De izquierda a derecha, Álvaro Molins, Ramón Martinez, Elena Fuertes y Jorge Sobejano en el edificio Oñate.Maru SerranoHace falta una intuición brillante, o la audacia que a veces da la desesperación, para adivinar un futuro espléndido detrás de un muro en estado de semirruina. Y en 2016, los cuatro arquitectos que luego fundarían Burr Studio personificaban esa doble condición: poseían la lucidez para ver lo que otros colegas ignoraban y buscaban, con la urgencia del que empieza, una primera oportunidad que les permitiera probar todo su talento. La encontraron cuando aún operaban como Taller de Casquería. Camino cada mañana de la pequeña reforma que estaban realizando en un piso del norte de Madrid, y rumiando cómo seguir abriéndose paso en el páramo que la crisis financiera había dejado en la arquitectura española, Elena Fuertes, Ramón Martínez, Álvaro Molins y Jorge Sobejano pasaban por delante de una nave industrial de los años treinta que milagrosamente seguía en pie, rodeada de edificios residenciales como un resto obsoleto del pasado industrial de ese barrio de la capital. Aunque deteriorada tras veinte años en desuso, la nave conservaba el orgullo testarudo de las cosas que se resisten a desaparecer y los cuatro socios fueron encaprichándose de ella, especialmente de su fachada, una composición de grandes machones de ladrillo que escondía un interior mucho más tosco y notablemente menos interesante. “En los países con una industrialización potente como Inglaterra o Alemania, este tipo de edificios industriales se construían enteros con imponentes muros de ladrillo”, dicen ellos de su flechazo con la nave, “pero la construcción industrial histórica en Madrid era bastante más pobre a nivel de recurso: solían ser naves de chapa muy débiles. En esta en concreto lo que hicieron fue colocar por delante una fachada de ladrillo que quería referenciar a esas arquitecturas industriales europeas de mayor porte, pero que en realidad escondía una construcción precaria detrás, casi como en una escenografía. Esa condición entre resto industrial, fachada autónoma y promesa incumplida fue el punto de partida de nuestro proyecto”. Diez años después de aquel hallazgo en la acera, y tras los innumerables contratiempos que fueron retrasando la obra hasta este 2026, la parcela alberga el edificio Oñate, un bloque residencial que se ha convertido en el primer edificio de planta nueva de Burr. El proyecto es hoy finalista de los Premios de la Casa de la Arquitectura, seleccionado en los Premios FAD, y aspirante hace unas semanas a los prestigiosos Brick Awards en Viena. Pero, sobre todo, es el acta fundacional de Burr Studio, el laboratorio de una década donde sus cuatro socios desarrollaron su idilio con lo industrial y fueron convirtiéndose en los exitosos arquitectos que son en la actualidad: hoy, el estudio se ha convertido en uno de los referentes indiscutibles a la hora de mirar esos espacios industriales de la ciudad con otros ojos. “Bueno, vivimos una temporada en Berlín”, razonan entre risas cuando se les pregunta de dónde les viene ese gusto por este tipo de naves, “y nos encantaba salir de fiesta por ciertos sitios industriales”. Hubo que localizar a la familia que había heredado a la nave y convencer a un promotor valiente de esos que buscan dejar algo especial en la ciudad y no un simple negocio para que el proyecto despegara. La idea original pasaba por conservar intacta la antigua fachada de ladrillo y adosar detrás el edificio nuevo en sustitución del ruinoso interior, que hizo falta demoler por seguridad. Sin embargo, al iniciar el vaciado, los técnicos determinaron que el muro estaba en estado crítico y tuvo que ser demolido parcialmente. Para Burr, el golpe fue devastador, pero siguieron adelante. “Replicar la fachada habría generado un pastiche sin demasiado interés, así que optamos por recomponer una nueva a partir de las líneas y proporciones de la original”, explica Jorge Sobejano. “La idea era radicalizar la condición de máscara que nos había gustado tanto: repensar la fachada como una envolvente que, más que describir el edificio, lo precede distorsionándolo”, sigue Ramón Martínez. “El ejemplo más pop de este efecto son los clásicos poblados de los westerns americanos, donde el saloon tiene un frente que quiere evidenciar una forma y un volumen que en realidad no tiene por detrás”. El resultado es una fachada deliberadamente desajustada. Así, los gigantescos ventanales de las viviendas no coinciden con los forjados que dan a la calle sino que son bastante más amplios, lo que evidencia que la vida doméstica tiene un ritmo diferente y crea un interesante juego de luces y perspectivas dentro de cada uno de los cinco apartamentos. “Manejábamos mucho la referencia de la película Cómo ser John Malkovich, en la que el ascensor te sube a una entreplanta que está entre dos pisos y que en realidad no existe desde fuera”, detalla Martínez sobre esa desvinculación entre el interior y la fachada. “Nos gustaba provocar esa extrañeza desde la vivencia interior de las casas: de repente, esos dinteles intermedios de ladrillo cruzan por delante de las ventanas como si te hubieras quedado en un ascensor”. Para que esa ficción tuviera un reflejo igual de magnético en la calle, acudieron a los artesanos de Ceràmica Cumella, ceramistas de la Sagrada Familia, y, en el caso de Oñate, artífices de la piel de piezas cerámicas de medio caño lacadas en rosa que recubre la fachada. Según Burr, la