Ya casi para terminar esta fiesta mundialista, que mucho ha dado de que hablar, tanto en lo deportivo, como en lo político y comercial, me temo que la FIFA ha dado el primer paso para distorsionar la esencia del futbol, que es el juego limpio y la no interrupción de los partidos, que mantenía a raya a las empresas voraces de meter comerciales. Hoy, como conclusión, tenemos una organización politizada y al servicio de los amigos y las empresas de la FIFA y un juego limpio bajo la sospecha de favorecer a equipos y personajes con sus polémicas decisiones. Todo comenzó el pasado 5 de diciembre, cuando Infantino, a nombre de la FIFA, otorgó un reconocimiento inexistente al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, “por sus importantes contribuciones a la paz en el mundo”. Vaya contradicción y vaya muestra de servilismo y ganas de meter a la Organización en tales polémicas, sin considerar los efectos de este hecho de sumisión tiene con los poderosos. El futbol promoviendo la guerra y a los violentos. Ya convertidos en amigos, Infantino tuvo que tragarse las peticiones indecorosas de Trump: primera, para que el equipo iraní no pernoctara en EU, durante los tres juegos de primera ronda, ya que, para el amante de la paz, representaba una amenaza nacional, tras el conflicto con ese país. Segunda, para revisar una jugada en la que un jugador de EU había sido expulsado y suspendido un partido, lo que, en teoría, afectaba a su equipo. Y la lógica del nefasto Infantino se impuso: “si ya entregué el reconocimiento de la paz -que no existe- y acepté la exclusión de los iraníes, qué más da entregar las nachas” y, mágicamente, se levantó el castigo al jugador de EU y éste pudo participar en el siguiente juego que, afortunadamente, perdió su equipo, imponiéndose el juego limpio. Sobre las empresas socias de la FIFA, solamente diré que, de nuevo, Infantino entregó el trasero al país que considera al deporte más como un negocio que un juego, y al aficionado como un cliente, como parte de la cultura de EU, al abrir peligrosamente la puerta no sólo a los comerciales -repudiados por la afición futbolera-, sino a desvirtuar los principios del futbol, único entre todos los deportes en no tener comerciales o “pausas de hidratación”, como pomposamente le llama la FIFA. La otra cuestión que descubrí -por un amigo que participó como chef en las cocinas instaladas en el estacionamiento del Estadio Azteca- fue que las empresas de alimentos que participaron en el evento, provenían -mayoritariamente- de los EU y Europa, donde incluso, las materias primas las importaban de esos lugares, para conformar menús fuera del gusto de los mexicanos, pues ni siquiera consultaban a los locales para ello. Ese fue el principal motivo de protesta de los comensales en el estadio Azteca que, decididos a desquitar el alto costo de los boletos, reclamaron, tanto la cantidad, como la calidad de la comida. Imagínese a un mexicano comiendo reducidas porciones y sin los condimentos adecuados: tortilla, chile, frijol. Y yo no sé si el jugador Messi de Argentina sea amigo de Infantino, o quizá todo el equipo, pero las decisiones polémicas al respecto de la FIFA han afectado de igual manera la credibilidad del Organismo, cuyo BAR no llamó al árbitro por una probable expulsión al mencionado jugador por una falta, hasta donde dicen los expertos, “una clara agresión”, que lo hubiera imposibilitado de anotar dos goles más en ese mismo partido y dos más en el siguiente, en caso de haber sido suspendido. El asunto es que la polémica ha perseguido a Argentina con otras decisiones equivocadas que lo han favorecido, como el gol anulado a Egipto, que significaba el 0-2 en contra de Argentina, casi al finalizar el encuentro, el cual logró remontar milagrosamente. O la expulsión de un jugador de Suiza, cuando el partido se encontraba empatado con los argentinos, que finalmente ganaron su pase a semifinales. Yo creo -en principio- que Argentina no necesita ayuda de nadie -como lo demostró hace poco contra Inglaterra-, pero los hechos muestran lo contrario. Espero, sinceramente que Argenfifa pierda con España la final y se imponga el juego limpio, por el bien del futbol. En ese sentido es que la FIFA se está convirtiendo en el principal enemigo del futbol, pues