En el mes que ha transcurrido desde la firma del Memorándum de Versalles ha quedado claro que aquel documento no certificaba el final de nada. Ni Estados Unidos ni Irán han dejado de golpearse desde entonces, aunque ambos siguen apostando por mantener activo el proceso de negociación que hipotéticamente debería conducir a un verdadero acuerdo de paz.
Visto en perspectiva, resulta evidente que, con aquella firma, Donald Trump tan solo buscaba un alivio puntual de la tensión económica, procurando rebajar el riesgo de un resultado electoral adverso el próximo noviembre. Eso le llevó a suscribir un pacto que apenas escondía el rotundo fracaso de su estrategia de fuerza contra Teherán, en la medida en que ni logró derribar el régimen de los ayatolas, ni tampoco eliminar su programa nuclear o recuperar la libertad del tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz.
Lo que ha ocurrido a continuación ha sido, básicamente, un intento desesperado de modificarlo a su favor, aplicando más fuerza bruta. La medida de esa desesperación la da el hecho de que el propio Trump no tiene reparos en declarar abiertamente que está dispuesto a cometer crímenes de guerra, al ordenar ataques contra instalaciones civiles.









