El deseo sexual es ese impulso difícil de medir, de cuantificar, de diagnosticar o de almacenar para su posterior uso. Es transversal y, aunque nunca desaparece, se refugia en lugares oscuros e insospechados. No es difícil recuperarlo, pero requiere de una cierta dedicación, o de un cambio de perspectiva, para divisarlo de nuevo, esperando su turno para actuar. Cuatro personas cuentan su peculiar manera de reencontrarse con esta pulsión de vida. Un horizonte de calma tras la jubilaciónEstrella (Palma de Mallorca, 67 años) aborda el tema con mucha delicadeza y hasta cierta vergüenza, porque ella siempre fue algo adicta al trabajo. Le gustaba su profesión y creía en eso de que uno se realiza, mayormente, a través de su vida laboral. “Trabajaba en el mundo de la publicidad y las relaciones públicas y tenía un cargo medio-alto, lo que significaba que incluso en mis días libres mi móvil estaba encendido por lo que pudiera pasar”, cuenta. “Era de las que iba a trabajar hasta con fiebre, de las que daba el cien por cien; pero no por sacrificio o miedo al despido, sino porque realmente disfrutaba”.La mayor parte de la vida laboral de Estrella transcurrió cuando todavía había presupuesto para hacer cosas, cuando los clientes no escatimaban y buscaban lo mejor. “En los últimos 15 años la forma de trabajar cambió radicalmente”, cuenta esta palmesana. “Todo empezó a hacerse a la baja, se reducían presupuestos para captar más clientes y se despidió a personas muy valiosas para ahorrar costes. Se trabajaba con más estrés, presión y menos entusiasmo”.“Los que me conocían siempre me decían que sería una mala jubilada. De las que se apagan y ya no encuentran sentido a la vida. Pero fue todo lo contrario. Esa sensación que tienes el primer día de vacaciones, de liberación, de los días libres para hacer lo que a uno le apetezca. Esa perspectiva de calma es poderosísima y transforma la vida. Ya no hay nada que hacer. De repente, desaparecen los plazos, las obligaciones, las reuniones...”.“Por fin, tenía tiempo para todo”, continúa Estrella: “Para cuidarme, para ir a la peluquería, para vestirme de forma más divertida o cuidada, para comprar lencería, para salir a cenar con mi pareja, para llevar a mi nieta al cine o al parque después del colegio. Sin preocupaciones y relajada, mi libido aumentó considerablemente. Mi pareja, también jubilada, estaba asombrada, pero celebró esta nueva etapa, porque es cierto que nuestra vida sexual estaba bastante descuidada. Puedo decir que no era algo que estuviera en mis planes. Mi propio cuerpo decidió por mí y tomó las riendas cuando mi cabeza aparcó las responsabilidades”.“El deseo es una actitud mental, un estado que tiene mucho que ver con nuestra forma de ver la vida y la situación que nos rodea”, apunta Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga clínica y terapeuta del Centro Máxima, en Barcelona. “Cuando coges las riendas de tu vida, tomas las decisiones que quieres tomar, te empiezas a cuidar y a tener más tiempo de ocio, se abre un abanico, no solo en la mente, sino en el cuerpo, para la satisfacción y el placer. La carga mental y todo lo que tiene que ver con la obligación y la autorresponsabilidad resta mucha energía. Cuando te liberas de esto, tienes más vitalidad para usarla en lo que quieras”. El cuerpo deseado tras superar un cáncerHay mil historias en torno al cáncer. De vencedores, vencidos, resucitados o supervivientes. Metamorfosis que suceden desde la noticia del diagnóstico, que se registra en la memoria con toda suerte de detalles (día, hora, meteorología o paisaje que se divisaba desde la ventana) hasta que, de nuevo, el médico te dice que seguirás viviendo. Julia (Vigo, 42 años) sufrió hace seis años una mastectomía radical, con extirpación de ganglios, y tuvo que pasar por quimioterapia y radioterapia. “Cuando estamos sanos no podemos ni imaginar cómo reaccionaremos a una noticia tan devastadora como la de que te digan que tienes cáncer. Fue como si alguien me apartara del mundo en el que había vivido hasta ese momento y me pusiera en una especie de limbo, a la espera de si superaba o no la enfermedad. En mi caso, la sensación predominante no era tanto de miedo, sino de sentirte en otro lugar, desde el que divisabas el mundo como un espectador que ve una película, porque tú ya no estás del todo en él”.