está privilegiando tanto intereses políticos, como comerciales, antes que el espectáculo, que desnuda que su única intención al incrementar de 32 a 48 equipos en los mundiales busca precisamente que las ganancias se disparen estrepitosamente. Este será el mundial con mayores ganancias: entre 11 mil a 13 mil millones de dólares, gracias al mayor número de equipos, días de futbol, comerciales, hospedajes y comidas, incluyendo los 4,300 millones de dólares por acuerdos televisivos -contra los 3,400 millones en el mundial de 2022- y los patrocinios, que se incrementaron en 2,800 millones de dólares. Igualmente, este encarecimiento desproporcionado ha desplazado a muchos aficionados de a pie, por los de auto y avión, que se sumará al polémico legado de Infantino: los ricos se adueñan de los estadios de futbol, con el riesgo de aburguesarlo. Quizá ahora veamos marcas caras de autos y relojes de lujo en las nalgas de los jugadores. ¿Y qué pasa con los enemigos de la FIFA e Infantino?; para ellos está la ley y los reglamentos aplicados a rajatabla para limitar entrevistas, imponer multas a países -como México- por no exentarlos en el cobre de impuestos y por no entregar datos sensibles y personales de aficionados, requeridos por el ID de aficionados. Por ahí oí que a México se le impondría una multa de varios millones de dólares por no entregar dicha información. Aun así, Infantino tiene el descaro de proponer para próximos mundiales incrementar el número de equipos, ahora a 64. Vaya descaro del nuevo padre del liberalismo futbolero. El mercado metiendo los goles en lugar del futbol. Lo único que puedo reconocerle a Infantino es su fuerza de voluntad para, luego de haber entregado hasta las nachas por sus amigos y sus empresas, y aplicar la ley para sus enemigos, tenga la fortaleza de aguantar sentado los 104 partidos del mundial. Pobre, va a acabar como aquellos changos enfermos de viruela símica -perdón a ellos por la comparación-, lleno de bolas y ronchas del tamaño de un balón de futbol ahí donde les conté. Mario Alberto Puga Politólogo (UAM) y exdiplomático Únete a nuestro canal
El nuevo lema de la FIFA, escribe Mario Alberto Puga
Ya casi para terminar esta fiesta mundialista, que mucho ha dado de que hablar, tanto en lo deportivo, como en lo político y comercial, me temo que la FIFA ha dado el primer paso para distorsionar la esencia del futbol, que es el juego limpio y la no interrupción de los partidos, que mantenía a raya a las empresas voraces de meter comerciales. Hoy, como conclusión, tenemos una organización politizada y al servicio de los amigos y las empresas de la FIFA y un juego limpio bajo la sospecha de favorecer a equipos y personajes con sus polémicas decisiones. Todo comenzó el pasado 5 de diciembre, cuando Infantino, a nombre de la FIFA, otorgó un reconocimiento inexistente al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, “por sus importantes contribuciones a la paz en el mundo”. Vaya contradicción y vaya muestra de servilismo y ganas de meter a la Organización en tales polémicas, sin considerar los efectos de este hecho de sumisión tiene con los poderosos. El futbol promoviendo la guerra y a los violentos. Ya convertidos en amigos, Infantino tuvo que tragarse las peticiones indecorosas de Trump: primera, para que el equipo iraní no pernoctara en EU, durante los tres juegos de primera ronda, ya que, para el amante de la paz, representaba una amenaza nacional, tras el conflicto con ese país. Segunda, para revisar una jugada en la que un jugador de EU había sido expulsado y suspendido un partido, lo que, en teoría, afectaba a su equipo. Y la lógica del nefasto Infantino se impuso: “si ya entregué el reconocimiento de la paz -que no existe- y acepté la exclusión de los iraníes, qué más da entregar las nachas” y, mágicamente, se levantó el castigo al jugador de EU y éste pudo participar en el siguiente juego que, afortunadamente, perdió su equipo, imponiéndose el juego limpio. Sobre las empresas socias de la FIFA, solamente diré que, de nuevo, Infantino entregó el trasero al país que considera al deporte más como un negocio que un juego, y al aficionado como un cliente, como parte de la cultura de EU, al abrir peligrosamente la puerta no sólo a los comerciales -repudiados por la afición