas y el hombre al que, presuntamente, iba dirigido el atentado logró protegerse lanzándose a la piscina.Según contó, tras el ataque el establecimiento fue evacuado rápidamente y el cliente abandonó el lugar escoltado por su esquema de seguridad. Horas después, dijo, regresó como si nada hubiera ocurrido.La Piscina. Foto:Archivo particularGuzmán también defendió la organización interna del negocio. Explicó que los ingresos provenían principalmente de cuatro fuentes: la venta de licor, el alquiler de habitaciones, el servicio de restaurante y las llamadas “multas”, un cobro que se realizaba cuando un cliente contrataba a una trabajadora sexual para salir del establecimiento durante varias horas o incluso varios días.Las mujeres, aseguró, fijaban directamente el valor de los servicios sexuales, aunque existía una tarifa mínima establecida por la administración. Además, recibían comisiones por incentivar el consumo de bebidas de alta gama como whisky, coñac o champaña.Sobre el consumo de drogas, Guzmán sostuvo que los socios decidieron desde el comienzo mantener el negocio alejado del microtráfico. No obstante, reconoció que combatir esa práctica era una tarea compleja debido a la presencia permanente de expendedores en los entornos de la vida nocturna.El exempresario lamentó además el deterioro que, a su juicio, ha tenido el barrio Santa Fe desde el cierre de La Piscina. Considera que la zona perdió el orden que existía durante aquellos años y que hoy enfrenta mayores problemas relacionados con el microtráfico y la delincuencia.Todas esas historias, asegura, quedaron consignadas en Fuego en la noche, el libro con el que busca dejar registro de una etapa que, para bien o para mal, hizo parte de la historia de la vida nocturna bogotana.REDACCIÓN BOGOTÁEscríbanos a carmal@eltiempo.com Lea también: Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.








