El aumento de la esperanza de vida se traduce en una longevidad y calidad vital sin precedentes en la historia de la humanidad. Las filas de centenarios se engrosan y el número de personas vivas de más de 60 años es el mayor del que haya vivido alguna vez en la Tierra, (alrededor del 15% de la población mundial), se constituye en una fuerza política y productiva importante. Una proporción elevada se dedica a actividades remuneradas, a actividades de voluntariado social o proporciona ayudas a familiares y amistades. Esa sociedad reconfigurada, producto de adelantos científicos y sociales, tendrá la posibilidad de vivir más tiempo y en mejores condiciones, y debiera ser también motivo de celebración y reconocimiento de sus contribuciones productivas, a sus familias, la sociedad y la economía, pero requiere nuevas reglas de convivencia, y conlleva desafíos nuevos. El principal consiste en asegurar ingresos suficientes y estables, una calidad de vida razonable, y servicios sociales y de salud, conforme al desarrollo socioeconómico de cada país. De ahí, la importancia de procurar un envejecimiento activo y saludable, con menos probabilidad de enfermar, buena capacidad funcional y una participación activa.
Una vejez nueva y una deuda vieja
El 15% de la población mundial supera los 60 años de edad. En Argentina, “una vida más larga y mejor, pone a prueba nuestros sistemas de seguridad social y salud”. Además, “el principal activo que respalda jubilaciones -invertido en deuda pública nacional- es un pasivo del mismo Estado”.









