Estados Unidos ha sido durante mucho tiempo el destino predilecto para las empresas de tecnologías emergentes. Gracias a ello, ha obtenido importantes beneficios económicos y geopolíticos, como la soberanía tecnológica, una sólida cultura de la innovación, la atracción de talento internacional y la capacidad de establecer estándares globales, entre otros. Sin embargo, el mandato del presidente Donald Trump está erosionando algunos de los activos más competitivos de Estados Unidos: la previsibilidad y la seguridad jurídica. La volatilidad arancelaria, la presión política sobre los organismos independientes, las restricciones a los investigadores extranjeros y la politización de las decisiones de inversión hacen que operar en Estados Unidos implique ahora riesgos mucho mayores. Por primera vez en décadas, Europa tiene la oportunidad de competir ofreciendo a las empresas emergentes una alternativa basada en instituciones estables, normas claras, reguladores independientes y la garantía del Estado de derecho. Pero para superar a Estados Unidos en su propio terreno, la Unión Europea tendrá que adoptar un enfoque mucho más continental. En ciertos aspectos, Europa no está tan rezagada. Actualmente compite de igual a igual con Estados Unidos y China en la creación de nuevas empresas tecnológicas. Desde 2015, ha generado más startups que Estados Unidos y cuenta con una proporción similar de fundadores que crean nuevas empresas en comparación con Asia. Además, los costes del talento son inferiores a los de Silicon Valley o Nueva York, y Europa ocupa posiciones de liderazgo en tecnologías cuánticas, tecnologías climáticas y biotecnología. TE PUEDE INTERESAR El problema aparece en la fase de escalado. La fragmentación de los mercados de los 27 Estados miembros y la complejidad regulatoria que ello conlleva constituyen un techo invisible para el ecosistema europeo de startups. En 2024, las rondas de financiación superiores a 100 millones de dólares alcanzaron los 120.800 millones de dólares en Estados Unidos, frente a solo 18.100 millones en Europa. En 2025, la inversión en tecnologías profundas (deep tech) ascendió a 130.000 millones de dólares en Estados Unidos, mientras que en Europa apenas alcanzó los 16.000 millones, una diferencia aún mayor si se analizan la inteligencia artificial y otras tecnologías disruptivas. Con el paso del tiempo, estas dinámicas han provocado un declive estructural: la cuota europea del valor de mercado tecnológico mundial ha caído del 30% en el año 2000 a apenas el 7% en la actualidad, a pesar de que el sector tecnológico representa ya el 15% del PIB europeo, frente al 4% en 2015. Las consecuencias para la soberanía tecnológica y la influencia geoeconómica de Europa son indiscutibles. Sería engañoso atribuir esta brecha únicamente a la fragmentación regulatoria. Otros factores también frenan el crecimiento del capital riesgo europeo. Existen pocos mercados bursátiles con suficiente profundidad para absorber grandes salidas a bolsa (IPO) de empresas tecnológicas; el capital institucional europeo, como los fondos de pensiones, invierte crónicamente poco en capital riesgo; y, en términos generales, la cultura institucional europea es mucho más conservadora a la hora de asumir riesgos que la estadounidense. TE PUEDE INTERESAR El asalto de los 'tecnoligarcas' al poder: así se está fraguando el nuevo orden mundial POR Manuel Ángel Méndez Argemino Barro. Nueva York Gráficos: Miguel Ángel Gavilanes Ilustración: Laura Martín La escasez de capital europeo implica que una gran parte de la financiación provenga del extranjero. Casi la mitad de la financiación destinada a empresas europeas en fase de crecimiento el año pasado procedió del exterior, principalmente de Estados Unidos. Esto no supone un problema en sí mismo, pero sí cuando esos inversores presionan a los emprendedores para trasladar sus empresas una vez que alcanzan una determinada escala. Este fenómeno genera un "arbitraje de jurisdicciones para empresas de alto crecimiento" que provoca una fuga de talento, empleos de alta cualificación, capacidad innovadora y fondos públicos previamente invertidos en Europa. Como consecuencia, muchas empresas nacidas en Europa terminan estableciendo su sede legal al otro lado del Atlántico. Crear una "EU Inc." Para abordar estos problemas, la Comisión Europea ha dado recientemente un paso decisivo hacia la aprobación de un modelo empresarial europeo: la EU Inc., también conocida como el 28.º régimen. La idea consiste en crear un marco jurídico armonizado a escala de la UE que permita a las empresas, especialmente startups y scale-ups, operar en el mercado único bajo un único conjunto de normas, en lugar de enfrentarse a 27 sistemas nacionales distintos. El objetivo es favorecer el nacimiento y crecimiento de empresas verdaderamente europeas. La primera parte de esta iniciativa ya está sobre la mesa: un reglamento que establece la EU Inc. como una entidad societaria opcional, reconocida automáticamente y totalmente digital, que abarcaría aspectos del derecho mercantil, fiscal, concursal y laboral. En teoría, esto debería reducir la fragmentación regulatoria, fomentar la inversión de riesgo y facilitar el acceso tanto a los mercados de capitales como al talento europeo. En la práctica, sin embargo, el reto es mayor. La creación de un ecosistema sólido de empresas innovadoras bajo la fórmula EU Inc. dependerá de que los fundadores decidan adoptarla y de que los inversores confíen en que sea un instrumento coherente y operativo. En cuanto a su atractivo, la propuesta actual afronta dos grandes desafíos. En primer lugar, el régimen solo podrá desplegar todo su potencial si la UE avanza en otros expedientes fundamentales, como la estrategia para startups y scale-ups, la futura Ley Europea de Innovación, la Unión