“Tratas de seguir con tu vida. Tienes días buenos y malos. Te comportas como una niña obediente y haces todo lo que el médico te dice. Y el proceso pasa rápido. Más rápido de lo que te imaginas, la operación, la quimio. Y un día te dan una segunda oportunidad, y te vuelven a abrir la puerta del mundo. Pase usted de nuevo. Pero ya no eres la misma y, aunque estés muy feliz de volver a la fiesta, no sabes muy bien cómo comportarte. Hay una cierta obligación de aprovechar esa segunda vida al máximo, pero no siempre está claro cómo”, explica.Esta gallega se describe como bisexual y reconoce que durante su enfermedad no tenía pareja. Había tenido un compañero, una relación que duró cinco años y acabó sin pena ni gloria. “Una vez acabado el proceso de mi enfermedad, se me planteó la posibilidad de ponerme prótesis y hacerme una reconstrucción mamaria. Siempre había tenido poco pecho y no le daba demasiada importancia, pero la cicatriz me recordaba unos años duros, cuando la miraba, me daba tristeza. Así que acepté y digamos que fuimos generosos. En el fondo pensé. Mira por dónde, el cáncer me va a proporcionar los pechos que nunca tuve”.Julia tarda en buscar las palabras porque “me parece muy frívolo decir que ponerme pecho mejoró mi vida sexual”: “Por primera vez, mi cuerpo me resultaba muy voluptuoso, sensual. Me gustaba mirarme en el espejo, comprarme ropa ajustada o con escotes. Tenía ganas de disfrutar de mi sexualidad y enseguida empecé a atraer gente. Creo que la gente percibe cuando hay ganas”, añade.“Mucha gente llega a la consulta diciendo que ha perdido el deseo, pero este nunca se pierde, está siempre ahí, solo que a veces no lo sentimos”, subraya Gloria Arancibia, psicóloga y sexóloga, con consulta en Madrid. “Sentirse a gusto con el cuerpo, quererse, gustarse (independientemente de la estética imperante) es fundamental para una vida sexual satisfactoria. El bienestar, el autocuidado, la autoestima corporal tienen mucho que ver con el deseo, con el placer. No se puede gustar a nadie si antes no nos gustamos a nosotros mismos”. Ejercicios de Kegel y literatura erótica“Había pasado por momentos de poco o cero deseo a lo largo de mi vida, pero aquel se estaba alargando demasiado”, cuenta Violeta (Madrid, 39 años). Ninguna de las típicas causas atribuibles a esta patología podía aplicarse a ella. Ni el desamor, la rutina o los problemas sentimentales o laborales se divisaban en su horizonte. Tenía pareja, aunque no vivían juntos: “Alguien encantador, bueno en la cama y que viajaba a menudo, con lo que no nos daba tiempo para aburrirnos”. “Todavía no he encontrado la respuesta a esa pregunta. Lo que siempre me ha molestado, porque me dibujaba como alguien caprichoso, una pobre niña rica que se aburría de su confortable vida, llena de posibilidades. Recuerdo inventarme un sinfín de excusas para evitar el sexo. Llegué a ser maestra en el arte de diseñar situaciones para evitar tener que decir la temida frase: “Esta noche no, que estoy muy cansada”. “Entre la batería de medidas que empecé a poner en práctica para erotizar mi vida, como masturbarme frecuentemente, darme baños ‘sensuales’, masajes o planificar escapadas con mi pareja, las que mejor funcionaron fueron dos: los ejercicios de Kegel y la literatura erótica”, continúa Violeta. “Un día se presentó ante mí un vídeo sobre los beneficios de la terapia del suelo pélvico, que yo asociaba mayormente a la incontinencia; pero no. Decidí probarlo y empezar a trabajar la zona, fue como situarla de nuevo en el mapa. Mis órganos genitales resucitaban y recobraban su espacio. Recuerdo que cuando cerraba los ojos y me preguntaba qué parte de mi cuerpo tenía más presente, siempre contestaba que la cabeza. Con la terapia de suelo pélvico, a veces, este foco se iba a la vulva o la vagina”.La segunda estrategia de Violeta estaba destinada a calentar la mente, concretamente, la zona erógena por excelencia. “Probé con películas eróticas y porno, pero no era lo mismo. Soy aficionada a la lectura y probablemente mi cabeza está acostumbrada a traducir en imágenes mentales lo que leo. Imágenes mucho más potentes y efectivas que las que cualquier director pueda producir porque están hechas a mi medida. Durante esa época me especialicé en este tipo de literatura y a veces forraba mis libros para que la gente del metro no viera lo que estaba leyendo”.