Lo que sucede en Cataluña no es novedad, se repite encuesta tras encuesta: los pulsos políticos están cambiando. Los resultados de la última encuesta del CEO de la Generalitat sitúan a Aliança Catalana como tercera fuerza, aunque entre líneas se puede intuir que puede ir a más. Su líder, Sílvia Orriols, que se siente actriz protagonista, se hace eco: “El día después de la encuesta del CEO, Junts anuncia que reactiva la comisión encargada de sancionarme por atacar el velo islámico en el Parlament. La venganza es un plato que se sirve frío, amigos, os quemaréis”. No le faltan razones para estar eufórica.Y sí, está claro de dónde va a “beber” mayoritariamente el voto de Aliança. Y sí, los de Junts andan nerviosos tras un resultado que, previsiblemente, los deja en anécdota parlamentaria; estar contra España y apoyarla pasa factura. Spoiler: en realidad, Sílvia Orriols es respecto a Junts, lo que Trump respecto a los anteriores presidentes republicanos. El mismo supremacismo y racismo, pero sin disimular. Y, como Trump, arrasa entre los que no quieren disimular. Sin embargo, no podemos perder de vista que AC -como en su momento Ciudadanos, Podemos, Vox o Sumar- no son partidos políticos como los entendemos históricamente. Son grupos de personas unidos por un estado de ánimo -en contra de, hartos de-, y al no ser partidos como tal no gozan ni de militantes suficientes, ni de estructuras con personas a las que recurrir en las próximas listas. Y aquellos, como ahora AC, incorporan, más o menos rápido, a personas que coinciden no tanto con sus programas políticos -que nunca acaban de estar claros-, como con lo que intuyen que busca el electorado descontento.Para asumir ese posible aumento de escaños (más de 30, parece), Aliança necesita incorporar “a marchas forzadas” a más candidatos a las listas y se les colarán algunos que a la larga pueden no dar “los resultados esperados”. De hecho ya ha empezado a pasar, con las consiguientes fricciones internas. Uno de ellos, Xavier Capelles López, militante de Fuerza Nueva, que además se presentó a las europeas bajo el paraguas del partido Comunión Tradicionalista Carlista. Su entrada ha supuesto la salida de otros, alegando que el historial político del recién incorporado poco o nada tiene que ver con AC. Es evidente que los estados de ánimo son pasajeros. A una ciudadanía desilusionada y desorientada, sin principios políticos definidos, le basta con que algo sea nuevo y aparentemente rupturista para apoyarlo, luego llegarán otros. Esa fue la gasolina de los partidos que he citado y ahora de Aliança Catalana. Pero pronto esos partidos empiezan a replicar conflictos internos, algún caso de corrupción, errores de gestión... Entonces, el estado de ánimo se desinfla aunque, mientras tanto, condicionan el panorama político. La única tranquilidad que queda es que, por primera vez, el nacionalismo catalán no determinará la política nacional. Orriols no se presentará a las generales: “No me presento a elecciones en otros países”.Para acabar, un consejo de amiga: los cordones sanitarios no sirven más que para aumentar el número de votantes del partido aislado. Los nuevos votantes son, en su mayoría, “voto de desencanto y castigo” a la política tradicional. Un cordón de lo viejo al nuevo partido, solo sirve para confirmar que lo nuevo es diferente y contracorriente. Darles la confirmación que buscan.
Aliança Catalana y los estados de ánimo
Igual que sucedió con Ciudadanos, Podemos, Sumar o Vox, el partido de Sílvia Orriols ha llegado para desaparecer en dos o tres legislaturas













