El amor propio. Pocas ideas se han repetido tanto y se han entendido tan poco. Las redes sociales lo han llenado todo de una idea bastante peligrosa: que quererse a uno mismo significa no necesitar, no ceder y no dejar que nadie nos toque demasiado. Y todo eso, camuflado como crecimiento personal. Tenemos tanta confusión acerca de lo que es el “ámate a ti mismo” - sobre todo en una relación de pareja - que hemos creado un monstruo que utiliza como motor principal el ego y el orgullo humano. Seguro que ya te has encontrado por ahí con el discurso que abandera el poder de la individualidad. Alguien que situándose en el polo victimista ha concluido que después de varios chascos amorosos y de algún que otro enfrentamiento con amigos o familia, ha decidido que lo mejor es no comprometerse de verdad con alguien, no vaya a ser que… Y sí, es cierto, muchas personas se acaban perdiendo a sí mismas dentro de la relación de pareja. Y por supuesto que cuando eso ocurre, hay que ponerse manos a la obra y empezar a trabajar con nosotros mismos para ocupar el lugar que nos corresponde en relación con el otro. Pero una cosa es hacer un proceso interno para no desconectarte de ti y otra muy distinta irte al otro extremo y empezar a proteger tanto nuestra individualidad que ya no sabemos construir un nosotros. Mirar un poco nuestro ombligoHoy parece que cualquier incomodidad dentro de un vínculo se ha convertido en una señal de alarma. Si alguien te confronta, “no vibra contigo”. Si alguien te pide presencia, “te está absorbiendo”. Si una relación te obliga a revisar tus formas, “te está quitando paz”. Y así, poco a poco, hemos ido confundiendo la paz con no tener que mirar nada de nosotros mismos. Qué gran error. No hablo, por supuesto, de sostener relaciones donde hay maltrato, manipulación, desprecio o una pérdida real de dignidad. Ahí el amor propio no es negociable. Pero otra cosa muy distinta es llamar falta de amor propio a cualquier situación en la que el otro no confirma exactamente la imagen que tenemos de nosotros. Cuando eso sucede, cuando nos tocan el personaje que usamos para relacionarnos, entonces entramos en el “es que era muy narcisista”. Qué cansino el discurso del narcisismo. ¿Acaso no hay un narcisista dentro de cada uno de nosotros en alguna ocasión? Sí, es posible que aquí te estés incomodando e incluso te den ganas de dejar de leer. Tranquilidad, es normal. El problema de muchas relaciones actuales, es que nos hemos pasado de frenada y nos hemos ido al extremo del hiperindividualismo. Fruto de las memorias de nuestros antepasados donde los matrimonios se concertaban y se tenían que aguantar hasta que la muerte les separara, hemos generado un caldo de cultivo lleno de creencias que limitan y condicionan las relaciones actuales. Y es que ahora, muchas personas creen que cualquier compromiso más profundo supone una renuncia y una pérdida de libertad individual. Que cualquier límite del otro es una agresión, que cualquier conflicto es una señal de que esa relación ya no es para mí. Hemos confundido amor propio con incapacidad para vincularnos. Porque amar no es desaparecer en el otro, pero tampoco es utilizar el amor propio como una trinchera desde la que nadie puede acercarse demasiado. Una relación sana necesita dos personas que sepan estar consigo mismas, sí, pero también que puedan encontrarse con el otro sin convertir cada diferencia en una amenaza para su identidad. La otra persona no es la enemigaEl amor propio bien entendido no rompe los vínculos. Los ordena. Lo que en realidad acaba rompiendo los vínculos es el ego con el disfraz de dignidad y orgullo. Qué bien iría la cosa si recordáramos el concepto del amor propio que Aristóteles compartió en su obra Ética a Nicómaco. No, no vamos a filosofar. Solo lo justo para entender que amarse a uno mismo no significa no dar explicaciones, salir corriendo de un vínculo cuando la cosa se pone fea, no mirar la propia sombra pero sí la del otro (aquello de la viga en el ojo ajeno), o poner mi propio deseo por encima de todo.Amarse a uno mismo quiere decir que puedo elegir y priorizar mi bienestar sin convertir a la otra persona en una enemiga. Más bien todo lo contrario. Se trata de entender que si yo me honro, me escucho y me doy el lugar que me corresponde en una relación sin ser menos - ni más -, voy a poder vincularme en pareja sin sentir que mi individualidad se ve amenazada. Quizá una relación sana empieza cuando dos individualidades bien colocadas pueden encontrarse. Dos personas que no se anulan, no compiten, no se salvan y no se exigen ser distintas para poder amarse. Cada una llega con su historia, con sus heridas, con su manera de mirar la vida y con su propio modo de sentir. Y cuando hay madurez, todo eso no se utiliza como arma ni como reproche, sino como materia viva para construir el vínculo. El amor no pide que dejemos de ser quienes somos. Pero sí nos invita a dejar de estar tan defendidos. Una pareja sana no nace de dos mitades necesitadas ni de dos egos atrincherados, sino de dos personas que pueden decir: “yo soy yo, tú eres tú, y desde ahí podemos crear algo más grande que ninguno de los dos por separado”.
Cuando el amor propio es una trinchera: está bien quererse a uno mismo, pero sin pasarse
La idea del 'ámate a ti mismo' nos ha llevado a un laberinto complicado de entender en el mundo de las relaciones.