“Tenemos poca conciencia genital y, generalmente, solo los sentimos cuando tenemos relaciones sexuales o cuando nos molestan, pican o están irritados”, comenta Molero. “Por eso los ejercicios de Kegel son un buen método, no solo para mantenerlos en forma, sino para tenerlos más presentes”. “Tendemos a pensar que el deseo es algo más cerebral y menos físico; pero también depende mucho del cuerpo y su funcionalidad, de las sensaciones que en él se producen. Una fórmula que empleo en consulta es la de recurrir a un recuerdo erótico o a una fantasía cuando se están haciendo los ejercicios de Kegel o cualquier estimulación genital; la unión cuerpo-mente es una de las más poderosas porque ambos aspectos se retroalimentan, y son muy efectivos para ponernos en modo sexual”.Una habitación propia, como reivindicaba Virginia Woolf“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si desea escribir ficción”, decía Virginia Woolf, subrayando que la independencia económica y un espacio privado eran requisitos esenciales para ser el autor de la propia vida, o de la vida de otros.Miguel (Palma de Mallorca, 45 años) se casó, tuvo dos hijos y un matrimonio que, con el tiempo, acabó en divorcio. Su mujer se quedó con la casa (todavía con hipoteca) y con los hijos, y él se fue a vivir con su padre, viudo de 86 años. Con el tiempo, los hijos se pelearon con la madre y se refugiaron en la casa del abuelo. Miguel dormía en el salón, en un sofá cama: “Siempre me he considerado alguien para quien la parte sexual es muy importante. Tras el divorcio tuve algunas novias, pero no duraron mucho. Para empezar, yo no disponía de una habitación y no era fácil traer a alguien a casa. No me gustaba que mis hijos o mi padre me vieran con una chica; aunque papá nunca me dijo nada al respecto”. Con el tiempo, el hijo mayor se independizó y quedó una habitación libre que ocupó Miguel, aunque tampoco la usaba para ninguna cosa más que para dormir. “Tampoco me atrevía a masturbarme, por si de repente entraban mi padre o mi hija”. El verano pasado, Pedro, su padre, murió de un paro cardíaco. Unos meses después, la hija de Miguel se reconcilió con la madre y volvió con ella. “De repente tenía la casa para mí solo y eso me hizo recuperar mi intimidad y también mis antiguos hábitos. Volví a masturbarme y, de vez en cuando, traía a alguien a dormir a casa. Miguel lleva saliendo con alguien desde hace 6 meses y parece que todo va bien. “Ya no tienes que pensar que va a haber alguien en casa, o puedes hacer planes en la terraza o para ver una película. Parecen cosas tontas, pero el espacio es muy importante. Pienso en todos esos jóvenes que no tienen casa, ni siquiera coche. Porque en los coches se pueden hacer muchas cosas”.“La crisis de la vivienda está siendo un impedimento para la vida sexual de mucha gente, que debe compartir casas donde no hay intimidad y donde, generalmente, no se permite llevar a las parejas”, cuenta Arancibia. “Pero muchas veces somos nosotros mismos los que nos autocensuramos, especialmente muchos padres o madres, que evitan llevar a sus ligues o parejas a casa por vergüenza, aun cuando los hijos lo aprobarían y hasta aplaudirían. Todavía el sexo es una cosa tabú y deberíamos incorporarlo en nuestra vida cotidiana. Tampoco hay que estar aislado para tener algo de intimidad. De hecho, muchas parejas me dicen que cuando van a casa de los padres o abuelos, en vacaciones, evitan tener relaciones para que no los oigan”.