Desde que Christopher Nolan anunció que iba a adaptar La Odisea, todos los ojos estuvieron puestos en él. Está acostumbrado. Es uno de los directores más importantes del Hollywood actual. Uno de esos cineastas cuyo apellido es el atractivo para que la gente vaya al cine. Los espectadores van a ver ‘la última de Nolan’, y les da igual que la protagonice una estrella o un desconocido. Su particular estilo de narrativas fragmentadas e intensidad ampulosa es ya su seña de identidad, una que ha triunfado entre un público muy amplio, pero especialmente masculino.
Han sido, precisamente, los hombres blancos los que clamaron al cielo cuando se enteraron del casting que Nolan había elegido para su película. Les daba igual que Matt Damon fuera Odiseo/Ulises, o que Tom Holland fuera su hijo Telémaco. Había un nombre que les enfadó muchísimo, el de Lupita Nyong’o como Helena de Troya. No soportaban que una mujer negra interpretara a alguien que, en su imaginación era, cómo no, blanca. Así la habían representado también otras ficciones como la Troya de Wolfgang Petersen.
Desde aquel anuncio la fachosfera empezó a arder con insultos racistas. Desde entonces, a Helena de Troya la llaman Helena de Somalia. Todos esos haters han intentado hundir la imagen pública del filme. Cada comentario en redes sobre la cinta se llenaba de insultos y ataques. Ocurría este miércoles, cuando se levantó el embargo y llegaron las críticas del filme. Todas espectaculares. No podían soportar ver que, encima, los medios apoyaban esa afrenta al supremacismo blanco. De nuevo, insultos a Nolan, a los periodistas y a Lupita Nyong’o.