de los Mercados de Capitales y la reforma de determinadas directrices sobre competencia y fusiones. TE PUEDE INTERESAR En segundo lugar, durante las complejas negociaciones institucionales previstas hasta 2027, es probable que algunos países y grupos de interés intenten diluir la capacidad del régimen para convertirse en un estándar verdaderamente unificado. Ello se debe a que deberá sortear determinados obstáculos jurídicos nacionales para facilitar la creación, financiación y expansión de empresas en toda Europa. Alemania examinará con especial atención cualquier marco que eluda su modelo de cogestión empresarial (Mitbestimmung). Francia defenderá la centralidad de su estrategia de apoyo a sus campeones tecnológicos nacionales. Los países nórdicos tratarán de preservar el tratamiento fiscal favorable de las opciones sobre acciones y de los planes de participación accionarial para empleados. En junio de 2026, incluso el propio Servicio Jurídico del Consejo aconsejó a las delegaciones nacionales que la propuesta podría tener que rebajarse de reglamento a directiva, lo que debilitaría desde el principio su ambición armonizadora. Si el 28.º régimen terminara descarrilando por la presión de los intereses nacionales, supondría un fracaso macroeconómico de primer orden. Para evitarlo y mantener el apoyo de las capitales europeas, la propuesta debe conservar el diseño original planteado por la Comisión: un reglamento y no una directiva. Esto significa que la EU Inc. sería opcional para emprendedores y empresas, pero no para los Estados miembros, ya que el derecho societario nacional seguiría existiendo, mientras que las empresas dispondrían además de una forma jurídica europea. TE PUEDE INTERESAR De este modo, los Estados conservarían su soberanía jurídica y, al mismo tiempo, disminuiría la probabilidad de que sus empresas más prometedoras se trasladaran al extranjero. Asimismo, la nueva legislación deberá incorporar medidas fiscales que eviten importantes desequilibrios derivados de los regímenes tributarios más atractivos de países como Irlanda, Luxemburgo o los Países Bajos. Además, si las negociaciones quedaran bloqueadas, deberían activarse mecanismos alternativos, como el abandono del requisito de unanimidad en determinadas votaciones —una posibilidad planteada por Ursula von der Leyen en abril— junto con procedimientos acelerados como los sistemas de reconocimiento mutuo entre Estados miembros. El European Competitiveness Lab constituye un buen ejemplo para coordinar este tipo de iniciativas. La urgencia geopolítica del momento puede aportar el impulso político necesario. Europa dispone de redes de centros de investigación académica y de clústeres tecnológicos conectados, como las fábricas de inteligencia artificial, que ya están generando proyectos y empresas derivadas (spin-offs) en tecnologías estratégicas. Todavía hay tiempo para que esas nuevas empresas nazcan como EU Inc. La combinación es sencilla. Las fábricas de IA y la empresa común EuroHPC proporcionan la infraestructura científica; la EU Inc. actúa como vehículo jurídico y el Consejo Europeo de Innovación y el Banco Europeo de Inversiones sirven de puente financiero entre el laboratorio y el mercado. Se trata del camino más escalable del que dispone Europa para transformar su fortaleza científica en fortaleza empresarial. Lo único que se necesita es coordinar instituciones y marcos legales que ya existen. La UE puede volver a hacerlo El potencial transformador del 28.º régimen tiene dos precedentes especialmente relevantes, ambos caracterizados por la combinación de un marco jurídico común, inversión pública compartida y una escala continental capaz de superar las limitaciones de los esfuerzos nacionales. A finales de los años sesenta, Airbus surgió como un proyecto político e industrial destinado a dotar a Europa de un campeón capaz de competir con Estados Unidos en la aviación comercial. Francia y Alemania acordaron en 1970 la creación de un vehículo jurídico único, al que poco después se unieron Reino Unido y España. Posteriormente canalizaron financiación pública hacia una estructura empresarial común y acabaron integrando sus fragmentadas industrias aeroespaciales nacionales en una única empresa europea. En la década de los 2000, Galileo permitió a Europa disponer de su propio sistema global de posicionamiento por satélite: un sistema abierto, bajo control civil y compatible con el GPS, pero con mayor precisión. Para ello fue necesario que los Estados miembros acordaran un marco jurídico y de gobernanza común bajo el derecho de la Unión, comprometieran más de 10.000 millones de euros de financiación conjunta del presupuesto europeo durante dos décadas y gestionaran el sistema como una infraestructura europea compartida, en lugar de desarrollar proyectos nacionales competidores. TE PUEDE INTERESAR Su desarrollo se considera uno de los factores que llevaron a Washington a eliminar las restricciones deliberadas que imponía al uso civil del GPS. Hoy, tanto Airbus como Galileo operan a escala mundial. La lección para el 28.º régimen es la misma. Un marco jurídico único, recursos compartidos y una escala continental que fueron capaces de transformar una ambición política en una realidad industrial. La competitividad europea en las próximas décadas dependerá de su capacidad para repetir ese éxito y respaldar a las empresas, especialmente a aquellas impulsadas por tecnologías emergentes. Si lo consigue, la Unión Europea podrá alcanzar una nueva forma de soberanía estratégica y dar el mayor paso práctico hacia la consolidación del mercado único en varias décadas. * Este análisis fue publicado originalmente en inglés en el European Council of Foreign Relations por Miguel Ferrer con el título EU incorporated: The way to start-up European competitiviness