Más de seis meses después del inicio de la guerra contra Irán, Donald Trump continúa sin dar con la tecla para lograr algo remotamente parecido a una victoria. Los bombardeos con los que buscaba forzar un cambio de régimen solo han logrado reforzarlo; el memorando de entendimiento que firmó el pasado mes de junio con Teherán se convirtió en papel mojado a las pocas semanas y el ‘Día D’ económico anunciado con bombo y platillo por el secretario del Tesoro, Scott Bessent, no parece haber logrado disuadir a ningún aliado iraní de hacer negocios con el país.
Con las elecciones legislativas a menos de dos meses, la Casa Blanca se ha visto obligada a renunciar a cualquier esperanza de resolución rápida y a rebajar sus objetivos. Ahora, Washington ya no parece aspirar a llevar a Teherán a la mesa de negociación, sino a mantenerlo atrapado en un conflicto de baja intensidad que confía en poder soportar durante más tiempo. El nuevo cálculo pasa por sostener el bloqueo naval a sus barcos petroleros, golpear los intentos iraníes de reconstruir sus capacidades militares y dejar que el deterioro económico haga el resto. Incapaz de imponer una victoria y poco dispuesto a pagar el precio de una retirada, Trump juega ahora a ganar el empate.