futbolera-, sino a desvirtuar los principios del futbol, único entre todos los deportes en no tener comerciales o “pausas de hidratación”, como pomposamente le llama la FIFA. La otra cuestión que descubrí -por un amigo que participó como chef en las cocinas instaladas en el estacionamiento del Estadio Azteca- fue que las empresas de alimentos que participaron en el evento, provenían -mayoritariamente- de los EU y Europa, donde incluso, las materias primas las importaban de esos lugares, para conformar menús fuera del gusto de los mexicanos, pues ni siquiera consultaban a los locales para ello. Ese fue el principal motivo de protesta de los comensales en el estadio Azteca que, decididos a desquitar el alto costo de los boletos, reclamaron, tanto la cantidad, como la calidad de la comida. Imagínese a un mexicano comiendo reducidas porciones y sin los condimentos adecuados: tortilla, chile, frijol. Y yo no sé si el jugador Messi de Argentina sea amigo de Infantino, o quizá todo el equipo, pero las decisiones polémicas al respecto de la FIFA han afectado de igual manera la credibilidad del Organismo, cuyo BAR no llamó al árbitro por una probable expulsión al mencionado jugador por una falta, hasta donde dicen los expertos, “una clara agresión”, que lo hubiera imposibilitado de anotar dos goles más en ese mismo partido y dos más en el siguiente, en caso de haber sido suspendido. El asunto es que la polémica ha perseguido a Argentina con otras decisiones equivocadas que lo han favorecido, como el gol anulado a Egipto, que significaba el 0-2 en contra de Argentina, casi al finalizar el encuentro, el cual logró remontar milagrosamente. O la expulsión de un jugador de Suiza, cuando el partido se encontraba empatado con los argentinos, que finalmente ganaron su pase a semifinales. Yo creo -en principio- que Argentina no necesita ayuda de nadie -como lo demostró hace poco contra Inglaterra-, pero los hechos muestran lo contrario. Espero, sinceramente que Argenfifa pierda con España la final y se imponga el juego limpio, por el bien del futbol. En ese sentido es que la FIFA se está convirtiendo en el principal enemigo del futbol, pues está privilegiando tanto intereses políticos, como comerciales, antes que el espectáculo, que desnuda que su única intención al incrementar de 32 a 48 equipos en los mundiales busca precisamente que las ganancias se disparen estrepitosamente. Este será el mundial con mayores ganancias: entre 11 mil a 13 mil millones de dólares, gracias al mayor número de equipos, días de futbol, comerciales, hospedajes y comidas, incluyendo los 4,300 millones de dólares por acuerdos televisivos -contra los 3,400 millones en el mundial de 2022- y los patrocinios, que se incrementaron en 2,800 millones de dólares. Igualmente, este encarecimiento desproporcionado ha desplazado a muchos aficionados de a pie, por los de auto y avión, que se sumará al polémico legado de Infantino: los ricos se adueñan de los estadios de futbol, con el riesgo de aburguesarlo. Quizá ahora veamos marcas caras de autos y relojes de lujo en las nalgas de los jugadores. ¿Y qué pasa con los enemigos de la FIFA e Infantino?; para ellos está la ley y los reglamentos aplicados a rajatabla para limitar entrevistas, imponer multas a países -como México- por no exentarlos en el cobre de impuestos y por no entregar datos sensibles y personales de aficionados, requeridos por el ID de aficionados. Por ahí oí que a México se le impondría una multa de varios millones de dólares por no entregar dicha información. Aun así, Infantino tiene el descaro de proponer para próximos mundiales incrementar el número de equipos, ahora a 64. Vaya descaro del nuevo padre del liberalismo futbolero. El mercado metiendo los goles en lugar del futbol. Lo único que puedo reconocerle a Infantino es su fuerza de voluntad para, luego de haber entregado hasta las nachas por sus amigos y sus empresas, y aplicar la ley para sus enemigos, tenga la fortaleza de aguantar sentado los 104 partidos del mundial. Pobre, va a acabar como aquellos changos enfermos de viruela símica -perdón a ellos por la comparación-, lleno de bolas y ronchas del tamaño de un balón de futbol ahí donde les conté. Mario Alberto Puga Politólogo (UAM) y exdiplomático Únete a nuestro canal







