“No tenemos derecho a olvidar Gaza”. La frase debería parecer grandilocuente, pero no. La pronuncia el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en el arranque de un foro internacional en Madrid para recaudar dinero para la cultura palestina. No podemos olvidarla, aunque, como todo, lo haremos. Hemos olvidado hasta la pandemia. O quizá no del todo. Aun así, Gaza, es cierto, se ha añadido a una extraña lista vip de lo que no podemos borrar. Quizá porque hemos sido espectadores impávidos de lo imposible. Y eso que van unos cuantos imposibles en los últimos años. Y quizá porque, acostumbrados a las guerras por ordenador, ahora por IA, esta desde el principio tenía algo de medieval, muros derribados incluidos. Quizá inclusoanterior, atávico. Eyad Baba/AFPPero quedarse ahí, en la sangre sobre la que están construidas todas nuestras sociedades, como explora el autor teatral Wajdi Mouawad en tantas de sus obras, esa sangre que brota escarbando más bien poco, no lleva más que a desesperarse por la capacidad dañina de la naturaleza humana, que, cierto, de vez en cuando logra inesperados hits. Y, sin embargo, lo más impresionante es mirar al otro lado.En el ágora ciudadana que ha acompañado estos días al foro para recaudar dinero han hablado creadores palestinos que han causado honda emoción. En medio de la destrucción, las dificultades, lo imposible, la vida es testaruda e intenta no solo seguir adelante, sino que en los momentos de elegir caminos que pueden acabar costando caros, aguza muchas veces el valor y el ingenio. Como Suhaila Shaheen, que salvó cientos de vestidos tradicionales –tras extraerlos de las ruinas– del museo de Rafah, en Gaza, y se negó a abandonarlos cuando el ejército israelí ordenó abandonar el lugar sin nada para ir al norte. Pidió a todas las mujeres que pudo que comenzaran su penosa marcha con un vestido histórico debajo del suyo. Logró llevárselos.Gaza se ha añadido a una extraña lista vip de lo que no podemos borrar, quizá porque hemos sido espectadores impávidos de lo imposibleLas historias son muchas, y no todas acaban bien, como los dos trabajadores que murieron en la tienda de campaña en que documentaban miles de objetos que salvaron de las ruinas del museo de Al Qararah. Las historias van en ambas direcciones, como los hijos de soldados israelíes que han querido devolver al Museo Palestino obras que sus padres saquearon en 1948. Tras escuchar en el ágora a poetas que siguen creando, a arquitectos que preservan los restos de edificios históricos destruidos, a tanta gente que ha decidido que lo que hacen importa y no van a parar, suena como un eco la reflexión de Adorno sobre qué tipo de poesía era posible tras Auschwitz: justamente la cultura y su preservación son la mejor respuesta al horror.
Poesía después de Gaza, por Justo Barranco
“No tenemos derecho a olvidar Gaza”. La frase debería parecer grandilocuente, pero no. La pronuncia el ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en el arranque de un foro internacional en Madrid para recaudar dinero para la cultura palestina. No podemos olvidarla, aunque, como todo,...