cerámica funciona aquí como una especie de maquillaje, dando al edificio una imagen pública sofisticada mientras que, por dentro, se celebra la memoria industrial sin tapujos: en las viviendas, la estructura muestra techos acanalados de hormigón visto y culmina en el ático bajo una imponente bóveda de cañón que parece sacada de una vieja imprenta o una fábrica de harinas, pero que, en realidad, es nueva como todo lo demás. “Los forjados de los techos los hicimos con piezas de PVC cortadas a la mitad, unos cilindros que fuimos disponiendo a la hora de hormigonar como si se tratase de un pastel. Luego, cuando el hormigón fraguó, sacamos los moldes y quedaron las formas”. Volumétricamente, Burr asumió el máximo edificable que permitía la ley, pero dinamitó la organización interior tradicional rechazando la habitual sucesión de plantas idénticas para diseñar una sección más rica y compleja que divide las viviendas en dos atmósferas. La zona del salón y la cocina, vinculada a la fachada principal e iluminada por el colosal ventanal, se expande hacia arriba con alturas imponentes de hasta cuatro metros, mientras que hacia el fondo de la parcela el espacio se compacta mediante un sistema de entreplantas que acoge los dormitorios y los baños. Estas estancias privadas se vuelcan hacia el patio a través de una fachada de ladrillo visto que, a diferencia de la principal, sí refleja fielmente la organización interior mediante un ritmo de huecos típicamente residencial. En ella, las ventanas de las habitaciones se rematan con marcos metálicos, contraventanas correderas y unos cargaderos revestidos con la misma cerámica rosa de la calle que conecta sutilmente ambas caras del edificio. “Nos gustaba jugar con esa idea casi renacentista de revestir solo la cara noble y dejar el resto en crudo”, comentan Burr sobre el contraste entre ambos frentes, “como en la basílica de la Santa Croce de Florencia”. Oñate, kilómetro cero del atlas industrial de BurrPara unos arquitectos sin experiencia previa en edificación residencial, el laberinto de normativas locales que se vieron obligados a descifrar para sacar adelante Oñate amenazaba con devorar el proyecto antes de poner el primer ladrillo. “Nuestra primera aproximación fue un poco naíf. Fuimos a la Junta Municipal y básicamente nos tiraron el proyecto abajo, porque la norma restringe mucho”. No obstante, aquel viacrucis técnico terminó convirtiéndose en su mapa del tesoro. En el proceso de exprimir la ordenanza para transformar aquella antigua nave en un bloque de viviendas, aprendieron a buscar resquicios legales y se dieron cuenta de que Madrid estaba llena de otros “restos” industriales con un potencial enorme: viejos talleres mecánicos, almacenes y naves abandonadas que las inmobiliarias tradicionales despreciaban porque no sabían qué hacer con ellos. Burr Studio aprendió a rescatar estos espacios obsoletos para demostrar que, reescribiendo sus interiores con ingenio, era posible transformarlos en viviendas o espacios de trabajo espectaculares y, de paso, salvar la memoria obrera de los barrios frente a la piqueta y la pura especulación. Según cuentan, el edificio Oñate se convirtió así en el tronco del que brotan las ramas de Elements for Industrial Recovery (elementos para la recuperación industrial), una línea de proyectos con ese propósito en el sur de Madrid que incluye varias de sus obras más mediáticas. En Blasón, por ejemplo, se rebelaron contra una paradoja legal y especulativa muy común en Madrid. Cuando una nave queda vacía en un barrio, la ley prohíbe que vuelva a abrir como fábrica por el ruido que generaría para los vecinos y obliga a demolerla si se quiere transformar en vivienda. Esta norma es la excusa perfecta para las inmobiliarias, que tiran las naves para construir bloques de pisos y multiplicar el valor del suelo. Para romper ese círculo, Burr esquivó el derribo y demostró que se podía salvar el edificio: reconvirtieron un viejo taller mecánico en una casa-estudio para un creativo, recuperando sus patios originales y demostrando que los barrios aún puede mezclar la vida doméstica con la productiva. Algo parecido hicieron en Halo, un almacén sin ventanas en Usera que la Sareb mantenía bloqueado en su cartera de activos tóxicos y que, gracias al luminoso patio que abrió dentro Burr, ahora sirve como estudio de la artista Esther Merinero. Paradójicamente, mientras la marca Burr se expandía por Madrid con estos proyectos, su kilómetro cero seguía congelado en el tiempo. Atrapado en un laberinto burocrático que parecía no tener fin, el edificio Oñate encadenó años de atasco de licencias, el parón de la pandemia y contratiempos tan prosaicos como el derivado del desvío del tendido eléctrico. Sin embargo, esa parálisis obligó al estudio a no estancarse. Para sobrevivir a la espera, los cuatro socios estiraron su área profesional y aprendieron a diversificarse, saltando de la escala urbana a la efímera diseñando instalaciones para ARCO e irrumpiendo en el interiorismo comercial con proyectos como el restaurante Brutal Burrito. Esa flexibilidad para saltar de un tipo de encargo a otro, que empezó como pura supervivencia, acabó definiendo la identidad de Burr, consolidando un método de trabajo donde las restricciones son su mayor motor creativo. Y en estos tiempos en que los fondos de inversión llenan los barrios con edificios clónicos diseñados a golpe de Excel, esta forma de resistencia urbana parece más necesaria que nunca.